Horace la tironeó y continuó avanzando, hasta que de pronto sintió el sonido hueco de sus pisadas y comprendió que estaban atravesando un puente. Buscó a tientas por los lados hasta que tocó una baranda. Oyó el sonido del agua corriendo abajo.
Cuando llegaron en coche a Alvesley había oído el sonido hueco que hacían las ruedas, y la señorita Martin le confirmó que iban pasando por un puente.
¿Habrían cruzado ese puente la señorita Thompson y su grupo? ¿ Horace la llevaba hacia ellas? ¿O iban hacia otra parte?
¿Se había extraviado?
Sintió bullir el terror en su interior. Pero eso era una tontería. Por las historias que le leía su padre sabía que las heroínas no se aterran, siempre son muy valientes. Y lo único que tenían que hacer era darse media vuelta y volver por donde habían venido. Horace conocía el camino de vuelta. Y cuando estuvieran cerca, oiría el sonido de las voces.
Se agachó a hablarle a Horace , pero el pie se le enredó en la correa, se tropezó y cayó al suelo cuan larga era. No se hizo ningún daño. Horace se acercó gimiendo, le lamió la cara y ella le echó los brazos al cuello y lo abrazó.
– Perro tonto -le dijo-. Te has equivocado de camino. Vas a tener que llevarme de vuelta. Espero que nadie se haya fijado en que no estamos. Me sentiría muy tonta.
Pero el problema fue que cuando se puso de pie y se pasó las manos por su mejor vestido para quitarle el polvo y volvió a coger la correa, no sabía de cara a qué lado estaba.
Dejó que lo decidiera Horace . Le dio un suave tirón a la correa.
– Llévame de vuelta -le ordenó.
No le llevó mucho tiempo darse cuenta de que no iban por el camino correcto. Sentía el frescor de la sombra en la cara, y percibía que eso no se debía a que unas nubes estuvieran tapando el sol, sino que arriba había follaje de árboles, pues sentía el olor.
Al otro lado del puente no había árboles.
Horace tal vez vio u oyó algo, por lo que se salió del camino y echó a andar por un terreno irregular por entre los árboles, eso no tardó en hacérsele evidente a ella, que iba siguiéndolo. El perro ladraba entusiasmado.
Y de pronto aceleró el paso, tanto que ella se soltó de la correa.
Encontró el tronco de un árbol y se aferró a él. Entonces el pelo le cayó en cascada sobre la cara y comprendió que había perdido la cinta.
Ese fue, sin duda alguna, el momento más aterrador de su vida.
– ¡Señorita Thompson! -gritó-. ¡Molly!
Pero ya sabía desde hacía rato que ese no era el camino que habían tomado la señorita Thompson y las niñas.
– ¡Papá! -gritó-. ¡Papá!
Pero su padre había entrado en la casa con la señorita Hunt.
– ¡Señorita Martin!
Justo entonces Horace le empujó el codo con la fría nariz, gimiéndole. Sintió moverse la correa golpeándole una pierna.
– ¡ Horace ! -Se dio cuenta de que estaba sollozando cuando cogió la correa-. Llévame de vuelta al camino.
Si lograba llegar a ese camino, continuaría por él. Aunque se equivocara y lo tomara en sentido contrario, finalmente llegaría a alguna parte, o alguien la encontraría. Tampoco estaba tan lejos.
Pero ¿por dónde se iba al camino?
Horace continuó guiándola, con mucho más cuidado que antes. Parecía decidido a que ella no chocara con ningún árbol ni se tropezara con sus raíces. Pero pasados varios minutos todavía no habían llegado al camino. Seguro que se estaban internando más en el bosque.
Recordó su historia, la primera que le escribió la señorita Martin. Era difícil no aterrarse. Ahora ya estaba sollozando.
