Gene Wolfe - La Garra del Conciliador

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La Garra del Conciliador: краткое содержание, описание и аннотация

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Este segundo libro nos continua mostrando el mundo del Sol Nuevo, poco a poco, a medida que Severian va tomando contacto con él. Aprendemos alguna cosa nueva, sobre todo en lo que respecta a clases sociales y al Autarca, pero todavia no queda muy claro nada. Está claro que para descubrir lo que hay realmente, la autentica realidad que vive Severian, hay que leer toda la saga descubriendo sus secretos poco a poco. El hecho de que Severian nos esté contando sus recuerdos ya es una pista, y empieza a vislumbrarse en qué se convertirá Severian pues entre los recuerdos de su pasado, deja entrever algo de su presente.

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Extendió la mano hacia mí, y en el mismo instante oí la voz angustiada de Dorcas que pedía ayuda.

Me volví y corrí hacia ella. Y creo que si la ondina hubiera esperado, yo podría haber vuelto. Pero no lo hizo. El propio río pareció alzarse desde su lecho rugiendo como una rompiente marina. Fue como si me hubieran lanzado un lago a la cabeza, que me golpeó como una piedra y me barrió como un palo. Un momento más tarde, cuando se retiró, me encontré muy arriba del banco, empapado, magullado y sin espada. Cincuenta pasos más lejos, la ondina levantó la mitad de su cuerpo blanco por encima del río. Sin el apoyo del agua la carne le colgaba pesadamente sobre los huesos, como si fuera a quebrarlos, y el lacio cabello le colgaba hasta la arena empapada. Mientras yo estaba mirando, un agua mezclada con sangre le brotó de la nariz.

Huí, y cuando llegué a donde estaba Dorcas junto al fuego, la ondina había desaparecido dejando un remolino de cieno que oscurecía el río por debajo del banco de arena.

El rostro de Dorcas estaba casi blanco.

—¿Qué fue eso? —susurró—. ¿Dónde estuviste?

—¿Así que llegaste a verla? Temía que…

—¡Qué horrible! —Dorcas se había arrojado en mis brazos, apretándose contra mí.— Horrible.

—No fue por eso por lo que gritaste, ¿verdad? No pudiste haberla visto desde aquí, a menos que surgiera de la laguna.

Dorcas señaló en silencio hacia el lado más apartado de la hoguera, y vi que el suelo donde yacía Jolenta estaba empapado de sangre.

Tenía dos finos cortes en la muñeca izquierda, largos como mi pulgar; y aunque los toqué con la Garra, parecía que la sangre no llegaba a coagularse. Cuando hubimos empapado varias vendas, sacadas de la poca ropa que tenía Dorcas, herví hilo y aguja en un pequeño recipiente y le cerré la herida cosiéndole los bordes. Mientras tanto, Jolenta parecía apenas consciente; de cuando en cuando abría los ojos, pero volvía a cerrarlos casi en seguida sin dar señales de reconocer a nadie. Sólo habló una vez, diciendo: «Ya ves que aquel a quien tienes por tu divinidad apoyaría y aconsejaría cuanto te he propuesto. Volvamos a empezar antes de que el Sol Nuevo se levante». Entonces no reconocí que se trataba de una de sus intervenciones en la obra.

Cuando la herida dejó de sangrar, y trasladamos a Jolenta a suelo limpio y la lavamos, regresé al sitio donde me habían alcanzado las aguas, y tras buscar durante un rato descubrí a Terminus Est, de la que sólo el pomo y dos dedos de la empuñadura sobresalían de la arena mojada.

Limpié y engrasé la hoja, y Dorcas y yo discutimos sobre lo que debíamos hacer. Le conté mi sueño y le hablé de la noche de antes de conocer a Calveros y al doctor Talos; también le conté que oí la voz de la ondina mientras ella y Jolenta dormían y lo que la ondina me había dicho.

—¿Crees que aún se encuentra allí? Estuviste allí cuando encontraste tu espada. ¿La habrías visto a través del agua si hubiera estado cerca del fondo?

Meneé la cabeza.

—No creo que esté allí. De algún modo se hizo daño cuando trató de dejar el río para detenerme, y no creo que se quedara allí mucho tiempo en aguas más bajas que las del Gyoll, al sol de un día despejado. Tenía la piel demasiado pálida. Pero no, si ella hubiera estado allí no creo que la hubiera visto, pues el agua estaba muy turbia.

Dorcas, que nunca tuvo un aspecto más encantador que en este momento, sentada en el suelo con el mentón apoyado sobre la rodilla, estuvo callada un rato, y pareció contemplarlas nubes del levante, teñidas de cereza y fuego por la esperanza misteriosa y eterna de la aurora. Al fin dijo: —Tuvo que haberte deseado mucho.

