Pero los niños no se cansan fácilmente, por lo que cuando media hora después volvieron de la caminata, todavía había una multitud de ellos arremolinados en la extensa explanada, jugando a uno u otro juego, mientras los adultos participaban, supervisaban o vigilaban sentados conversando.
Sintió un enorme alivio al ver que no estaba el marqués de Attingsborough, y fastidio al caer en la cuenta de que él fue la primera persona a la que buscó con los ojos. La siguiente persona fue Lizzie. Miró hacia todos los lados dos veces hasta llegar a la conclusión de que la niña no estaba ahí.
El estómago le dio un desagradable vuelco.
– ¿Dónde está Lizzie? -le preguntó a Anne, que estaba cerca con Megan.
– Con Harry en los brazos -contestó Anne, apuntando hacia Susanna, que tenía a Harry en los brazos, acompañada por Peter, que estaba acuclillado junto a su silla, con la mano sobre la cabecita del bebé y sonriéndole a ella-. Bueno, hace un momento estaba con Harry en los brazos.
– ¿Dónde está Lizzie? -volvió a preguntar Claudia, en tono más vehemente, a nadie en particular.
– ¿La niña ciega? -preguntó Charlie, cogiéndola del codo-. Siempre hay alguien cuidando de ella. No te preocupes.
– ¿Dónde está Lizzie?
– Morgan le está enseñando a sostener el arco y las flechas, señorita Martin -gritó lady Redfield desde su asiento.
Pero Claudia vio que lady Rosthorn estaba disparando una flecha a un blanco rodeada por un grupo de chicos que miraban admirados, y Lizzie no se encontraba entre ellos.
Debía haberse ido a alguna parte con su padre.
– Ah -dijo la condesa de Kilbourne viuda-. Creo que se ha ido a caminar con la señorita Thompson y un grupo de niñas de su escuela, señorita Martin. ¿Me permite que la felicite por sus alumnas? Todas tienen unos excelentes modales.
– Gracias -dijo Claudia, aflojando los músculos, aliviada. Charlie le apretó el codo, y entonces vio que Eleanor no estaba entre la multitud, como tampoco algunas de las niñas. Lizzie había ido a caminar con ellas. Horace también estaría con ella.
Charlie la llevó hasta una silla desocupada, y cuando se estaba sentando vio al marqués de Attingsborough volviendo a la explanada con la señorita Hunt cogida de su brazo. Los acompañaban los condes de Sutton y otra pareja. Lizzie no venía con ellos, lógicamente.
Y justo cuando comenzaba a relajarse, reprendiéndose por haberse asustado tanto habiendo tantas personas cuidando de la niña, vio a Eleanor que regresaba con su grupo de su paseo por el lado este de la casa.
Eleanor, Molly, Doris, Miriam, Charlotte, Becky, la hija de lord Aidan, una niña desconocida, otra, David Jewell, Davy, el hermano de Becky…
Se levantó, observando con más atención al grupo que ya estaba acercándose.
Lizzie no se encontraba con ellos.
– ¿Dónde está Lizzie? -preguntó. Nadie contestó.
– ¡¿Dónde está Lizzie?!
Lizzie se había sentido maravillosamente feliz. Sabiendo que su padre estaba ahí, había venido a Alvesley con una enorme ilusión, aunque no esperaba demasiado. Para empezar, no quería que sus nuevas amigas dejaran de apreciarla, lo que podría ocurrir si se enteraban de que tenía un padre que la quería; por lo tanto, tendría que tener mucho cuidado de no revelar su juego. Pero también sabía que su padre no deseaba reconocerla en público. Sabía que era la hija bastarda de un noble y una bailarina de ópera, pues su madre le había explicado eso con mucha claridad. Sabía que nunca podría pertenecer al mundo de su padre, que no debía presentarse públicamente en ese mundo. Y sabía que él estaba a punto de casarse con una dama de su mundo; su madre siempre le había dicho que eso ocurriría algún día.
