– ¿Sabíamos que iba a hacer eso? ¿No pasa nada porque llame a la doctora?
Él se agachó y le acarició el pelo.
– No pasa nada. Antes de que empezáramos ha dicho que la doctora vendría. Es todo rutina, Pia. Lo estás haciendo genial.
¿Todas las madres sentían así el peso de la responsabilidad? Porque lo que fuera que pasara no la implicaba solo a ella, sino también a Crystal y a Keith.
– Quiero que estén bien. Los bebés. Odio estar asustada todo el tiempo.
– Tienes que relajarte. Sigue respirando.
Ella lo hizo lo mejor que pudo y por suerte, la doctora Galloway volvió enseguida y se situó junto al monitor.
– Ahí están. Tenemos tres -sonrió-. Bien por ti Pia. Todos están en su sitio.
Pia miró la pantalla intentando ver a qué señalaba. Para ella todo estaba borroso, pero no le importaba. Por el momento le bastaba con saber eso, que todo marchaba según lo planeado.
Aunque, sinceramente, la idea de tener trillizos era suficiente como para que le diera un ataque. Dos meses atrás, había tenido un gato al que había caído mal y ahora estaba embarazada de trillizos.
– Puedes vestirte. Nos veremos en mi consulta para hablar de lo que sucederá a partir de ahora.
Pia asintió.
Raúl la ayudó a sentarse y esperó a que se pusiera de pie.
– Estaré ahí mismo -le dijo Raúl.
Pia asintió porque hablar le parecía imposible.
Después de vestirse, salió al vestíbulo, donde Raúl la esperaba. La agarró de la mano y juntos fueron a la consulta de la doctora.
Ella entró primero intentando sonreír.
– Ya has iniciado el viaje -le dijo la otra mujer-. Estoy muy orgullosa de ti, Pia. No mucha gente haría lo que tú estás haciendo.
Probablemente porque estaban cuerdos, pensó ella mientras tomaba asiento. Raúl se sentó a su lado.
– ¿Y ahora qué? -preguntó él.
– Muchas cosas -dijo la doctora mientras sacaba papeles y folletos-. Un parto múltiple genera mucha alegría, pero también supone ciertos desafíos. Pero como lo sabemos con anterioridad podemos estar preparados. Pia, tienes que comer bien y dormir bien. Eres una mujer sana y no creo que vaya a haber problemas, pero tomaremos precauciones.
Le entregó unos papeles.
– Quiero verte dentro de un mes. Te vigilaré más que si trajeras solo un niño. Lee lo que te he subrayado y puedes llamarme cuando quieras si tienes alguna duda. Todo saldrá bien.
Pia estuvo a punto de decir que era imposible que la mujer estuviera tan segura, pero ¿de qué habría servido? Raúl y ella se despidieron y llegaron al aparcamiento. Una vez allí, parados junto al elegante coche rojo, Pia lo miró y al verlo tan impactado dijo:
– Así que no soy solo yo. Eso me hace sentir mejor.
– Estaba fingiendo. Vaya, trillizos. ¿Los has visto en la pantalla?
– No, pero tampoco estaba mirando demasiado. Ya estoy bastante aturdida.
– Son de verdad. Antes los bebés no eran más que una idea, pero ahora van a nacer. Vas a tener trillizos.
Ella asintió, deseando que la gente dejara de decirlo. No necesitaba tanta presión. Lo miró fijamente a los ojos y en ellos vio algo extraño.
Sí, iba a decirle que no podía hacerlo, que era demasiado para él. Y no lo culpaba. Ella tampoco podía creerlo ni asumirlo, pero en su caso no había vuelta atrás. Los bebés estaban en su cuerpo.
Aunque una parte de ella quería suplicarle que no la abandonara, sabía que no era justo. Él ya había sido más que generoso y ahora lo correcto era dejarlo libre.
– No pasa nada -le dijo-. Lo comprendo. Yo misma me siento incómoda por donde me he metido e imagino lo que estarás sintiendo tú. Has sido genial y te doy las gracias por ello. Por favor, no te sientas obligado a hacer nada más.
– ¿De qué estás hablando?
