Susan Mallery - Simplemente perfecto

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Cuando la mejor amiga de Pia O’Brian murió, ésta esperaba heredar a su querido gato, pero, en lugar de eso, Crystal le dejó tres embriones congelados. Pia no creía que estuviera preparada para la maternidad. Sin embargo, dispuesta a cumplir el sueño de su amiga, decidió convertirse en madre soltera… y ese mismo día conoció a un hombre guapísimo y sexy.
Raúl Moreno, un famoso ex jugador de fútbol americano que se había criado en una casa de acogida, era ahora más rico de lo que podría haber imaginado nunca y dirigía un campamento para los niños necesitados de Fool’s Gold. Aunque después de su última relación había decidido olvidarse de las mujeres, no podía sacarse de la cabeza a la dulce y sexy Pia… y le propuso un descabellado plan.

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– Ha tenido novios -anunció Bella.

– Seguro que sí.

– Pero nunca se han quedado a su lado, pobre Pia. No sé qué pasa, pero se marchan.

No era una conversación que quisiera tener con Bella, pensó. Su mirada volvió a Pia. Había tenido una vida difícil que estaba a punto de complicársele tres veces más. ¿Quién cuidaría de ella? ¿Quién estaría a su lado cuando necesitara ayuda?

Sabía que tenía amigas y que el pueblo se volcaría en ella, ya que Fool’s Gold parecía esa clase de lugar, pero durante el día a día, Pia estaría sola.

Se preguntó si ella habría pensado en eso, si sabía donde se estaba metiendo. Pia se giró y se topó con su mirada en el espejo. Él le guiñó un ojo y ella volvió a la conversación que estaba manteniendo.

Había estado enamorado dos veces en su vida. Su primera novia y él se habían separado y después Caro había traicionado parte de sus votos matrimoniales. No quería volver a vivir eso. Era más seguro no implicarse, pero por otro lado existía la realidad de querer una familia, de necesitar esa conexión. No podía tener una cosa sin la otra… o eso había creído siempre.

– Puedo oírte -gritó Pia por la puerta cerrada del baño.

– Estoy sentado, no hay nada que puedas oír.

Aun así, ella estaba segura de que había ruidos. O tal vez el problema era que no los había. Eso sí que era sentirse presionada, pensó mientras se levantaba y se subía las braguitas y los vaqueros.

Abrió la puerta del baño.

– No puedo hacerlo estando tú aquí -alzó las manos-. Y no me digas que no estamos en la misma habitación porque es prácticamente lo mismo.

Raúl sacudió la cabeza y se levantó.

– ¿No puedes soportar el calor, eh? -dijo con humor.

– El calor no es el problema.

– ¿Has probado a abrir el grifo del agua? El sonido podría ayudarte.

– No voy a quedarme aquí hablando contigo sobre mi incapacidad para hacer pis.

– Ya lo estás haciendo.

Ella volteó los ojos y señaló a la puerta.

– Ve al vestíbulo hasta que haya terminado.

– He metido mi lengua en tu boca.

– Ésa no es la cuestión.

– ¿Podemos tener sexo, pero no puedo estar en la habitación de al lado mientras vas al baño?

– Exacto.

– Bien -cruzó la habitación y salió, aunque asomó la cabeza-. ¿Qué le digo a los vecinos si me preguntan qué hago merodeando por aquí?

– No hagas que te mate.

Él se rio y cerró la puerta.

– Hombres -murmuró Pia antes de volver al cuarto de baño.

Después de sentarse, abrió el grifo y agarró el palito de plástico. Todo iría bien, se dijo. Hacía pis varias veces al día, tampoco era tanto esfuerzo. Era algo natural. Sencillo.

Pero en ese momento, no le parecía nada sencillo. Le parecía imposible. Cerró el agua e intentó canturrear mientras respiraba lentamente. Su vejiga se negaba a vaciarse.

«Nunca más», se dijo. El embarazo era algo muy duro. Cuando por fin lograra hacer pis en el palito, iría a comprar un helado, por mucho frío que hiciera fuera. Quería uno de nata con chocolate caliente…

– ¡Oh, no!

Cuando había dejado de prestar atención, su cuerpo había respondido. Empapó el palito, lo posó sobre un pañuelo de papel, se levantó, se sonrojó y se subió la ropa interior. Después de lavarse las manos, salió a buscar a Raúl.

– Por fin -dijo él cuando ella abrió la puerta-. ¿Lo has logrado?

– He hecho pis.

– Estoy orgulloso de ti.

