Maite Carranza - El Desierto De Hielo
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– ¿No me ocultarás nada? -insistió Anaíd.
– Nada.
– ¿Me dirás quién es mi padre?
Selene no dudó ni un instante.
– Sí.
Anaíd se llevó las manos al pecho. Nunca se había atrevido a formular esa pregunta a su madre y ahora Selene estaba dispuesta a iluminar su origen, su pasado, su propia semilla.
TODO empezó una tarde de febrero. Me acuerdo perfectamente porque hacía mucho frío y no teníamos calefacción. Vivía en Barcelona en un piso pequeño con viejos balcones de postigos de madera, olor a sofritos y carcoma en las puertas. Ninguna maravilla, pero a los diecisiete años me parecía un palacio.
Compartía el piso con Carla, Meritxell y Lola.
Carla, una estudiante de Bioquímica algo rellenita, marchosa y bastante mandona, era más aficionada a preparar comida china y a bailar salsa cubana que a estudiar combinaciones de sodio. Meritxell, una andorrana frágil y hermosa, algo lánguida, de melena pajiza y ojos color de miel, estudiaba Bellas Artes y nos decoraba los techos con estrellas fugaces fosforescentes y las paredes con chorretones de lluvia. Lola, una bolita de algodón mimosa y ronroneante, vivía a su aire en la habitación de Meritxell, su ama, sin escaparse ni alejarse nunca más allá de un radio de diez metros de su acogedora jaula siempre con lechuga verde y fresca, siempre con serrín limpio. Lola era la hámster de Meritxell y todas la malcriábamos y la consentíamos como a una niña. Era nuestra mascota.
Yo estudiaba Periodismo y contribuía a las necesidades del piso encargándome de la ambientación nocturna y de las bebidas. Tenía fascinadas a mis compañeras con mis velas, mis tisanas, mis filtros y mi estilo excéntrico. Entonces, lo reconozco, era bastante presumida y procuraba sacar partido a mis piernas largas, a mi melena rizada, jaspeada de irisaciones rojizas, y a mis ojos verdes. Me gustaba vestir con un estilo extravagante y descarado, con lo cual casi todos los chicos querían ligar conmigo, pero no se enamoraban de mí, y las chicas, en general, me rehuían y evitaban ser mis amigas. Excepto Carla y Meritxell, dos mortales maravillosas.
Por las mañanas me pasaba por la facultad, pero me distraía hasta con el vuelo de una mosca y siempre tenía una excusa para no asistir a clase. No era difícil hacer campana. Era mucho más interesante el bar atestado de estudiantes que leíamos la prensa con avidez, inventábamos reportajes imposibles y arreglábamos el mundo.
Durante esos meses me entusiasmé con tantos escándalos y concebí tantos reportajes que unos cuantos profesores, abrumados, me aseguraron con antelación que estaba archiaprobada. A lo mejor fue una medida disuasoria para que dejara de marearlos. Los compadezco. Era pesadísima y no callaba. Mi especialidad era poner al mundo boca arriba, boca abajo y zarandearlo. Y luego, con la misma pasión, me dedicaba a preparar festejos.
Fui yo, lo recuerdo muy bien, quien apuntó a Carla y Meritxell a participar en el concurso de disfraces que organizábamos los estudiantes de Periodismo la noche de la fiesta de Carnaval. Al principio se negaron las dos en redondo por motivos diferentes. Carla decía que estaba tan gorda que hundiría la pasarela y que no se le ocurría otro disfraz que el de queso de bola. Meritxell, en cambio, confesó que se moriría de vergüenza desfilando ante miles de desconocidos, que la mirarían y la harían sentir desnuda. Pero fui venciendo su resistencia, con tozudez, hasta que acabaron por ceder del todo y se animaron casi tanto como yo con la idea.
Y esa tarde de invierno de un mes de febrero, Carla, Meritxell y yo, muertas de frío, nos decidimos por fin a coger aguja e hilo y a coser nuestros disfraces para tenerlos listos antes de la semana de exámenes. Estábamos insólitamente atareadas cosiendo botones y dobladillos e hilvanando cremalleras. No teníamos dinero -nos lo habíamos gastado- y nos sobraba entusiasmo, pero se nos entumecían los dedos y cada vez que nos pinchábamos con la aguja, cosa que nos pasaba muy a menudo, aullábamos de dolor.
