Gene Wolfe - La Garra del Conciliador

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La Garra del Conciliador: краткое содержание, описание и аннотация

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Este segundo libro nos continua mostrando el mundo del Sol Nuevo, poco a poco, a medida que Severian va tomando contacto con él. Aprendemos alguna cosa nueva, sobre todo en lo que respecta a clases sociales y al Autarca, pero todavia no queda muy claro nada. Está claro que para descubrir lo que hay realmente, la autentica realidad que vive Severian, hay que leer toda la saga descubriendo sus secretos poco a poco. El hecho de que Severian nos esté contando sus recuerdos ya es una pista, y empieza a vislumbrarse en qué se convertirá Severian pues entre los recuerdos de su pasado, deja entrever algo de su presente.

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Ya habíamos partido un buen número de leños, cuando recordé que no llevaba mi hierro acerado, pues se lo había dejado al Autarca que, estaba seguro, tenía que haber sido también el «alto servidor» que había llenado de crisos las manos del doctor Talos. Pero Dorcas contaba en su escaso equipaje con pedernal, eslabón y yesca, y pronto nos reconfortó el calor de una hoguera rugiente. Jolenta tenía miedo de las fieras, aunque me esforcé por explicarle que era muy improbable que los soldados permitieran que unas bestias peligrosas vivieran en un bosque que llegaba hasta los jardines de la Casa Absoluta. Para tranquilizarla quemamos tres teas gruesas por uno de sus extremos, para en caso de necesidad sacarlas del fuego y amenazar a las criaturas que ella temía.

No apareció ningún animal, nuestra hoguera alejó los mosquitos y nos tumbamos de espaldas y miramos las chispas que subían al cielo. Mucho más arriba, las luces de los objetos voladores pasaban de aquí para allá, llenando el cielo por un momento o dos de una falsa aurora fantasmal mientras los ministros y generales del Autarca volvían a la Casa Absoluta o continuaban su camino hacia la guerra. Dorcas y yo nos preguntábamos qué pensarían cuando, por un breve instante mientras se alejaban, miraran hacia abajo y vieran nuestra estrella escarlata; y convinimos en que así como nosotros nos preguntábamos quiénes eran ellos, también ellos se preguntarían quiénes éramos nosotros, a dónde íbamos y por qué. Dorcas me cantó una canción, una canción de una muchacha que camina entre la arboleda en primavera, y echa de menos a sus amigas del año anterior, las hojas muertas.

Jolenta estaba tendida entre la hoguera y el agua, quizá porque allí se sentía más segura. Dorcas y yo estábamos al otro lado del fuego, no sólo porque queríamos ocultarnos de ella todo lo posible, sino porque Dorcas, según me dijo, aborrecía la contemplación y el sonido de la fría y oscura corriente.

—Es como un gusano —dijo—. Una enorme serpiente de ébano que ahora no tiene hambre, pero sabe que estamos aquí y nos comerá poco a poco. ¿No tienes miedo de las serpientes, Severian?

Thecla sí lo tenía; sentí la sombra de su temor que se estremecía cuando oí la pregunta y asentí con la cabeza.

—He oído que en los cálidos bosques del norte el Autarca de Todas las Serpientes es Uroboros, el hermano de Abaia, y que los cazadores que descubren su guarida creen que han encontrado un túnel bajo el mar, y descendiendo por él entran en la boca de Uroboros, y sin darme cuenta bajan por la garganta, de manera que están muertos cuando todavía se creen vivos; aunque hay otros que dicen que Uroboros no es más que el gran río que allí fluye hacia sus propias fuentes, o el mar mismo, que devora sus propios comienzos.

Dorcas se me arrimó mientras contaba todo esto y yo la rodeé con el brazo, sabiendo que quería que le hiciera el amor, aunque no estábamos seguros de que Jolenta durmiera al otro lado de la hoguera. De hecho, de cuando en cuando se movía, y a causa de las caderas amplias, la cintura estrecha y las ondas del cabello, parecía retorcerse como una serpiente. Dorcas levantó la cara, pequeña y trágicamente limpia; yo la besé y la sentí apretarse contra mí, temblando de deseo.

—Tengo frío —susurró.

Estaba desnuda, aunque yo no había notado que se desvistiera. Cuando le eché mi capa alrededor, le sentí la piel acalorada —como lo estaba la mía— por la irradiación del fuego. Deslizó las manitas bajo mi ropa, acariciándome.

—Qué bueno —dijo—. Qué suave. —Y en seguida (aunque ya habíamos copulado en otra ocasión). ¿No seré demasiado pequeña? —como una chiquilla.

