Maite Carranza - El Desierto De Hielo
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– Ha sido una ilusión, un truco que aprendí de niña -insistí una y otra vez.
Sin embargo Carla palpó con desconfianza las pinceladas de lluvia, aún calientes, y comprobó con estupor que la temperatura de la sala había subido hasta veinticinco grados. Maldito cientifismo.
– No ha sido un truco, ha sido real. Has desatado una fuente de energía lumínica y calórica.
Por suerte Meritxell estaba fascinada.
– Ha sido precioso, tenemos que repetirlo. ¿Cómo lo has hecho?
Carla incorporó un retintín desconfiado a su tono de voz:
– Eso, ¿cómo lo has hecho?
Fui incapaz de inventar una excusa convincente y farfullé alguna incoherencia. Comenzaba a darme cuenta de que había jugado con fuego. Nunca mejor dicho.
Esa misma noche se presentó Deméter en casa.
Mis amigas no conocían a Deméter. Ése era el trato. Nos citábamos a solas y no interfería en mi vida siempre y cuando yo no pusiese en peligro a la comunidad. Ella respetó su pacto hasta que yo lo rompí.
Carla y Meritxell no daban crédito. Si yo les había resultado curiosa, Deméter las dejó sin aliento. Tendrías que haber conocido a tu abuela entonces. Había una sola palabra que la definía: «imponente». Deméter era alta, pero su altura era lo de menos. Imponían la fiereza de sus ojos grises, el peso de su cabello rubio ceniza que llevaba trenzado hasta la cintura, el movimiento envolvente de sus manos y el tono firme y autoritario de su voz. Aunque llegué a sobrepasarla unos centímetros en altura, siempre me sentí pequeña a su lado. Era un sentimiento de impotencia, de debilidad. Deméter era muy fuerte.
Se presentó en mi piso sin avisar y en cuanto la vi supe que llegaba dispuesta a llevarme con ella. No tenía ni idea de cómo demonios se había enterado de mi imprudencia, pero por algo era una bruja.
Y supe también que, esa vez, no se saldría con la suya.
Deméter, mi madre, husmeó la habitación como una verdadera loba. Buscaba la presencia, por remota que fuese, de alguna bruja Odish. Por fin se sentó frente a mí, cara a cara.
– No había ninguna necesidad, Selene.
– Ya lo sé, ya lo sé. Me he equivocado, lo siento.
– No es suficiente con decir «lo siento». El mal ya está hecho.
– No es posible que las Odish me localicen sólo por provocar un poco de calor en una sala gélida. Tía Criselda prepara los pasteles sin horno. ¿Lo sabías?
– Pero tú no eres tía Criselda. ¿Lo sabías?
Ése era el problema. Yo era especial. Yo era una niña marcada, yo había sido señalada por la pitonisa como alguien peligroso. Yo había sido atacada por una Odish al cumplir siete años y desde entonces había vivido protegida, vigilada y prisionera de todas las Omar. Estaba harta de sentirme controlada. Ansiaba la libertad, el anonimato, considerarme una mortal y basta.
– No lo haré más, te lo juro.
– Ya no puede ser, Selene. Lo has estropeado.
– Mamá, por favor… -supliqué.
Deméter era inflexible. Le había prometido no hacer ningún uso de la magia sin la supervisión de otra Omar. Vivía voluntariamente desvinculada del clan de las hormigas, que se reunían en la ciudad. Rechacé asistir a sus reuniones y convencí a Deméter de la conveniencia de permanecer de incógnito. Quería ser una chica normal que estudiaba la carrera que quería y vivía con otras chicas normales. Deméter me había apoyado con reparos. Y ahora, por una estupidez, se había acabado todo. Mi libertad había durado apenas unos meses. Deméter daba marcha atrás y pretendía que volviese a ser una bruja vinculada a la comunidad, dedicada en cuerpo y alma al clan, pendiente de la tribu, de los sabaths y los esbaths, de las rencillas entre las matriarcas y de las persecuciones de las Odish.
– Vendrás conmigo la noche de Imbolc. Nos reunimos en Cadaqués.
