Cassandra Clare - Ciudad de cenizas

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Clary Fray desearía que su vida volviera a la normalidad. Si pudiera dejar atrás el mundo de los cazadores de sombras, tendría más tiempo para Simon, su mejor amigo, que se está convirtiendo en algo más... Pero el mundo subterráneo que acaba de descubrir no está preparado para dejarla ir; en especial ese apuesto y exasperante Jace. Para complicar las cosas, una ola de asesinatos sacude la ciudad. Clary cree que Valentine está detrás de esas muertes, pero ¿cómo podrá detenerle si Jace parece dispuesto a traicionar todo en lo que cree para ayudar a su padre?
En esta soberbia secuela de Ciudad de Hueso, Cassandra Clare arrastra de nuevo a sus lectores a las siniestras garras del Submundo de Nueva York, donde el amor jamás está a salvo y el poder se convierte en la tentación más letal.

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Bat, el tipo sentado junto a ella y con quien había salido en una ocasión, aunque ahora sólo eran amigos, masculló algo por lo bajo que sonó como «nefilim».

«Así que es eso», pensó Maia.

El muchacho no era un hombre lobo. Era un cazador de sombras, un miembro de la policía secreta del mundo arcano. Mantenían la ley, respaldados por la Clave, y no podías llegar a ser uno de ellos. Había que nacer. La sangre los convertía en lo que eran. Corrían un montón de rumores sobre ellos, la mayoría nada halagadores: eran soberbios, orgullosos y crueles; menospreciaban a los subterráneos. Había pocas cosas que a un licántropo le gustaran menos que un cazador de sombras..., tal vez sólo un vampiro.

La gente también decía que los cazadores de sombras mataban demonios. Maia recordaba la primera vez que había oído que los demonios existían y que le habían contado lo que hacían. Le había producido dolor de cabeza. Los vampiros y los hombres lobo sólo eran personas con una enfermedad, eso lo comprendía, pero ¿esperar que creyera en todas aquellas estupideces sobre el cielo y el infierno, los demonios y los ángeles, y aun así que nadie fuera capaz de decirle con seguridad si había un Dios o no, o adónde iba uno cuando se moría? No era justo. Ahora creía en los demonios, había visto suficiente de lo que hacían para ser incapaz de negarlo, pero deseaba no haber tenido que hacerlo.

—Supongo —dijo el muchacho, apoyando los codos sobre la barra— que no sirven Bala de Plata aquí. ¿Demasiadas asociaciones penosas? —Los ojos le brillaban, entrecerrados y relucientes como la luna en cuarto creciente.

El camarero, Freaky Pete, se limitó a echar una mirada al chico y meneó la cabeza con desagrado. Si el chico no hubiese sido un cazador de sombras, imaginó Maia, Pete lo habría arrojado fuera de La Luna, pero se limitó a irse al otro extremo de la barra y dedicarse a sacar brillo a los vasos.

—En realidad —dijo Bat, que era incapaz de mantenerse al margen de nada—, no la servimos porque lo cierto es que es una porquería de cerveza.

El muchacho volvió su reluciente mirada hacia Bat, y sonrió encantado. La mayoría de las personas no sonreían encantadas cuando Bat las miraba con aquella mirada especial suya: Bat medía metro noventa y ocho y tenía una gruesa cicatriz que le desfiguraba la mitad del rostro, allí donde el polvo de plata le había quemado la carne. Bat no era uno de los que se quedaban a pasar la noche con la manada que vivía en la comisaría y dormía en las viejas celdas. Tenía su propio apartamento, incluso un empleo. Había sido un novio bastante bueno, hasta el momento en que había plantado a Maia por una bruja pelirroja llamada Eve, que vivía en Yonkers y tenía una tienda de quiromancia en su propio garaje.

—¿Y tú qué estás bebiendo? —inquirió el muchacho, acercando tanto el rostro a Bat que fue como un insulto—. ¿Un cóctel Luna Llena... bueno, lo que os gusta a todos?

—Te crees que eres muy gracioso. —El resto de la manada se inclinaba para escucharlos, listos para respaldar a Bat si éste decidía partirle la cara al odioso crío de un puñetazo—, ¿no es cierto?

—Bat —dijo Maia. Se preguntó si ella era el único miembro de la manada que dudaba de la capacidad de Bat para partirle la cara al crío de un puñetazo. No es que dudara de Bat, pero había algo en los ojos del muchacho que la inquietaba—. Déjalo.

Bat no le hizo el menor caso.

—Contesta.