– Te dejo marchar. No tienes que ser mi compañero de embarazo.
– ¿Por qué iba a hacer eso?
– Tienes pinta de querer salir corriendo. Lo entiendo.
Él rodeó el coche y se situó frente a ella.
– No pienso irme a ninguna parte, pero tienes razón en una cosa. Ya no quiero ser tu compañero de embarazo.
Pia esperaba no reflejar su decepción; se negaba a pensar que tendría que pasar ella sola por el embarazo. Una vez que llegara a casa, tendría un ataque de nervios, pero por el momento mantendría el control.
– Lo comprendo.
Él volvió a tomarle la mano. Parecía hacerlo mucho y el problema era que a ella le gustaba… mucho. Y ahora iba a perderlo.
– No. Pia. Quiero más. Quiero casarme contigo.
Raúl no había planeado proponerle matrimonio, pero tampoco estaba absolutamente sorprendido por lo que le había dicho. Últimamente había estado pensando mucho en ella, en los bebés y en su futuro. La admiraba y la respetaba porque, a pesar de sus miedos y preocupaciones, había seguido adelante. Su deseo de ayudar era algo que él había aprendido de Hawk.
Por otro lado, tampoco había podido sacarse a Keith de la cabeza. Ese hombre había muerto por su país. Habría dado por hecho que Crystal seguiría adelante y tendría a sus hijos, habría pensado que su familia seguiría adelante. Y ahora, gracias a Pia, así sería. Pero no era correcto que ella lo hiciera todo sola.
Pia lo miraba con los ojos como platos y la boca abierta. Intentó hablar, tragó saliva y dijo:
– ¿Cómo dices? ¿Qué?
– Quiero casarme contigo.
Ella sacudió la cabeza ligeramente, como si no estuviera segura de lo que había oído. Parecía impactada y un poco mareada. Él se preguntó si debería meterla en el coche para que pudiera sentarse, pero Pia solucionó el problema abriendo la puerta y dejándose caer en el asiento.
Él fue al otro lado y entró.
– Lo digo en serio, Pia. Cásate conmigo.
– ¿Por qué?
Una pregunta razonable, pensó.
– Admiro lo que estás haciendo. La mayoría de la gente habría salido corriendo, pero tú no lo has hecho. Y no digas que tenías dudas y preguntas porque si no las tuvieras, no serías competente para tener a los niños. En mi vida me he encontrado con muchas clases de personas, los que dan y los que reciben. Las que piensan en los demás y los que piensan en sí mismos. Te he hablado de mi entrenador y de cómo me cambió la vida. Nicole me abrió su casa y su corazón. Me enseñaron lo que es importante y quiero hacer lo que ellos hicieron; hacer algo importante par otra persona.
La expresión de Pia pasó a una que se parecía mucho al enfado.
– Gracias, pero no me interesa ser tu obra de caridad de la semana.
– No, no es lo que quiero decir.
– Pues es lo que estás diciendo.
Él le agarró las manos, pero ella las apartó.
– No.
Estaba enfadadísima. Maldita sea. Lo había estropeado todo.
– Pia, quiero cuidar de ti. Eso es todo. Quiero estar a tu lado y al lado de los bebés. Quiero formar parte de vuestras vidas.
– Si tantas ganas tienes de ser marido y padre, ve a casarte con otra y ten tus propios hijos.
– Lo he intentado y fracasé.
– Un divorcio, eso le pasa a más de la mitad de los matrimonios. ¿Y qué? Inténtalo de nuevo.
– Eso es lo que quiero hacer. Contigo.
Eran unas palabras que Pia jamás se había imaginado que oiría. Una proposición de matrimonio. Pero la situación que la rodeaba no era la adecuada… Ni tampoco el hombre. Era increíble, sí, pero no quería que le pidiera matrimonio de ese modo, movido por un extraño sentido de la obligación hacia un antiguo mentor. No quería ser el proyecto de alguien.
– No puedes solucionar lo que te haya pasado casándote conmigo. Ve a terapia.
Pensó que esas palabras lo molestarían, pero Raúl sonrió.
– ¿De verdad crees que eso es lo que estoy haciendo?
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