Mary Balogh - Simplemente Perfecto

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Alto, moreno y exquisitamente sensual, él es la personificación de la perfección masculina. No es que Claudia Martin esté buscando un amante. Ni un esposo. Como propietaria y directora de la academia de la señorita Martin en Bath, hace mucho que se resignó a vivir sin amor. Hasta que Joseph, marqués de Attingsborough, llega sin previo aviso y la tienta a arrojar por la borda toda una vida de decencia por una aventura que sólo puede conducirle a la ruina.
Joseph tiene sus propias razones para buscar a Claudia. Inmediata e irresistiblemente atraído por la delicada profesora, se embarca en un plan de seducción que los llevará a ambos a anhelar algo más. Pero, como heredero de un prestigioso ducado, se espera que Joseph continúe con el legado de la familia. Y Claudia sabe que no hay lugar para ella en su mundo.
Ahora, dicho mundo está a punto de verse sacudido por el escándalo. Un matrimonio concertado, un secreto que conmocionará a la sociedad y un hombre proveniente del pasado de Claudia, conspiran para separar a los amantes. Pero Joseph está decidido a hacer suya a Claudia a toda costa. Aunque ello signifique desafiar toda convención y romper toda regla por un amor que representa todo cuanto siempre ha deseado; un amor que es perfecto tal como es…

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– ¿Qué es eso? -preguntó, apuntando. Cuando estaban cerca de una serpentina blanca cogida en una rama baja, exclamó jubilosa-: ¡Es la cinta del pelo de Lizzie! Pasó por aquí.

Él desenredó la cinta y se la llevó a los labios, cerrando fuertemente los ojos.

– Gracias a Dios -dijo ella-. Oh, gracias a Dios. No está en el fondo del lago.

Él abrió los ojos y se miraron. Los dos habían tenido el mismo miedo desde que vieron zambullirse a Bewcastle y a Hallmere.

– ¡Lizzie! -gritó él hacia el bosque.

– ¡Lizzie! -gritó ella.

No hubo respuesta. ¿Cómo podían saber hacia dónde había ido? ¿Cómo buscarla sin perderse ellos? Pero claro, no tenía ningún sentido quedarse quietos ahí, y no se les ocurrió volver a buscar más ayuda, en especial de Kit o Sydnam, que conocían el bosque.

Continuaron, deteniéndose con frecuencia a llamarla.

Finalmente oyeron crujidos de hojas por entre los árboles que tenían delante, después un alegre ladrido y entonces apareció Horace , meneándose todo él, agitando la cola y con la lengua fuera.

– ¡ Horace ! -Claudia se arrodilló a abrazarlo y él le lamió la cara-. ¿Dónde está Lizzie? ¿Por qué la has dejado sola? Llévanos hasta ella inmediatamente.

Al parecer el perro sólo deseaba saltar sobre su falda y jugar, pero ella movió un dedo severa ante su nariz, luego cogió la cinta de la mano de Joseph y se la puso delante para que la oliera.

– Encuéntrala, Horace . Llévanos hasta ella -le ordenó.

El perro se dio media vuelta ladrando alegremente, como si ese fuera el mejor juego de la tarde, y echó a correr por entre los árboles. Joseph volvió a coger de la mano a Claudia y echaron a correr detrás de él. No muy lejos se encontraron ante una casita, una cabaña de guardabosques. Se veía en buen estado. La puerta estaba entreabierta. Horace entró corriendo.

Joseph subió el peldaño hasta la puerta, casi con miedo de tener esperanzas. Claudia lo siguió y, sin soltarle la mano, se arrimó a su costado para asomarse también cuando él abrió más la puerta. El interior estaba oscuro, pero la luz de fuera bastaba para ver que la habitación estaba decentemente amueblada y que en una estrecha cama adosada a una pared estaba Lizzie acurrucada durmiendo, y Horace a sus pies jadeando y sonriendo.

Joseph giró la cabeza, cogió a Claudia por la cintura, la apretó a él y, hundiendo la cara en el hueco entre su cuello y hombro, lloró. Ella lo abrazó, cuando él se apartó, se miraron a los ojos un breve instante y entonces él posó los labios sobre los de ella, un instante después él ya estaba arrodillado junto a la cama pasándole una mano temblorosa por la cabeza a Lizzie, y apartándole suavemente el pelo de la cara. Si había estado durmiendo, ya no lo estaba; tenía fuertemente cerrados los ojos y se estaba chupando los nudillos de la mano cerrada. Tenía los hombros hundidos y tensos.

– Cariño -musitó.

– ¿Papá? -Bajó la mano e inspiró-. ¿Papá?

– Sí, te hemos encontrado, la señorita Martin y yo. Ya estás muy segura otra vez.

– ¿Papá?

