Mary Balogh - Simplemente Perfecto

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Alto, moreno y exquisitamente sensual, él es la personificación de la perfección masculina. No es que Claudia Martin esté buscando un amante. Ni un esposo. Como propietaria y directora de la academia de la señorita Martin en Bath, hace mucho que se resignó a vivir sin amor. Hasta que Joseph, marqués de Attingsborough, llega sin previo aviso y la tienta a arrojar por la borda toda una vida de decencia por una aventura que sólo puede conducirle a la ruina.
Joseph tiene sus propias razones para buscar a Claudia. Inmediata e irresistiblemente atraído por la delicada profesora, se embarca en un plan de seducción que los llevará a ambos a anhelar algo más. Pero, como heredero de un prestigioso ducado, se espera que Joseph continúe con el legado de la familia. Y Claudia sabe que no hay lugar para ella en su mundo.
Ahora, dicho mundo está a punto de verse sacudido por el escándalo. Un matrimonio concertado, un secreto que conmocionará a la sociedad y un hombre proveniente del pasado de Claudia, conspiran para separar a los amantes. Pero Joseph está decidido a hacer suya a Claudia a toda costa. Aunque ello signifique desafiar toda convención y romper toda regla por un amor que representa todo cuanto siempre ha deseado; un amor que es perfecto tal como es…

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Todos se habían alertado ante la pregunta, y todos estaban mirando alrededor y hablando.

Está jugando al corro con Christine.

Eso fue hace rato.

– Está con Susanna y el bebé.

– No. Estuvo hace mucho rato. Yo tuve que ir a amamantar a Harry.

– Tal vez ha ido a dar un paseo en barca.

– Lady Rosthorn la tuvo entre su grupo de arqueros.

– Debe de haber ido a caminar con Eleanor y un grupo de niñas y niños.

– No, no fue. Vino conmigo a examinar los arcos y las flechas. Después fue a reunirse con unas amigas.

– No está con la señorita Thompson. Ahí vienen de vuelta y no está con ellas.

– Debe de haber entrado en la casa.

– Debe de…

– Debe de…

Cada vez que alguien hablaba, Joseph miraba, desesperado. ¿Dónde estaba Lizzie?

El terror se apoderó de él, corriendo por sus venas, quitándole el aliento y la capacidad de pensar. Estaba al lado de Claudia, sin saber cómo había llegado hasta ella, y le tenía cogida la muñeca.

– Yo estaba en la casa -le dijo.

– Yo fui a caminar -repuso ella, mirándolo.

Le había desaparecido todo el color de las mejillas.

Habían dejado sola a Lizzie.

Llegó Bewcastle y tomó el mando de la situación, seguido de cerca por Kit.

– No puede haber ido muy lejos -dijo, materializándose de repente en el centro, con tal autoridad que todos se quedaron callados, incluso la mayoría de los niños, aunque no había hablado en voz muy alta-. La niña se ha alejado y no logra encontrar el camino de vuelta. Tenemos que repartirnos: dos por ese lado del lago, dos por el otro, dos deben ir al establo, dos a la casa, dos a…

Continuó dándoles órdenes como un general a sus soldados.

– Syd -dijo Kit-, ve directo al establo y busca ahí. Conoces todos los escondites. Lauren y yo iremos a la casa, la conocemos mejor. Aidan, ve a…

Joseph caminó hasta la orilla del lago y miró hacia un bote que venía de regreso, haciéndose visera con una mano. Pero ninguno de los dos niños era Lizzie. Echó atrás la cabeza y gritó:

– ¡Lizzie!

– No puede haber ido muy lejos.

La voz, baja y temblorosa, sonó al lado de él, y cayó en la cuenta de que seguía teniéndola sujeta por la muñeca.

– No puede haber ido muy lejos -repitió Claudia, y él notó claramente que intentaba dominar el miedo, una maestra acostumbrada a enfrentar crisis-. Y Horace tiene que estar con ella, pues no se le ve por ninguna parte. Ella lo cree capaz de llevarla dondequiera que desee ir.

Todos, adultos y niños, ya iban de camino hacia diferentes lugares, muchos de ellos llamándola. Joseph vio que incluso los Redfield, sus padres y su tía Clara se habían unido a la búsqueda.

Estaba paralizado por el terror y la indecisión. Deseaba más que nadie comenzar la búsqueda, pero ¿adónde debía ir? Deseaba hacerlo en todas las direcciones.

¿Dónde estaría? ¿Dónde estaba?

Entonces el corazón le dio un vuelco al comprender lo que iban a hacer Bewcastle y Hallmere. Los dos se habían quitado las botas y también las chaquetas y el resto de la ropa hasta la cintura. Después se zambulleron en el agua.

La implicación fue tan aterradora que acabó con su parálisis.

– No puede estar ahí -dijo Claudia, con la voz tan temblorosa que era casi irreconocible-. Horace andaría corriendo suelto.

