Maite Carranza - El Desierto De Hielo
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Selene rió.
– Y que la condesa te conserve el apetito por muchos años. Ni en su presencia dejarías de comer.
– Faltaría más… Si no, mi pobre Rosario ¿qué leche mamaría?
El nombre de su nuevo bebé las hizo partir de risa.
– Eres consumadamente retorcida. Rosario es nombre de niña.
Elena tenía ocho chicos y ansiaba una niña.
– Por eso se lo puse.
– Prometiste que le llamarías Ros.
– Pero Rosario es más completo. Cuando sea mayor me lo agradecerá.
Y Elena consiguió lo que se proponía, restaurar el buen humor y el optimismo. Se limpió delicadamente los labios y las manos y anunció con picardía:
– Tengo muy buenas noticias. He encontrado el conjuro del camaleón, el que nos dijeron que se había perdido definitivamente en la quema de la biblioteca de Alejandría.
– ¿De verdad?
– He estado practicando y funciona de maravilla.
Apartó con cuidado su plato de tostadas y de su enorme maleta sacó un grueso volumen, apolillado y amarillento, encuadernado en cuero. Con una agilidad sorprendente, sus dedos regordetes fueron pasando las páginas de papel de cebolla hasta dar con lo que buscaba. Con un gesto triunfal lo mostró al auditorio.
– Se puede formular a distancia y no importa dónde esté la bruja en peligro.
Selene sonrió adelantándose a su siguiente explicación.
– ¿Quieres decir que me podréis hacer desaparecer esté donde esté?
Elena sonrió.
– Efectivamente. Tras una llamada tuya nuestra reacción será inmediata.
Selene se lanzó al cuello de Elena para besarla, pero tropezó con su maleta. Del golpe vertió la taza de café, que se derramó sobre la mesa. Al acto, Valeria, perteneciente a la tribu etrusca y con grandes poderes adivinatorios, oscureció su mirada y todas callaron. Al darse cuenta de la expectación, intentó quitar hierro al asunto.
– No pasa nada. No tiene importancia.
– Sí que la tiene -musitó Selene con los ojos fijos en la mancha negruzca que se extendía informe sobre el mantel amarillo-. Dinos qué ves.
– No puedo leerlo -insistió Valeria muy nerviosa.
– ¿Aviso a Clodia? -la amenazó Selene.
Valeria negó y con un gesto rápido tomó la bayeta y recogió el café.
– Sólo era café derramado. Nada más.
Todas sabían que no era cierto.
Anaíd estaba eufórica. Todos sus compañeros habían aceptado su invitación. Había conseguido el local de sus sueños. Tenía megafonía, luces, bebida a mogollón, y su madre y las amigas de su madre la ayudaban con los bocadillos.
Aunque lo mejor de todo había sido la sorpresa de la llegada de Clodia.
Todo eso y la inminente marcha justificaban en parte su nerviosismo, sus ganas de gritar y de reír, su impaciencia para que llegase la noche de una vez y las luces intermitentes de la sala disimulasen su excitación.
No habría hora de cierre -ése era el trato con Selene-, ni tampoco habría vigilantes molestos. Estarían solos y podrían bailar, armar ruido y hacer el burro hasta la madrugada, hasta que saliese el sol si así lo querían. Anaíd estaba dispuesta a pasar la mejor noche de su vida. Clodia también lo tenía clarísimo.
– Y esta noche te ligas a Roc.
Anaíd se sonrojó.
– ¿Cómo? No sé cómo se liga, no he ligado nunca.
– Eres una bruja, ¿no? Pues sigue tu instinto. Mi instinto me dice que Roc está loco por ti.
– No seas pesada.
– Pesada no, obsesiva. No me voy de aquí si no te dejo colocada y con novio.
