Gene Wolfe - La Garra del Conciliador

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La Garra del Conciliador: краткое содержание, описание и аннотация

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Este segundo libro nos continua mostrando el mundo del Sol Nuevo, poco a poco, a medida que Severian va tomando contacto con él. Aprendemos alguna cosa nueva, sobre todo en lo que respecta a clases sociales y al Autarca, pero todavia no queda muy claro nada. Está claro que para descubrir lo que hay realmente, la autentica realidad que vive Severian, hay que leer toda la saga descubriendo sus secretos poco a poco. El hecho de que Severian nos esté contando sus recuerdos ya es una pista, y empieza a vislumbrarse en qué se convertirá Severian pues entre los recuerdos de su pasado, deja entrever algo de su presente.

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Ni tampoco deseaba a Jolenta, que estaba echada de costado y roncaba. Deseaba a las dos, y a Thecla, y a la meretriz sin nombre que había fingido ser Thecla en la Casa Azur, y a su amiga que había hecho de Thea y a quien había visto en la escalera de la Casa Absoluta. Y Agia, Valeria, Morwenna y mil más. Me acordé de las brujas, de su locura y de su danza frenética en el Patio Viejo las noches de lluvia; de la belleza fría y virginal de las Peregrinas de túnica roja.

—Severian.

No era un sueño. Unas aves adormiladas, posadas en las ramas de los árboles a orillas del bosque, se estremecieron con la voz. Desenvainé Terminus Est y dejé que la hoja reflejara la fría luz del amanecer, de modo que aquel que había pronunciado mi nombre supiera que yo estaba armado.

Todo volvió a quedar en silencio, un silencio que ahora era más profundo que en todo el resto de la noche. Esperé, volviendo la cabeza lentamente para tratar de localizar a quien me había llamado, aunque sin duda habría sido mejor mostrar que yo ya sabía de dónde venía la voz. Dorcas se movió y gimió, pero ni ella ni Jolenta despertaron; no había otro sonido que el crepitar del fuego, el viento del amanecer entre las hojas, y el chapoteo del agua.

—¿Dónde estás? —musité, pero nadie respondió. Brincó un pez con un chapoteo plateado, y el silencio volvió otra vez.

—Severian.

Aunque profunda, era una voz de mujer, palpitando de pasión, húmeda de necesidad; me acordé de Agia y no enfundé la espada.

—En el banco de arena…

Aunque temía que no era más que una treta para que volviera la espalda a los árboles, recorrí el río con la mirada hasta que la vi, a unos doscientos pasos de nuestra hoguera.

—Ven a mí.

No era una treta, o al menos no la que temiera al principio. La voz venía de río abajo.

—Ven. Por favor. No te oigo donde estás.

—No he hablado —dije, pero no hubo respuesta. Esperé, pues me resistía a abandonar a Jolenta y Dorcas.

—Por favor. Cuando el sol llegue a estas aguas, tendré que irme. Tal vez no haya otra ocasión.

El riachuelo era más ancho en el banco de arena que aguas abajo o aguas arriba, y yo podía caminar sobre la arena, a pie enjuto, casi hasta el centro. A mi izquierda el agua verdosa se estrechaba y se hacía gradualmente más profunda. A mi derecha había una laguna profunda de unos veinte pasos de ancho, desde el que el agua fluía rápida pero suavemente. Me quedé de pie en la arena blandiendo Terminus Esi con ambas manos y la punta cuadrada enterrada entre mis pies.

—Aquí estoy —dije—. ¿Dónde estás tú? ¿Me oyes ahora?

Como si el mismo río respondiera, tres peces saltaron a la vez, después volvieron a saltar en una sucesión de blandas explosiones sobre la superficie del agua. Un mocasín de dorso marrón marcado con dibujos dorados y negros de anillos eslabonados, se deslizó casi hasta mi bota, se volvió como para amenazar a los peces que saltaban, silbó, y después se adentró en el vado por la parte superior de la barra y se alejó nadando con grandes ondulaciones. Tenía el cuerpo tan grueso como mi antebrazo.

—No tengas miedo. Mira. Contémplame. Entiende que no te haré daño.

Aunque el agua había sido verde, se puso más verde aún. Mil tentáculos de jade serpenteaban allí sin llegar a romper la superficie. Mientras miraba, demasiado fascinado para tener miedo, un disco blanco de tres pasos de anchura apareció entre ellos, subiendo lentamente.