Él le cogió la mano.

– Debemos buscarla -dijo, dándole resueltamente la espalda al lago.

Wilma y Portia estaban justo delante de ellos.

– Lo siento mucho, señorita Martin -dijo Portia-, pero en realidad usted debería haber estado vigilándola con más atención. Usted está a cargo de todas esas niñas que mantiene por caridad, ¿verdad?

– Una niña ciega no tenía por qué estar aquí -añadió Wilma.

– ¡Callad la boca! -exclamó Joseph, secamente-. Las dos.

No esperó a ver sus reacciones ni a oír sus respuestas. Echó a caminar a toda prisa con Claudia.

Pero ¿adónde dirigirse con tanta prisa?

– ¿Adonde podría haber ido? -preguntó Claudia, aunque estaba claro que no esperaba respuesta. Le tenía cogida la mano con tanta fuerza como él a ella-. ¿Adónde podría haber intentado ir? Pensemos. ¿A buscarle a usted en la casa?

– Lo dudo -dijo él, viendo que Lauren y Kit, también cogidos de la mano, iban a toda prisa hacia allí.

– ¿A buscar a Eleanor y las otras, entonces?

Pasaron por delante de la casa cuando yo estaba ahí. Iban en dirección al puente pequeño, hacia el sendero agreste de más allá.

La habrían visto si iba en esa dirección. Y usted también. En todo caso, cuatro personas van en esa dirección a buscar. No tiene sentido seguirlas.

Habían llegado al camino de entrada y se detuvieron ahí, horrorosamente indecisos. El nombre Lizzie sonaba desde todas partes. Pero no se oía ningún grito que indicara que alguien la hubiera encontrado.

Joseph hizo unas cuantas respiraciones para serenarse. Continuar aterrado no lo llevaría a ninguna parte.

– La única dirección que nadie ha tomado -dijo-, es la que sale de Alvesley.

Ella miró a la derecha, hacia la larga extensión de césped por el que discurría el camino de entrada, con el puente palladiano cubierto que cruzaba el río, y más allá el bosque.

– Ella no habría ido por ahí -dijo.

– Probablemente no -concedió él-, pero, ¿el perro?

– Oh, Dios mío. Dios mío, ¿dónde está? -Se le llenaron los ojos de lágrimas y se mordió el labio-. ¿Dónde está?

– Vamos -dijo él, girándola y llevándola por el camino de entrada-. No hay ningún otro lugar donde podamos buscar.

– ¿Cómo ha podido ocurrir esto?

– Yo me fui a la casa.

– Y yo a caminar.

– No debería haberla dejado salir de la casa de Londres. Siempre ha estado segura ahí.

– Yo no debería haber apartado los ojos de ella. Ella fue el único motivo por el que vine aquí esta tarde. Era mi responsabilidad. La señorita Hunt tenía razón al reprenderme.

– No empecemos a echarnos la culpa -dijo él-. Ha tenido numerosos cuidadores esta tarde. Todos la vigilaban.

– Ese fue el problema. Cuando todos están vigilando, nadie lo hace de verdad. Todos suponen que está con otra persona. Yo debería haberlo sabido por mis experiencias en la escuela. Ay, Lizzie, Lizzie, ¿dónde estás?

Se detuvieron en el puente un momento, mirando hacia todos lados, con la esperanza de ver alguna señal de la desaparecida Lizzie.

Pero ¿por qué no contesta a ninguna de las llamadas?, pensó él. Seguían oyéndose ahí donde estaban.

– ¡Lizzie! -gritó por un lado del puente, haciéndose bocina con las manos.

– ¡Lizzie! -gritó Claudia por el otro lado.

Nada.

De repente a él le flaquearon las piernas y casi se cayó.

– ¿Continuamos? -Preguntó, mirando más allá del puente, donde el camino de entrada hacía una curva y se internaba en el bosque-. No creo que llegara tan lejos.

Tal vez ya estaba de vuelta junto al lago. Sintió una avasalladora necesidad de volver ahí para comprobarlo.

– Debemos continuar -dijo ella, atravesando el ancho del puente y cogiéndole la mano otra vez-. ¿Qué otra cosa podemos hacer?

Se miraron a los ojos y ella apoyó la frente en su pecho y la dejó ahí un breve momento.

– La encontraremos -dijo-. La encontraremos.

Pero ¿cómo? ¿Y dónde? Si había seguido ese camino, ¿llegaría finalmente a la aldea? ¿Alguien de ahí la detendría y cuidaría de ella hasta que pudiera enviar un mensaje a Alvesley?

¿Y si había salido del camino y estaba perdida en el bosque?

– ¡Lizzie! -volvió a gritar él.

Se había detenido en un momento sorprendentemente afortunado. Ella giró la cabeza y entonces emitió una exclamación y le tironeó la mano.

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