Y sentí que se me hundía el mundo bajo los pies. Deméter me ordenaba que renunciase a lo único que me ilusionaba en aquellos momentos.
– No puedo, es la fiesta de Carnaval.
– Ya es hora de que participes en un sabath de fraternidad.
Conocía los relatos maravillosos del sabath de fraternidad de las lupercales que se celebraban en las escarpadas costas del cabo de Creus. Hasta allí, en un promontorio barrido por el frío viento del Norte, la Tramontana, y batido por la espuma de las olas, volaban brujas del clan de la loba, la paloma, el águila, la hormiga, la salamandra y la carpa. Deméter, que además de mi madre era la gran matriarca de la Península, estaba en pugna con la matriarca gala del clan del águila y quizás en ese sabath se dirimiría el liderazgo de la tribu. No me importaba. Durante muchos años había soportado sus rencillas y sus peleas y estaba harta de sus historias. Me importaban un bledo.
Me levanté y la reté.
– No iré. Ya he cosido mi disfraz.
– ¿Qué disfraz?
– Mi disfraz…
A lo mejor me tembló la voz; seguramente dije la palabra «disfraz» con miedo, porque inmediatamente recordé el sacrilegio que había cometido disfrazándome de la diosa y se me ocurrió que tal vez su influjo maligno había levantado mi mano para que efectuase el embrujo. Esperé en vano que Deméter no se diese cuenta de mi apuro. Pero Deméter era una bruja y no era cualquier bruja. Deméter podía interpretar mis angustias y leer mi azoramiento.
Enseguida lo supo. Buscó el disfraz hasta dar con él y, sorprendentemente, al tomarlo en sus manos no se mostró airada ni irritada. La palabra que mejor podía definir el parpadeo de sus ojos, el rictus de su boca y ese leve temblor de sus manos era «miedo». ¿Deméter estaba asustada?
En ocasiones las hijas creemos que las madres son infalibles, que no se arredran por nada, que no sienten miedo ante nadie. Cuando vi que Deméter temía a la diosa, me crecí. Fueron unos instantes, pero fueron suficientes.
– ¿Cómo ha ocurrido, Selene?
– ¿El qué?
– ¿De dónde te ha surgido la idea de vestirte como Baalat?
Y entonces descubrí que no temía a la diosa, ya que se atrevía a pronunciar su primer nombre; lo que temía era que yo hubiese caído bajo el influjo de su poder.
– No creo en ella. Por eso lo he hecho.
Deméter se derrumbó.
– Sabes su historia. Sabes que Baalat, la gran Odish de Biblos, reinaba entre los antiguos fenicios y exigía sacrificios humanos.
– Lo sé.
– Y que era en realidad la cara de Baal, el dios carnicero sin voluntad que ella suplantó.
– Lo sé.
– Y que fue conocida como la Gran Hechicera, puesto que su belleza era comparable a la de Venus y Afrodita.
Lo sabía, claro que lo sabía, no había oído otra cosa desde que era una niña.
– Conozco su leyenda. Sé que enloquecía a los hombres y los alejaba de sus esposas. Que provocaba el hambre, marchitaba las plantas y traía consigo la muerte. Que invocaba a los muertos. Que fue el azote de las brujas Omar. La que más doncellas Omar degolló antes que la Condesa Erzebeth. La que más bebés Omar devoró, la que destruyó al clan de las ciervas, las jirafas y las escorpiones.
– No es ninguna leyenda. ¿Por qué la provocas convocándola?
– Porque no me da miedo. No creo en Astarté.
Y entonces Deméter perdió los estribos y me cruzó la cara con un sonoro bofetón.
– ¿Cómo te atreves tú a pronunciar uno de sus nombres?
Se me encendió la mejilla, pero no lloré. Notaba las lágrimas calientes que pugnaban por salir y hacían que me escocieran los ojos. Pero no lloré. Yo era orgullosa y no quería que Deméter me viese llorar. Al revés. Levanté la cabeza con altanería y la reté por segunda vez:
– No iré contigo a celebrar la noche de Imbolc.
– Dame tu vara -me exigió mi madre por toda respuesta.
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