– Sé simpático o te haré tocarlo.

Ella volvió a entrar en el cuarto de baño y sacó el palito envuelto para dejarlo sobre la encimera de la cocina.

– ¿Cuánto hay que esperar?

– Unos minutos.

Miraron la pequeña pantalla mientras ella podía oír el tic tac de un reloj y sentir los latidos de su corazón. Según la prueba, el resultado diría «embarazada» o «no embarazada». Tan sencillo como todo eso.

No se dio pie a especular. Una parte de ella temía haber perdido a los bebés de Crystal, pero otra parte estaba aterrorizada de que hubieran sobrevivido.

Raúl le echó un brazo por encima y ella se apoyó contra él.

La pantalla cambió y vio una única palabra: embarazada.

No había manera de malinterpretarlo.

Se quedó congelada, le dio un vuelco el estómago y tuvo la sensación de ir a vomitar. El peso de la realidad se cernía sobre ella, como una gran tormenta, pero no podía asumirlo. Embarazada. Estaba embarazada.

– ¡Lo has conseguido! -exclamó Raúl antes de agarrarla por la cintura y darle vueltas-. Vas a ser mamá.

Él parecía encantado y ella tuvo la sensación de ir a desmayarse.

¿Mamá? ¿Ella?

– No puedo -susurró.

Él la dejó en el suelo.

– Claro que puedes. Esto es genial, Pia. Los embriones se han implantado. Es una gran noticia.

Podía estar de acuerdo con él porque eso era lo que Crystal deseaba, pero por dentro estaba aterrorizada de estropearlo todo.

– Tengo que sentarme -dijo. Cerró los ojos y se centró en respirar.

Embarazada. Ahora mismo había bebés creciendo en su interior. Bebés que nacerían y se convertirían en niños, en gente de verdad. Bebés que dependerían de ella y esperarían que los cuidara.

Raúl sacó una silla y se sentó frente a ella. Le agarró las manos.

– ¿Qué pasa?

– No creo que pueda hacerlo. No puedo tener hijos, no sé cómo.

– ¿No hacen ellos todo el trabajo duro?

– Puede que en lo que respecta a formarse y crecer sí, pero ¿después qué? No estoy preparada para esto.

Él se inclinó hacia ella.

– Tienes ocho meses y medio y yo te ayudaré.

– Vas a ser mi compañero de embarazo -se levanto-. No me malinterpretes, agradezco tu apoyo, pero me preocupa menos lo de estar embarazada que lo que viene después. Voy a tener que comprar cosas y no sé qué. Debe de haber alguna lista por alguna parte, ¿no? ¿En Internet?

– Claro que sí.

– Y tendré que mudarme. Este lugar es demasiado pequeño. Necesitaré una casa -ganaba dinero, pero no una fortuna. ¿Podía permitirse tener una casa?-. Y está la universidad. Debería empezar a ahorrar, pero no sé en qué invertir. No entiendo de acciones.

Él se acercó y posó las manos sobre sus hombros.

– Cada cosa a su tiempo. Relájate, respira. Puedo ayudarte con todo esto. Te encontraremos una casa genial y te buscaré el mejor asesoramiento de inversión. Todo saldrá bien, Pia. Te lo prometo.

Ella asintió porque eso era lo que se esperaba que hiciera y claro que él la ayudaría y se lo agradecería, pero cuando nacieran los bebés ahí acabaría el trabaja de Raúl. Se iría y ella se quedaría sola. Con trillizos.

– Esto es divertido -dijo Jenny mientras desliaos la vara sobre el vientre de Pia-. Nunca hago ecografías tan pronto -no dejaba de mirar al monitor-. No podremos ver nada específicamente, solo que los embriones se han implantado.

– Lo sé -susurró Pia agarrándose con fuerza a la mano de Raúl. No le preocupaba hacerle daño, era un jugador de fútbol americano. Seguro que podía soportarlo.

Además, se había ofrecido a ir con ella al médico, así que si algo lo asustaba, tendría que aguantarse.

Pia había tenido menos de cuarenta y ocho horas para acostumbrarse a la idea de estar embarazada y había estado pasando del impacto al pánico… unas sensaciones nada cómodas.

Había intentado leer libros de embarazo, pero eso no había hecho más que empeorar las cosas. Conocer las probabilidades de que en el último trimestre te salgan hemorroides no era la clase de información que estaba buscando.

– De acuerdo -dijo Jenny con alegría-. Voy a buscar a la doctora.

Pia esperó a que la técnico se marchara y después se giró hacia Raúl.

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