Cuando desperté, la luna (apenas podía creer que fuera la misma luna que me había guiado por los jardines de la Casa Absoluta) casi había sido sobrepasada por el horizonte ascendente. La luz de berilo corría río abajo, dando a cada rizo de agua la sombra negra de una ola.

Me sentí inquieto sin saber por qué. El miedo de Jolenta por las fieras ya no me parecía tan estúpido. Me levanté, y después de comprobar que Dorcas y ella dormían en paz, busqué más leña para nuestro fuego moribundo. Me acordé de los nótulos, que según Jonas eran enviados fuera por la noche, y de la cosa de la antecámara. Sobre nosotros planeaban aves nocturnas, no sólo búhos como los muchos que anidaban en las ruinosas torres de la Ciudadela, aves de cabezas redondas y alas cortas, anchas y silenciosas, sino aves de otras clases, con colas de dos y tres horquillas, aves que descendían para peinar el agua y gorjeaban durante el vuelo. De vez en cuando unas mariposas nocturnas mucho más grandes que cualquiera de las que yo hubiese visto, pasaban de tres en tres. Las alas con figuras eran tan largas como los brazos de un hombre, y hablaban entre ellas como los hombres, pero con voces casi inaudibles, demasiado altas.

Removí el fuego, comprobé que mi espada estaba allí, y durante un rato estuve mirando el rostro inocente de Dorcas con sus grandes y tiernas pestañas cerradas por el sueño; después me volví a tumbar para observar las aves que viajaban entre constelaciones y penetrar en ese mundo de la memoria que, por dulce o amargo que pueda ser, nunca me está completamente cerrado.

Traté de recordar aquella celebración del día de la Sacra Katharine, al año siguiente de convertirme en capitán de aprendices; pero los preparativos de la fiesta acababan de comenzar apenas cuando otras memorias irrumpieron de rondón. Me encontraba en nuestra cocina llevándome a los labios una copa de vino robado, y descubrí que se había convertido en un pecho del que brotaba una leche cálida. Así pues, era el pecho de mi madre, y apenas pude contener el regocijo (que podía haber borrado esa memoria) de haber conseguido al fin remontarme hasta ella, después de tantos intentos infructuosos. Traté de abrazarla, y si hubiera podido, habría levantado mis ojos para mirarla a la cara. Sin duda era mi madre, pues los niños que recogen los torturadores no conocen ningún pecho. Y entonces, la mancha gris en el límite de mi campo de visión era el metal del muro de su celda. Pronto se la llevarían y ella gritaría en el Aparato o en el Collar Permisivo. Traté de retenerla, de marcar el momento de manera que yo pudiera regresar a él cuando quisiera; ella se desvaneció mientras yo intentaba sujetarla, disolviéndose como la niebla cuando se levanta el viento.

De nuevo era niño… niña… Thecla. Estaba en una magnífica sala cuyas ventanas eran espejos, espejos que a la vez iluminaban y reflejaban. A mi alrededor había hermosas mujeres, dos veces más altas que yo, en diversos grados de desnudez. El aire era de una espesa fragancia. Buscaba a alguien, pero al mirar los rostros pintados de las altas mujeres, hermosos y realmente perfectos, empecé a dudar si la reconocería. Las lágrimas me resbalaron por la cara. Tres mujeres corrieron hacia mí y miré a una y después otra. Los ojos de ellas se encogieron entonces hasta convertirse en puntos de luz, y una mancha en forma de corazón junto a los labios de la más próxima extendió unas alas de quiróptero.

—Severian.

Me incorporé sentándome, desconociendo en qué punto la memoria había dado paso al sueño. La voz era dulce, pero muy profunda, y aunque yo estaba seguro de haberla oído antes, no recordé en seguida dónde. La luna ya casi estaba detrás del horizonte occidental, y nuestra hoguera moría por segunda vez. Dorcas había echado a un lado las mantas raídas y dormía exponiendo un cuerpo de hada al aire de la noche. Viéndola así, con la piel aún más pálida a la menguante luz de la luna, excepto donde enrojecía al relumbre de las ascuas, sentí un deseo como jamás había conocido, ni cuando había apretado a Agia contra mí en los Peldaños de Adamnian, ni cuando viera a Jolenta por primera vez en el escenario del doctor Talos, y ni siquiera en las innumerables ocasiones en que me apresuraba a visitar a Thecla. Pero no era Dorcas a quien yo deseaba; hacía poco que la había gozado, y aunque creía plenamente que ella me quería, no estaba seguro de que se me hubiera entregado tan prestamente de no haber tenido sospechas más que fundadas de que yo había penetrado a Jolenta la tarde antes de la representación, y de no haber creído que Jolenta nos observaba al otro lado de la hoguera.

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