Estábamos las tres riéndonos por todo, con esa risa tonta que me daba a los diecisiete años cuando cosía un buñuelo y no sabía cómo demonios deshacerlo, y entonces Carla decía una sandez del estilo «parece una margarita frita» y nos reíamos tanto que se nos caían las lágrimas y nos daba el hipo.
Hasta que repararon en mi disfraz.
¿Por qué escogí ese disfraz?
Aún hoy no tengo una respuesta clara a mi pregunta. Sólo sé que ese disfraz polémico trajo consigo la desgracia.
Su misma naturaleza intrigó a mis amigas. Ninguna de las dos conseguía adivinar de qué se trataba.
– Una pista, danos una pista.
No pensaba decírselo. Para mí, cualquier nombre de la diosa era impronunciable. Mi madre, Deméter, me lo había prohibido porque era una forma de invocarla. Y tenía muchos nombres con los que había sido designada. Lo único que quería disfrazándome de ella era demostrarme a mí misma que no tenía miedo a las supersticiones que el clan de la loba, mi clan, me había impuesto desde niña. Pero me equivocaba. Me daban escalofríos sólo de pensar en su maldad.
– Una mujer poderosa.
– ¿Cómo de poderosa?
– Como el hierro.
– ¡Margaret Thatcher!
Carla tenía salidas de ese tipo. ¿Cómo se le podía pasar por la cabeza que asistiese a una fiesta de Carnaval disfrazada de ex Primera Ministra inglesa? Vale que yo era excéntrica, pero no tanto. ¿Me estaba tomando el pelo? Tratándose de Carla, era lo más probable.
– Una dama sangrienta -añadí.
– ¡Una carnicera! -gritó Carla.
– ¡Una asesina! -se sumó Meritxell.
Y ninguna de las dos iba desencaminada. La diosa era eso y mucho más. La diosa exigía sacrificios humanos y bebía la sangre de sus víctimas. Pero no pronunciaría su nombre. Me vestí con la túnica bordada con una serpiente y el tocado de plumas y les dejé acariciar el puñal de doble filo -mi atame- que nunca debería haberles mostrado y que por pura rebeldía había incorporado a mi atuendo.
– Soy una diosa.
Carla y Meritxell estaban excitadas, eran curiosas y yo llevaba unos meses jugando con ellas, intrigándolas con mis adivinaciones nocturnas y mis filtros. No era una artista, como Meritxell, ni una graciosa, como Carla. Yo era misteriosa y alimentaba ese lado oscuro que la brujería potenciaba y que hacía las delicias de mis compañeras. Pero querían más. Y así empezó todo, como un juego. Se arrodillaron a mis pies reverenciándome.
– Demuéstranos tu poder, gran diosa.
– ¡Oh, Selene!, te invocamos.
– Estamos a tus pies y nos congelamos las rodillas. Concédenos el don de calentar nuestras manos.
– ¡Oh, sí, gran Selene! Instálanos la calefacción.
– Así sea.
Fue un impulso tan repentino que no me dio tiempo a pensarlo. De un rápido movimiento de mi vara, surgió una chispa que prendió las paredes que Meritxell había decorado con lluvia y las gotas de lluvia se transformaron en minúsculos racimos de fuego. Fue un embrujo delicioso. La sala, que estaba como un témpano, se encendió como una hoguera y comenzó a calentarse, irradiando luz y bienestar desde todos y cada uno de sus rincones.
Meritxell abrió los ojos, fascinada, sin plantearse el fenómeno más que desde la belleza, y comenzó a bailar a la luz temblorosa de las gotas de fuego. Por el contrario, Carla se asustó, quizá porque era bioquímica, quizá porque era cocinera, quizá porque era racional. Recuerdo que gritó y, al gritar, me hizo darme cuenta de la barbaridad que acababa de cometer.
Enseguida detuve el hechizo y pretendí que nada había sucedido, pero ya era demasiado tarde. La simpatía de Carla se quebró. Desde entonces me miró con sospecha y nunca más creyó en mi palabra.
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