Emitiendo un gemido largo y agudo, como un lamento, se incorporó y le echó los brazos al cuello, apretándoselo fuertemente. Él la levantó en brazos, girándose se sentó en la cama, y la acunó en el regazo. Sin pensarlo le cogió una mano a Claudia y la hizo sentarse a su lado. Ella pasó las manos por las piernas de la niña.

– Estás a salvo -dijo.

– La señorita Thompson llevó a Molly y a otras niñas a caminar -explicó ella, atropellándose con las palabras, casi sin respirar-. Me pidieron que fuera pero yo dije no, pero después deseé haber dicho sí, porque tú habías entrado en la casa, papá, y la señorita Martin había ido a caminar. Pensé que Horace podría darles alcance. Pensé que estarías orgulloso de mí. Pensé que la señorita Martin estaría orgullosa de mí. Pero Horace no pudo encontrarlas. Entonces pasamos por un puente, yo me caí y después no supe hacia qué lado ir y más allá había árboles, y Horace se fue corriendo y yo intenté ser valiente y pensé en brujas pero sabía que no había ninguna, y entonces Horace volvió y llegamos aquí, pero no sabía quiénes vivían aquí ni si serían amables o crueles, y cuando llegaste creí que eran ellos y tal vez me comerían viva, aunque sé que eso es tonto y…

– Cariño -le interrumpió él. Le besó la mejilla y la meció mientras ella volvía a chuparse los nudillos de la mano cerrada, algo que no hacía, que supiera él, desde que tenía cuatro o cinco años-. Sólo estamos contigo la señorita Martin y yo.

– Pero qué valiente has sido, Lizzie -dijo Claudia-, al aventurarte sola y luego no aterrarte cuando te encontraste perdida. Tendremos que adiestrar más a Horace y sólo después de eso podrás intentar algo así otra vez, pero de todos modos estoy inmensamente orgullosa de ti.

– Yo siempre estoy orgulloso de ti -dijo Joseph-, pero en especial hoy. Mi niñita está creciendo y haciéndose independiente.

Ella había dejado de chuparse el dorso de la mano. Se acurrucó apretándose más a él y dio un largo bostezo. Había tomado mucho aire fresco y hecho mucho ejercicio; no era de extrañar que estuviera agotada, y eso aparte del susto que se había llevado.

Él continuó meciéndola, como hacía cuando era un bebé, una niña pequeña. Echó atrás la cabeza y cerró los ojos. Le brotaron lágrimas otra vez y sintió bajar una por la mejilla.

Entonces sintió un suave roce en esa mejilla y al abrir los ojos vio que Claudia le estaba pasando el dorso de la mano para secarle la lágrima.

Se miraron y a él le pareció que en la profundidad de sus ojos le podía leer la mente, su ser más profundo, su alma. Y descansó ahí.

– Te amo -dijo, intentando hablar, pero no le salió el sonido por los labios.

Pero ella le leyó las palabras en los labios. Echó atrás la cabeza, tal vez uno o dos dedos, alzó un poquitín el mentón y apretó los labios formando una línea casi severa. Pero sus ojos no cambiaron; sus ojos «no podían» cambiar. Eran la ventana de la armadura con que ella intentaba revestirse. Sus ojos le contestaron aun cuando el resto de ella negaba lo que decían:

«Yo también te amo».

– Será mejor que llevemos de vuelta a Lizzie al lugar de la merienda y tranquilicemos a los demás -dijo entonces él-. Todos continúan buscándola.

– ¿A mí? -Preguntó Lizzie-. ¿Me andan buscando a mí?

– Todos te han tomado muchísimo cariño, mi amor -dijo él, besándole la mejilla otra vez y levantándose con ella en los brazos-. Y he de decir que los comprendo.

Cuando salieron de la cabaña y Claudia cerró la puerta, él vio que de ella salía un sendero simplemente formado por pisadas sobre la hierba. La habitación de la cabaña estaba amueblada y limpia, y era cómoda. Era lógico pensar que se usaba con frecuencia y que las pisadas del usuario o de los usuarios hubieran formado ese sendero, tal vez desde el camino de entrada. Lo siguieron y en un momento se encontraron en el camino, con el puente ante ellos.

Cuando llegaron a él, Claudia se adelantó, agitó las manos y gritó a los grupos de personas que estaban a la vista. Y le quedó claro que ellas entendieron el mensaje. La búsqueda se había acabado, habían encontrado a Lizzie.

Mientras se acercaban al lago, Lizzie medio dormida en los brazos de él, vieron que todos los esperaban expectantes. Horace corrió por delante jadeando y ladrando.

Recibieron la bienvenida que se le da a un héroe. Todos deseaban tocar a Lizzie, preguntar si se había hecho daño, preguntar qué le había ocurrido y explicar cómo la habían buscado y buscado y casi perdido la esperanza.

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