– Debes de tener cansados los brazos, Attingsborough -dijo Rosthorn-. Permíteme que la coja. Ven conmigo, chérie .
– No -dijo Joseph, aumentando la presión de sus brazos-. Gracias, pero está muy bien donde está.
– Deberían llevársela inmediatamente a Lindsey Hall -dijo Wilma-. Vaya alboroto que ha armado, y ha estado a punto de estropear esta espléndida merienda. Debería haber cumplido con su deber, señorita Martin, y vigilar a la niña en lugar de irse a caminar con sus superiores.
– Calla, Wilma, haz el favor -dijo Neville.
– ¡Vamos, francamente! Exijo una dis…
– Este no es momento para crueldades ni recriminaciones -dijo Gwen-. Cállate, Wilma.
– Pero de verdad es necesario decir -dijo Portia- que es una falta de respeto a lady Redfield y a lady Ravensberg haber traído a alumnas «de caridad» a mezclarse en una reunión como esta y haberlas dejado al cuidado de otros. Y traer a una niña de caridad «ciega» es francamente el colmo de los colmos. De verdad, deberíamos…
– Lizzie Pickford es mi hija -interrumpió Joseph, con voz clara y firme, ante un atento público formado por sus padres, su hermana, su prometida, numerosos parientes y personas conocidas y desconocidas-. Y la quiero más que a mi vida.
Sintió la mano de Claudia en el brazo. Bajó la cabeza para besar la cara de Lizzie, levantada hacia él. Sintió el fuerte apretón de la mano de Neville en el hombro.
Y entonces tomó conciencia del horroroso silencio que parecía ahogar el bullicio que hacían los niños jugando en la explanada.
Las palabras de lady Sutton y de la señorita Hunt hirieron a Claudia como un cuchillo. Aunque las dijeron con inquina, ella no podía defenderse de ninguna manera; era terriblemente culpable. Se había ido a caminar con Charlie, ah, sí, con sus «superiores», cuando debería haber estado vigilando a Lizzie.
Pero tal vez más que el insulto personal y el sentimiento de culpabilidad, sintió una furia intensa e impotente por el menosprecio con que hablaron de sus preciosas niñas, estando ellas cerca, oyéndolo. Pero no podía decir nada en su defensa tampoco. Tal vez lady Ravensberg podría haber intervenido para informar a la señorita Hunt que las niñas estaban ahí por expresa invitación de ella, pero se le adelantó el marqués de Attingsborough: «Lizzie Pickford es mi hija. Y la quiero más que a mi vida».
La furia y la culpabilidad quedaron olvidadas, reemplazadas por una profunda pena. Le puso una mano en el brazo y miró a Lizzie algo preocupada.
La mayoría de los niños más pequeños continuaban jugando con la incansable energía de su edad y totalmente inconscientes del drama que se desarrollaba cerca. Pero el bullicio que hacían sólo parecía acentuar el horroroso silencio que descendió sobre los demás.
La coja y guapa lady Muir fue la primera en romperlo:
– Vamos, Wilma -dijo-, ¿ves lo que has hecho ahora? Y usted también, señorita Hunt. Oh, de verdad, debería daros vergüenza.
– Las alumnas de la señorita Martin -dijo la condesa de Redfield- están aquí por expresa invitación mía.
– Y mía -añadió lady Ravensberg-. Ha sido un placer tenerlas. A «todas».
El duque de Anburey se puso de pie y todos guardaron silencio.
– ¿Qué es esto? -preguntó, con un entrecejo feroz, aunque al parecer no esperaba respuesta-. ¿Un hijo mío haciendo esa admisión tan vulgar ante estas personas? ¿Delante de lord y lady Redfield en su propia casa? ¿Delante de su madre y su hermana? ¿Delante de su prometida? ¿Delante de todo el mundo?
Claudia bajó la mano hasta el costado.
Lizzie escondió la cara en el chaleco de su padre.
– Nunca en mi vida había sido más insultada que aquí esta tarde -dijo la señorita Hunt-. ¿Y se espera que tolere «esto»?
