Richelle Mead - Succubus

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Súcubo (n.): Demonio seductor, capaz de cambiar de forma, que tienta y proporciona placeres a los mortales de sexo masculino.
Georgina Kincaid es un súcubo y la protagonista de esta historia. En apariencia es una joven veinteañera de estatura media y cabello largo, pero lleva mucho más tiempo en el mundo gracias a la inmortalidad de los seres de su condición. Un súcubo vive gracias a los años de vida que va robando a los hombres con los que se acuesta. Su misión es propagar el mal a través de la tentación carnal, pero Georgina intenta llevar una vida normal y sólo hace sus tareas de súcubo con hombres que no se verán perjudicados por ello. En otras palabras, Georgina no es feliz con su condición de súcubo y por eso trata de llevar una vida humana, con su trabajo en una librería y sus amigos humanos.

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– Te conoce demasiado bien, ¿eh? -preguntó, bebiendo un vaso de zumo de naranja.

– Sí, pero me cubrirá, aunque se queje. Es un cacho de pan.

Tiré el teléfono encima del diván y me acerqué a Román. Hora de más distracciones. Dudaba que Hugh comprendiera la gravedad de la situación, pero por lo menos sabría que algo no andaba bien. Como había notado ya en el pasado, uno no sobrevivía mucho tiempo como inmortal si era un estúpido. Sospecharía algo y, con suerte, buscaría a Jerome. Mi trabajo ahora consistía en mantener ocupado al nefilim hasta que llegara la caballería.

– ¿Qué era exactamente lo que querías hacer conmigo? -ronroneé.

Varias cosas, según descubrí. Volvimos al dormitorio, y descubrí que matar el tiempo hasta que Hugh entrara en acción no era tan difícil como me temía. Sentía ligeras punzadas de culpa por disfrutar tanto con Román, sobre todo ahora que había tomado la decisión de pedir ayuda. Había asesinado a incontables inmortales y tenía planes para hacer lo mismo con alguien cercano a mí. Sin embargo, no podía evitarlo. Me sentía atraída por él -me había sentido atraída por él desde hacía mucho-, y era realmente bueno en la cama.

– La eternidad no parece tan mala contigo en mis brazos -murmuró más tarde, acariciándome el pelo mientras me acurrucaba contra él. Al girar mi rostro hacia el suyo, vi una expresión sombría en sus ojos.

– ¿Qué ocurre?

– Georgina… ¿quieres… realmente quieres que deje en paz a este ángel?

– Sí -respondí atropelladamente tras un momento de sorpresa-. No quiero que hagas daño a nadie más.

Me estudió largo rato antes de volver a hablar.

– Anoche, cuando me lo pediste, no pensé que pudiera. No me creía capaz de dejarlo correr. Pero ahora… después de estar contigo… de estar así. Me parece insignificante. Bueno, tal vez insignificante no sea la palabra adecuada. Quiero decir, lo que nos hicieron fue terrible… pero puede que si sigo yendo detrás de ellos, les esté dejando ganar. Me convierto en lo que dicen que soy. Permito que continúen dictando los parámetros de mi vida. Estaría conformándome con la disconformidad, supongo, perdiéndome lo verdaderamente importante. Como amar y ser amado.

– ¿Q-qué quieres decir?

Tomó mi mejilla en su mano.

– Quiero decir que lo haré, cariño. El pasado no va a seguir dictando mi presente. Por ti, estoy dispuesto a irme. Tú y yo. Saldremos hoy y dejaremos atrás todo esto. Encontraremos un hogar en alguna parte y empezaremos una vida juntos. Podríamos ir a Las Vegas.

Me quedé petrificada en sus brazos, con los ojos como platos. Ay, Dios.

Unos nudillos golpearon mi puerta, y salté casi tres metros por los aires. Sólo habían transcurrido cuarenta minutos. No, no, pensé. Era demasiado pronto. Sobre todo después de este repentino cambio de parecer. Hugh no podría haber reaccionado tan rápido. No sabía qué hacer.

Román enarcó una ceja, más curioso que otra cosa.

– ¿Esperas a alguien?

Sacudí la cabeza, intentando disimular el galope desbocado de mi corazón.

– Doug siempre amenaza con venir a buscarme -bromeé-. Espero que no se haya decidido a hacerlo por fin.

Me levanté de la cama, fui al armario, esforzándome por obligar hasta al último de mis nervios a aparentar despreocupación, me puse un quimono granate, me atusé coquetamente la melena enmarañada y salí a la sala de estar, intentando no hiperventilar una vez lejos de la vista de Román. Señor, pensé, acercándome a la puerta. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a…?

– ¿Seth?