Hasta que estuvo a unos pocos palmos de la superficie no comprendí lo que era, y aun entonces sólo porque abrió los ojos. Una cara me miraba a través del agua, la cara de una mujer que podría haber jugado con el cuerpo de Calveros como un juguete. Los ojos eran de color escarlata y los labios carnosos eran de un carmesí tan oscuro que al principio no creí en absoluto que fueran labios. Detrás de ellos había un ejército de dientes puntiagudos; los verdes zarcillos que le enmarcaban la cara eran su cabello flotante.

—He venido por ti, Severian —dijo ella—. No, no estás soñando.

XXVIII — La odalisca de Abaia

—Una vez soñé contigo —dije—. Yo alcanzaba a verle en el agua el cuerpo desnudo, inmenso y reluciente.

—Estuvimos vigilando al gigante, y así te encontramos. Por desgracia, te perdimos de vista demasiado pronto, cuando te separaste de él. Entonces creías que eras odiado, y no sabías lo mucho que te amábamos. Los mares de todo el mundo se estremecieron con nuestras lamentaciones por ti, y las olas lloraron lágrimas de sal y se arrojaron desesperadas contra las rocas.

—¿Y qué quieres de mí?

—Sólo tu amor. Sólo tu amor.

Mientras hablaba, su mano derecha salió a la superficie y flotó allí, como una balsa de cinco troncos. Aquí estaba realmente la mano del ogro, y en la punta de un dedo guardaba el mapa de sus dominios.

—¿No soy hermosa? ¿Dónde has contemplado una piel más clara que la mía y unos labios más rojos?

—Tu aspecto es impresionante —dije de veras—. ¿Pero puedo preguntarte por qué vigilabas a Calveros cuando me encontré con él? ¿Y por qué no me observabas a mí, aunque parece que lo deseabas?

—Vigilábamos al gigante porque crece. En eso es como nosotros y como nuestro padre-marido, Abaia. Acabará viniendo al agua, cuando la tierra ya no pueda sostenerlo. Pero tú has de venir ya, si quieres. Respirarás (por un don nuestro) con tanta facilidad como respiras el fino y débil viento de aquí, y siempre que lo desees regresarás a tierra y ceñirás tu corona. Este río Cephissus fluye hacia el Gyoll, y el Gyoll hacia el pacífico mar. Allí podrás montar sobre delnes y viajar por campos de corales y perlas barridos por la corriente. Mis hermanas y yo te enseñaremos las antiguas ciudades olvidadas, donde crecieron atrapadas cien generaciones de tu especie y murieron cuando arriba vosotros las olvidasteis.

—No tengo corona alguna que ceñir —dije—. Me confundes con algún otro.

—Todos nosotros seremos tuyos allí, en los parques rojos y blancos donde descansa el león marino.

Mientras la ondina hablaba, elevó lentamente la barbilla, dejando que la cabeza le cayera hacia atrás hasta que la totalidad del plano del rostro estuvo a una misma profundidad, apenas sumergido. Le siguió la garganta blanquecina, y unos pechos con pezones carmesí rompieron la superficie del agua, y unas olas pequeñas le acariciaron los costados. En el agua estallaron mil burbujas. Al cabo de unas cuantas respiraciones ella quedó tendida todo a lo largo sobre la corriente, al menos cuarenta codos desde los pies de alabastro hasta el cabello en ondas.

Tal vez nadie que lea esto comprenda cómo me pude sentir atraído por algo tan monstruoso. Sin embargo, así como quien se está ahogando tiene necesidad de aire, yo quería creerla, huir con ella. Si me hubiera fiado completamente de lo que ella prometía, me hubiese zambullido en el pozo en ese momento, olvidando todo lo demás.

—Tienes una corona, aunque todavía lo desconozcas. ¿Crees que nosotros, que nadamos en tantas aguas, incluso entre las estrellas, estamos confinados a un único instante? Hemos visto lo que llegarás a ser y lo que has sido. Apenas ayer yacías en el hueco de la palma de mi mano, y te levanté por encima de la aglomeración de algas para evitar que murieras en el Gyoll, salvándote para este momento.

—Dame el poder de respirar en el agua —dije— y déjame probarlo en el otro lado del banco de arena. Si veo que me has dicho la verdad, iré contigo.

Vi cómo se le separaban los enormes labios. No puedo decir cómo habló de alto desde el río para que yo pudiera oírla donde estaba, en el aire; pero los peces volvieron a saltar con sus palabras.

—Eso no se hace así como así Has de venir conmigo, confiado, aunque sea sólo un momento. Ven.

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