Roc era el hijo mayor de Elena. Moreno, socarrón, de ojos negros, piercing en la oreja, moto y vaqueros ajustados. De niños, él y Anaíd se habían bañado juntos en la poza del río. Luego Roc -durante el tiempo en que fue novio de la chica más guapa de la clase, Marion- fingió no conocerla. Pero desde su regreso Anaíd había crecido tanto que podía mirarlo casi cara a cara, y Roc redescubrió a la amiga y compañera de la infancia. Pasaban más tiempo juntos que separados y se llamaban constantemente. Primero Roc le pidió ayuda para presentarse a un examen de recuperación. Anaíd era la mejor en Matemáticas y, aunque era dos años más joven, no tuvo ningún problema en enseñarle a resolver las ecuaciones y ayudarlo a preparar su examen. Se acostumbraron a pasar horas sentados el uno junto al otro. Anaíd no le dio importancia hasta que lo encontró con Marion una tarde en la ciudad saliendo del cine. Iban cogidos de la mano y Roc, al verla, la soltó enseguida. Pero fue suficiente. Anaíd sintió una punzada que le atravesó una parte de su anatomía que no conocía. ¿El hígado? ¿El bazo? ¿Los pulmones? ¿O tal vez el corazón? En cualquier caso su cuerpo confirmó que la complicidad que sentía junto a Roc iba más allá del afecto a un simple compañero de estudios. Y desde entonces lo pasó fatal. Sobre todo la tarde siguiente en la que Roc quedó con ella y le estuvo explicando que ya no salía con Marion pero que aún eran buenos amigos. No supo qué hacer, ni dónde mirar. Se avergonzaba de su sentimiento. Por novedoso, por extraño, por aparatoso.
Desde que fue consciente de que Roc le gustaba no pudo evitar enrojecer en su presencia. Y cualquier broma, un golpecito afectuoso, una llamada suya le provocaban un ardor en las mejillas que la delataba.
Esos últimos días su apuro era constante, puesto que se veían a todas horas ultimando los preparativos de la fiesta. Juntos limpiaron el local, colgaron cables, acarrearon bailes y trasladaron sillas y mesas hasta altas horas de la noche. Anaíd se estremecía cada vez que se rozaban sus manos o sus pies coincidían en el mismo lugar. Era un estremecimiento dulce, un cosquilleo, un calor súbito que le hacía desear prolongar el contacto y que, a veces, le hacía buscarlo fingiendo una casualidad.
Pero no se hacía ilusiones.
Lo previsible era que Roc simplemente la considerase una buena amiga.
Lo peor era que esa noche de la fiesta se presentase con Marion.
Lo más dramático era que ni por un momento se le pasaba por la cabeza la posibilidad de gustarle a Roc.
Lo más triste era que tenía que marcharse con su madre. Pronto. Muy pronto.
Lo más grave era que no podía utilizar ninguno de sus poderes para sus fines.
Lo más absurdo era que ella, esa chica tímida, era la que las profecías designaban como la elegida.
Y Clodia aún lo estaba digiriendo.
– Cuando mi madre me dijo que eras la elegida me sentí rarísima. Me dio por rebobinar todas las cosas que había dicho en tu presencia, como si pudieras reprochármelas. Ya sabes, seguro que hice el ridículo.
– No llevaba la grabadora encima.
Clodia insistió.
– Es como si un buen día pones la tele y descubres que tu compañera de pupitre es una actriz famosa que sale en todas las pelis. Te sientes fatal.
Anaíd la cogió de las manos.
– Mírame bien, soy la misma que cuando me conociste. Pero más asustada.
– ¿Asustada tú?
Anaíd nunca comprendería el buen concepto que Clodia tenía de ella.
– Me pesa un montón.
– ¿El cetro?
– La responsabilidad, boba.
– ¿Dónde está el cetro de poder?
– Escondido.
– ¿Me dejas verlo?
Anaíd se quedó dudosa.
– Mierda. Ahora mismo no sé si debo enseñártelo o no. No sé si mostrarte el cetro a ti compromete el futuro de las Omar. Estoy hecha un lío y no me siento para nada a la altura de todo lo que dicen las profecías.
– A mí me pasaría lo mismo. Pero, peor, vaya, seguro que mucho peor.
Sin embargo Anaíd se puso en pie. Abrió su armario, sacó una caja de zapatos y se la mostró a Clodia. Ahí, disimulado entre papeles arrugados, resplandecía el mítico cetro de la elegida. Estaba labrado en oro y era hermoso, pero lo que más imponía era su leyenda. Según la leyenda, la mismísima madre O lo empuñó y luego lo lanzó a las profundidades de la tierra para evitar que su hija Od se apropiase de él. Clodia estaba francamente impresionada.
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