—¿Quién soy yo para negar lo evidente? —Los ojos del muchacho resbalaron sobre Maia como si fuese invisible y regresaron a Bat—. ¿Supongo que no te gustaría contarme que le pasó a tu cara? Parece...

Entonces le dijo algo a Bat en una voz tan baja que Maia no lo oyó. Lo siguiente que ésta vio fue que Bat le lanzaba al muchacho un puñetazo que le habría hecho pedazos la mandíbula, sólo que el chico ya no estaba allí. Estaba de pie a un buen metro y medio de distancia, riendo, mientras el puño de Bat alcanzaba su abandonado vaso y lo enviaba volando por la barra hasta chocar contra la pared del fondo, donde cayó una lluvia de fragmentos de cristal.

Antes de que Maia pudiera pestañear siquiera, Freaky Pete ya había salido de la barra y tenía el enorme puño cerrado sobre la camisa de Bat.

—Ya es suficiente —dijo Pete—. Bat, ¿por qué no das un paseo para tranquilizarte?

Bat se retorció para soltarse de Pete.

—¿Dar un paseo? Has oído...

—Sí. —La voz de Pete era queda—. Es un cazador de sombras. Sal a tranquilizarte, cachorro.

Bat lanzó una palabrota y se apartó bruscamente del camarero. Se fue a grandes zancadas hacia la salida, con los hombros agarrotados por la ira. La puerta se cerró ruidosamente a su espalda.

El muchacho había dejado de sonreír y observaba a Freaky Pete con una especie de oscuro resentimiento, como si el camarero se hubiese llevado el juguete con el que él tenía intención de jugar.

—Eso no era necesario —dijo—, puedo cuidarme solo.

Pete contempló al cazador de sombras.

—Es mi bar lo que me preocupa —repuso por fin—. Tal vez sería conveniente que te fueras con tus asuntos a otro lugar, cazador de sombras, si no quieres tener problemas.

—No dije que no quisiera tener problemas. —El muchacho volvió a sentarse en el taburete—. Además, no he acabado mi copa.

Maia echó una ojeada detrás de ella, donde la pared del bar estaba empapada de alcohol.

—A mí me parece que sí —dijo ella.

Por un segundo, el muchacho se quedó simplemente inexpresivo; luego una curiosa chispa de diversión iluminó sus ojos dorados. En ese momento, se parecía tanto a Daniel que Maia quiso echarse hacia atrás.

Pete le puso otro vaso de líquido ambarino sobre la barra antes de que el muchacho pudiera responder.

—Aquí tienes —dijo. Sus ojos se clavaron en Maia, censurándola.

—Pete... —empezó a decir.

No llegó a terminar. La puerta del bar se abrió de golpe, y Bat apareció en la entrada. Maia necesitó un momento para darse cuenta de que la pechera de su camisa y las mangas estaban empapadas de sangre.

Se bajó del taburete y corrió hacia él.

—¡Bat! ¿Estás herido?

El rostro del hombre estaba gris, y la plateada cicatriz le resaltaba en la mejilla igual que un pedazo de alambre retorcido.

—Un ataque —respondió Bat—. Hay un cuerpo en el callejón. Un chaval muerto. Hay sangre... por todas partes. —Sacudió la cabeza y bajó los ojos para mirarse—. No es mi sangre. Estoy bien.

—¿Un cuerpo? Pero quién...

La respuesta de Bat quedó ahogada en la conmoción. Los asientos quedaron vacíos mientras la manada marchaba en tropel hacia la puerta. Pete salió de detrás de la barra y se abrió paso a través del gentío. Únicamente el muchacho cazador de sombras permaneció donde estaba, con la cabeza inclinada sobre su bebida.

A través de la gente amontonada alrededor de la puerta, Maia pudo ver fugazmente el pavimento gris del callejón, salpicado de sangre. Estaba todavía húmeda y se había escurrido entre las grietas del pavimento como los zarcillos de una planta roja.

—¿La garganta cortada? —decía Pete a Bat, que había recuperado el color—. Cómo...

—Había alguien en el callejón. Alguien arrodillado sobre él —explicó Bat con voz tensa—. No como una persona... como una sombra. Salieron huyendo al verme. Él estaba todavía vivo. Moribundo. Me incliné sobre él, pero... —Se encogió de hombros; fue un movimiento espontáneo, pero las venas del cuello le sobresalían como gruesas raíces envolviendo el tronco de un árbol—. Murió sin decir nada.

—Vampiros —exclamó una hembra rolliza de licántropo llamada Amabel que estaba junto a la puerta—. Los Hijos de la Noche. No puede haber sido otra cosa.

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