Por eso no había esperado gran cosa de la merienda. Se sintió feliz simplemente porque él la bajó en brazos del coche y luego cuando gritó un elogio después que golpeara la pelota de criquet con la ayuda de lady Hallmere. Se colmó su copa de dicha cuando él fue a jugar al corro con ella, como hacía a veces en la casa cuando ella era pequeña. No le soltó la mano, riendo con ella cuando se tiraban al suelo. Y cuando terminó el juego, él se la volvió a retener y le dijo que la llevaría a dar un paseo en bote por el lago.
Su corazón estaba a punto de reventar de felicidad.
Y entonces una dama le habló a él con una voz que a ella no le gustó, diciéndole que tenía descuidada a la señorita Hunt, que estaba a punto de desmayarse de calor, y que debía entrar en la casa con ellos inmediatamente para sentarse un rato al fresco. Y él, suspirando, le contestó algo a la dama llamada Wilma y a ella le dijo que deberían dejar para después el paseo por el lago, pero que no lo olvidaría.
Pero lo olvidaría, pensó ella cuando él ya se hubo alejado. Y si no lo olvidaba, la dama llamada Wilma y la señorita Hunt se encargarían de que él no volviera a jugar con ella.
Necesitaba a la señorita Martin, pero cuando le preguntó a lady Whitleaf, que fue a cogerla de la mano, se enteró de que se había ido a caminar y que volvería pronto.
Entonces lady Whitleaf le permitió que cogiera a Harry en los brazos, algo que no había hecho nunca, y casi lloró de felicidad. Pero pasado un ratito él bebé comenzó a gimotear, molesto, y lady Whitleaf dijo que debía llevarlo a la casa para alimentarlo. Entonces lady Rosthorn le preguntó si le gustaría ir a examinar los arcos y las flechas y a oír el silbido que estas hacían cuando se disparaban y luego el ruido que hacían cuando se hundían en el blanco.
Casi en el mismo momento la señorita Thompson le preguntó si le gustaría ir a caminar con ella y un grupo de niñas, pero ella se sentía algo deprimida y dijo que no. Pero a los pocos minutos, cuando lady Rosthorn y otras personas se pusieron a disparar las flechas, lamentó no haber ido. Eso le habría servido para pasar el tiempo hasta que su papá saliera de la casa, si salía. Y hasta que la señorita Martin volviera de su caminata.
Y entonces se le ocurrió una idea. Era una cosa que la enorgullecería mucho, y seguro que harían sentirse orgullosos de ella a su papá y a la señorita Martin.
El grupo de la señorita Martin todavía no se habría alejado mucho.
Apretó con más fuerza la correa de Horace y se inclinó a hablar con él; el perro le echó el aliento en la cara, entusiasmado, y ella arrugó la nariz y se rió.
– Encuentra a la señorita Thompson y a Molly, Horace -le dijo.
– ¿Vas a alguna parte, Lizzie? -le preguntó lady Rosthorn. Si se lo decía, ella insistiría en acompañarla, pensó, y eso lo estropearía todo.
– Voy a ir a reunirme con unas amigas -dijo, vagamente.
Y en ese mismo instante un niño le pidió a lady Rosthorn que le explicara cómo debía sostener un arco.
– ¿Y las vas a encontrar tú sola? -Le preguntó lady Rosthorn, pero no esperó la respuesta-. Buena chica.
Y Horace se puso en marcha, seguido por ella. Sabía que había muchísimas personas reunidas ahí. También sabía que no paraban ni un rato quietas. Tenía la esperanza de que nadie se fijara en ella y se ofreciera a acompañarla para dar alcance al grupo. Podía hacerlo ella sola; Horace era su guía. Podría llevarla dondequiera que ella quisiera.
Respiró más tranquila cuando dejó atrás a la multitud y nadie la llamó ni corrió detrás de ella. Incluso sonrió y se rió.
– Encuéntralas, Horace -dijo.
Pasado un rato dejó de pisar hierba, el suelo estaba duro, era un sendero o un camino. Horace no lo atravesó, sino que echó a caminar por él; la superficie continuaba dura.
La euforia de la aventura no tardó mucho en disiparse. El grupo de la caminata debía de haber avanzado mucho más de lo que había supuesto. Entonces detuvo a Horace , aguzó el oído y llamó a la señorita Thompson. No oyó ninguna respuesta.
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