– Cálmese, mi querida señorita Hunt -dijo la condesa de Sutton, dándole una palmadita en el brazo-. Estoy muy avergonzada de ti, Joseph, y sólo puedo esperar que hayas hablado en el calor del momento y ya estés arrepentido. Creo que procede una disculpa pública a mi padre, a la señorita Hunt y a lady Redfield.
– Pido disculpas -dijo él-, por la aflicción que he causado y por la forma en que finalmente he reconocido a Lizzie. Pero no puedo lamentar que sea mi hija, ni que yo la quiera.
– Oh, Joseph -dijo la duquesa de Anburey, que se había levantado junto con su marido, acercándose a él-. ¿Esta niña es tuya? ¿Tu hija? ¿Mi nieta?
– ¡Sadie! -exclamó el duque en tono severo.
– Qué hermosa es -dijo ella, acariciando la mejilla de Lizzie con el dorso de la mano-. Cuánto me alegra que esté bien y a salvo. Todos estábamos terriblemente preocupados por ella.
– Sadie -repitió el duque.
El vizconde Ravensberg se aclaró la garganta.
– Sugiero que esta conversación continué en el interior de la casa -dijo-, donde las personas más involucradas puedan hablar más en privado. Y creo que sería conveniente que Lizzie no siga bajo este sol. ¿Lauren?
– Yo iré por delante -dijo la vizcondesa-, y buscaré una habitación tranquila donde pueda acostarse a dormir. Se ve agotadísima, pobre niña.
– La llevaré a mi habitación, si me lo permites, Lauren -dijo el marqués de Attingsborough.
El duque de Anburey ya había cogido del brazo a la duquesa y la llevaba en dirección a la casa. La señorita Hunt se recogió la falda y se giró para seguirlos. Lady Sutton se cogió de su brazo y fue con ella. Lord Sutton se situó al otro lado de la señorita Hunt.
– ¿Te la llevo, Joe? -se ofreció el conde de Kilbourne.
Joseph negó con la cabeza.
– No, pero gracias, Nev.
Avanzó unos pasos en dirección a la casa y de pronto se detuvo y miró atrás, a Claudia.
– ¿Viene con nosotros? ¿Me hará el favor de acompañar a Lizzie mientras yo no esté?
Ella asintió y echó a caminar a su lado. Qué terrible final de la merienda para aquellos que quedaban atrás, pensó. Aunque tal vez no. Esa tarde no se iba a olvidar en mucho tiempo, seguro. Sin duda sería el tema de animada conversación durante días y días, e incluso semanas.
Era una solemne procesión la que avanzaba hacia la casa, a excepción de Horace , que corría delante y volvía, resollando y con la lengua colgando, como si ese fuera un juego totalmente organizado para su diversión. Los vizcondes Ravensberg venían detrás de ellos y les dieron alcance cuando se acercaban a la casa.
– ¿Donde la encontrasteis, Joseph? -preguntó la vizcondesa en voz baja.
– Hay una cabañita en el bosque al otro lado del puente -dijo él-. Ahí estaba.
– Ah -dijo el vizconde-, debió olvidársenos cerrar la puerta con llave la última vez que estuvimos ahí, Lauren. A veces nos olvidamos.
– Y menos mal que nos olvidamos -dijo ella-. Es tan encantadora, Joseph, y, claro, se parece a ti.
Entonces llegaron a la casa y el vizconde los llevó a todos a la biblioteca.
Joseph no los siguió. Subió la escalera y Claudia lo acompañó hasta su habitación, un cómodo dormitorio para huéspedes con vistas al jardín de flores del lado este y las colinas más allá. Claudia echó atrás las mantas de la cama con dosel y él depositó a Lizzie en el centro. Después se sentó a su lado y le cogió la mano.
– Papá, se lo has dicho a todos -dijo ella.
– Sí, lo he hecho, ¿no?
– Y ahora todos me van a odiar.
– Mi madre no te odia, y el primo Neville tampoco. Tampoco te odia la prima Lauren, que acaba de decirme que eres encantadora y te pareces a mí. Si hubieras podido ver hace unos minutos, te habrías dado cuenta que la mayoría de las personas te miraban con simpatía y compasión, y felicidad porque estabas a salvo.
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