Entonces Horace se detuvo, jadeando de una manera triunfal. Ella, buscando a tientas con la mano libre, tocó una pared de piedra. Lo primero que pensó fue que por algún milagro habían llegado a la casa, pero sabía que eso era imposible. Palpando la pared encontró el marco de una puerta, luego la puerta de madera y luego el pomo. Lo giró y la puerta se abrió.
– Hola -dijo, y la voz le salió temblorosa, llorosa. Estaba pensando en brujas y brujos-. Hola. ¿Hay alguien aquí?
No había nadie. No hubo respuesta y no oyó ningún ruido de respiración, aparte del suyo y el de Horace .
Entró y avanzó a tientas. Sólo era una pequeña cabaña, descubrió. Pero había muebles. ¿Viviría alguien ahí? Si vivían personas ahí, tal vez volverían pronto y le dirían por dónde debía ir. Era posible que no fueran personas malas sino amables. No existían las personas realmente malas ni las brujas, ¿verdad?
Pero seguía llorando con fuertes sollozos. Seguía dominada por el terror. Y seguía intentando ser sensata.
– Volved a casa, por favor -dijo sollozando a los desconocidos propietarios de la cabaña-. Volved, por favor.
Palpando encontró una cama con mantas. Se tendió encima y se acurrucó hasta quedar hecha un ovillo, y se metió el puño en la boca.
– Papá -sollozó-. Papá. Señorita Martin. Papá.
Horace se subió a la cama de un salto, gimió y le lamió la cara.
– Papá.
Finalmente se quedó dormida.
Joseph llevaba una media hora sentado en el salón de Alvesley, conversando con Portia, George y los Vreemont, primos de Kit. Tenía que reconocer que ahí estaba más fresco y mucho más tranquilo y calmado, pero se sentía molesto de todos modos.
En primer lugar, Portia no había dicho que se sintiera a punto de desmayarse de calor, y pareció algo sorprendida cuando él le preguntó solícitamente si se sentía mal. Todo había sido un ardid de Wilma, lógicamente, para alejarlo; su hermana consideró que él tenía el deber de prestar más atención a su prometida, aun cuando todo se había pensado para divertir a los niños y la mayoría de los otros adultos se esforzaban en entretenerlos.
En segundo lugar, había tenido que incumplir la promesa que le había hecho a Lizzie de llevarla a dar un paseo en barca por el lago. Lo haría tan pronto como volvieran, pero de todos modos eso le recordaba que ella siempre iba a tener que estar en segundo lugar, después de sus hijos legítimos y sólo podría recibir su atención cuando estos no lo necesitaran.
En tercer lugar, había tenido ganas de plantarle cara a McLeith cuando se había llevado a caminar a Claudia Martin. El hombre iba a poder con su resistencia y la persuadiría de que se casara con él, conclusión que debería regocijarlo. Cuanto más lo pensaba, más comprendía que a pesar de todo lo que decía sobre que era feliz con su escuela y su existencia solitaria como directora, ella deseaba amor, matrimonio, un hogar y un marido.
Pero aun así, él había deseado plantarle cara a McLeith.
Finalmente volvieron al lugar de la merienda. Llevaría en bote a Lizzie tan pronto como le fuera posible. A nadie le extrañaría que lo hiciera, pues un buen número de adultos habían estado entreteniéndola, llevándola a participar en diversas actividades, procurando que lo pasara bien.
Pero justo cuando se acercaban a la explanada, él buscando ansioso a su hija, una voz se elevó por encima del bullicio de voces; era la voz estridente de una maestra de escuela acostumbrada a hacerse oír por encima de la cháchara de escolares:
– ¿Dónde está Lizzie? -preguntó la señorita Martin. Joseph vio que estaba al lado de McLeith, levantándose de una silla.
Se espabiló al instante.
– ¿Dónde está Lizzie? -repitió ella.
Su voz sonó más fuerte, menos controlada, más aterrada.
– ¡Buen Dios! -exclamó él, soltándose del brazo de Portia y echando a correr-. ¿Dónde está?
Echó una rápida mirada alrededor y no la encontró. Miró otra vez y no la encontró.
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