El escritor estaba fuera, con una caja de repostería en la mano, reflejando su rostro tanta sorpresa como se reflejaba sin duda en el mío. Vi cómo sus ojos me recorrían rápidamente de arriba abajo, y comprendí de pronto cuan corta era mi bata y cuánto revelaba la seda ceñida. Sus ojos volaron a mi cara, y tragó saliva.

– Hola. Me… esto…

Uno de mis vecinos, que pasaba por allí, se detuvo y se me quedó mirando fijamente al verme con el quimono.

– Pasa -urgí a Seth con una mueca, cerrando la puerta a su espalda. Me esperaba un ejército de inmortales, pero ahora estaba más desconcertada que nunca.

– Lo siento -logró decir al final, intentando evitar que su mirada se desviara a mi cuerpo-. Espero no haberte despertado…

– No… No… No hay problema…

Naturalmente, Román eligió ese momento para aparecer, cruzando el pasillo desde mi dormitorio con sólo los boxers puestos.

– ¿Pero qué…? Ah, hola, ¿qué tal? Seth, ¿verdad?

– Sí -respondió Seth, sucinto, alternando la mirada entre Román y yo. En vista de esa mirada, dejé de preocuparme por los nefilim, los inmortales, o por salvar a Cárter. Lo único en lo que podía pensar ahora era qué debía de pensar Seth de todo esto. El pobre Seth, que no había hecho nada más que ser amable conmigo desde que lo conocí, pero que sin embargo conseguía resultar herido una y otra vez por mi desconsideración… por no mencionar un desafortunado cúmulo de circunstancias. No sabía qué decir; me sentía tan mortificada como aparentemente se sentía él. No quería que me viera así, con todas mis mentiras y señales inconsistentes sacadas a la luz.

– ¿Eso es el desayuno? -preguntó risueñamente el nefilim. Era el único de nosotros que no se sentía incómodo.

– ¿Eh? -Seth aún parecía mudo de asombro-. Ah, sí. -Dejó la caja encima de la mesita del salón-. Quedaos con esto. Es tarta de moca. Con arce y pacana. Yo… voy a… ya me iba. Lo siento si os he molestado. Lo siento mucho. Sabía que tenías el día libre y pensé que podríamos… no sé. Como ayer dijiste… en fin. Era una tontería. Debería haber llamado. Lo siento.

Empezó a darse la vuelta, pero el daño ya estaba hecho. De todos los escenarios posibles, tenía que ser éste el que Seth eligiera para ponerse a farfullar «sabía que tenías el día libre». Joder. Román se volvió hacia mí, transformándose en furia ante mis ojos la incredulidad de su gesto.

– ¿A quién -jadeó, casi sin poder hablar de rabia- has llamado? ¿A quién cojones has llamado? Retrocedí un paso.

– Seth, vete de…

Demasiado tarde. Una oleada de poder, parecida a la que había empleado Jerome contra mí, nos golpeó y nos arrojó contra la pared de la sala de estar.

Román se abalanzó sobre nosotros a zancadas, fulminándome con la mirada, como llamas azules sus ojos.

– ¿A quién has llamado? -rugió. No respondí-. ¿Tienes idea de lo que has hecho?

Nos volvió la espalda, agarró mi teléfono y marcó.

– Necesito que vengas ahora mismo… sí, sí, me importa tres cojones. Déjalo. -Recitó mi dirección y colgó. No me hacía falta preguntarle a quién había llamado. Ya lo sabía. Al otro nefilim. A su hermana.

Román se pasó una mano por el pelo, y empezó a deambular frenéticamente de un lado para otro.

– Mierda. ¡Mierda! ¡Podrías haberlo estropeado todo! -me gritó-. ¿Te das cuenta? ¿Lo entiendes, puta mentirosa? ¿Cómo has podido hacerme esto?

No respondí. No podía. Moverme, hablar incluso, costaba demasiado esfuerzo en esa red psíquica. Ni siquiera podía mirar a Seth. Sólo Dios sabía qué estaría pensando de todo esto.

Diez minutos más tarde sonó otro golpe en la puerta. Si me quedaba algún tipo de favor divino, serían Jerome y Cárter, que venían a rescatarme. Hasta un súcubo se merecía un descanso de vez en cuando, pensé mientras veía cómo Román abría la puerta. Entró Helena. Ay, Dios.

– Ya era hora -le espetó Román, cerrando la puerta de golpe tras ella.

– ¿Qué está pas…? -Dejó la pregunta a medias, abriendo los ojos como platos al vernos a Seth y a mí. Se giró hacia Román y se fijó mejor en él. Y en sus boxers-. Por todos los santos, ¿qué has hecho ahora?

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