—¿Para salir del agua de esa manera? Creo que vivió en tierra antes de haberse hecho tan enorme, y por un momento al menos olvidó que ya no podía hacerlo.

—Pero antes remontó las sucias aguas del Gyoll y subió nadando por este pequeño y estrecho riachuelo. Sin duda esperó alcanzarte mientras cruzábamos, pero vio que no podía llegar más arriba del banco de arena, y entonces te llamó. En resumidas cuentas, no puede haber sido un viaje agradable para quien acostumbra a nadar entre los astros.

—¿Así pues, crees en ella?

—Cuando estuve con el doctor Talos y tú faltabas, él y Jolenta solían decirme lo inocente que yo era creyendo a aquellos con quienes tropezábamos, y las cosas que decía Calveros, y también lo que decían ellos mismos. Es igual, creo que aun las gentes que llamamos mentirosas dicen muchas más verdades que mentiras. ¡Es mucho más fácil! Si esa historia de salvarte no fuera verdad, ¿por qué contarla? Te asustaría cuando la recordases. Y si ella no nada entre los astros, de nada vale decirlo. Pero veo que hay algo que te preocupa. ¿Qué es?

No quería describir en detalle mi encuentro con el Autarca, de manera que dije: —No hace mucho vi en un libro el dibujo de una criatura que habita en el abismo. Tenía alas. Pero no alas como las de las aves, sino planos, enormes y continuos, de material delgado, pigmentado. Alas que podía batir contra la luz de las estrellas.

Dorcas se mostró interesada.

—¿Está en tu libro marrón?

—No, en otro libro. No lo tengo aquí.

—Es lo mismo, eso me recuerda que íbamos a ver lo que dice del Conciliador tu libro marrón. ¿Lo tienes todavía?

—Sí. —Lo saqué. Se había mojado, de manera que lo abrí y lo puse donde el sol pudiera dar en las páginas, y las brisas que surgieron cuando la cara de Urth volvió a mirar la cara del sol, quisieron jugar con ellas. Luego, las páginas pasaron suavemente mientras hablábamos, de manera que los dibujos de hombres, mujeres y monstruos atrajeron mi mirada, y así quedaron grabados en mi mente, de modo que aún siguen allí. Y a veces también frases e incluso pasajes breves, que brillaban y se apagaban según la luz atrapada, y liberaba luego el brillo de la tinta metálica: «¡Guerreros sin alma!», «amarillo lúcido», «por ahogamiento». Más tarde: «Estos tiempos son los tiempos antiguos, cuando el mundo es antiguo». Y: «El infierno no tiene límites ni está circunscrito; pues donde nosotros estamos está el Infierno, y donde el Infierno está, allí hemos de estar nosotros».

—¿Quieres leerlo ya? —preguntó Dorcas.

—No. Quiero oír lo que le pasó a Jolenta.

—No lo sé. Yo estaba durmiendo y soñando con… con lo de siempre. Entraba en una tienda de juguetes. Había estantes con muñecas a lo largo de la pared, y un pozo en el centro del piso, con muñecas sentadas en el borde. Recuerdo haber pensado que mi bebé era demasiado pequeño para muñecas; pero como eran muy bonitas y yo no había tenido ninguna desde niña, decidí que compraría una y la guardaría para el bebé, y mientras tanto podría sacarla algunas veces para mirarla y quizá ponerla de pie delante del espejo de mi cuarto. Señalé la más hermosa. Estaba sentada en el borde del pozo, y cuando el tendero la agarró para dármela, vi que era Jolenta, y se le escurrió de las manos. La vi caer muy abajo, hacia el agua negra. Entonces desperté. Naturalmente, miré para ver si ella estaba bien…

—¿Y viste que sangraba?

Dorcas asintió, y el pelo dorado le relució a la luz.

—Así que te llamé dos veces, y entonces te vi abajo en el banco de arena, y a esa cosa que salía del agua hacia ti.

—No hay motivo para que te pongas tan pálida. Jolenta fue mordida por un animal. No tengo idea de qué clase, pero a juzgar por la mordedura era uno muy pequeño, y no más temible que cualquier otro animalito de disposición hostil y dientes afilados.

—Severian, recuerdo haber oído que más al norte había murciélagos de sangre. Cuando era niña, alguien se entretenía en asustarme hablándome de ellos. Y cuando fui mayor, una vez un murciélago entró en la casa. Alguien lo mató, y yo le pregunté a mi padre si era un murciélago de sangre, y si realmente existían esas cosas. Dijo que existían, pero que vivían en el norte, en los bosques vaporosos del centro del mundo. Mordían por la noche a la gente dormida y a los animales que estaban paciendo, y tenían una saliva tan venenosa que las heridas de las mordeduras nunca dejaban de sangrar.

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