– ¿Que lo sientes? -dijo Román, y vi en su expresión hasta qué punto le había hecho daño-. No puedes ni imaginarte…
Todos lo sentimos al mismo tiempo. Román y Helena giraron sobre los talones para cruzar la mirada, alarmados, un segundo antes de que mi puerta volara por los aires. Las ligaduras que me retenían desaparecieron cuando los nefilim redirigieron su poder hacia el apocalipsis que acababa de irrumpir en mi piso.
Entró un raudal de luz cegadora, tan brillante que hacía daño. Una luz familiar. La misma forma terrible que había visto en el callejón se materializó de nuevo, sólo que esta vez había dos de ellas. Imágenes especulares. Indistinguibles entre sí. No sabía quién era quién, pero recordé el comentario que había hecho Cárter de pasada hacía una semana: un ángel en todo su esplendor pondrá en fuga a casi cualquier criatura… mataría a un mortal…
– Seth -susurré, dándole la espalda al glorioso espectáculo para mirar al escritor. Seth lo contemplaba fijamente, desorbitados de asombro y temor sus ojos castaños, cautivados por tanta gloria-. Seth, no los mires. -Con las escasas fuerzas que me quedaban, levanté una mano temblorosa y volví su rostro hacia el mío-. Seth, no los mires. Mírame a mí. Sólo a mí.
Alguien profirió un alarido en algún lugar a nuestras espaldas. El mundo estaba haciéndose pedazos.
– Georgina… -exhaló Seth, rozándome tímidamente la cara-. ¿Qué te ocurre?
Concentrando toda mi fuerza de voluntad, le ordené a mi cuerpo que luchara y retuviera la forma con la que nos habíamos conocido. Era una batalla perdida de antemano. Cuestión de vida o muerte. No podría sobrevivir mucho tiempo así. Seth se acercó más a mí, y apagué el sonido del caos y la destrucción desatados a nuestro alrededor, volcando toda mi atención, toda mi percepción, en su semblante.
He dicho que Román era hermoso, pero su belleza no era nada… absolutamente nada… comparada con la de Seth en esos momentos. Seth, con sus largas pestañas, sus inquisitivos ojos castaños, su bondad manifiesta en todas sus acciones. Seth, con su pelo alborotado y su barba hirsuta, enmarcando un rostro que no podía ocultar su naturaleza, la fuerza radiante de su carácter, su alma como un faro en una noche de niebla.
– Seth -susurré-. Seth.
Se inclinó sobre mí, dejando que lo atrajera más y más cerca, y entonces, mientras el cielo y el infierno batallaban a nuestro alrededor, lo besé.
A veces una despierta de un sueño. A veces una despierta dentro de un sueño. Y a veces, de vez en cuando, una despierta dentro del sueño de otra persona. Si quisiera secuestrarme y convertirme en su esclava sexual, se lo consentiría, siempre y cuando así pudiera conseguir copias de avance de sus libros.
Las primeras palabras que le había dirigido a Seth mientras hablaba apasionadamente de su obra. La primera impresión de mí que se había llevado. La cabeza alta, el pelo echado hacia atrás sobre el hombro. Un comentario frívolo siempre listo. Gracia envuelta en llamas. Una fría competencia social que el introvertido Seth jamás podría reunir pero que envidiaba. ¿Cómo lo consigue? ¿Sin perder comba nunca? Después, mi atropellada explicación de la regla de las cinco páginas, una costumbre extravagante que le había parecido increíblemente tierna. Alguien que apreciaba la literatura, que la consideraba a la altura del mejor vino. Inteligente y profunda. Y hermosa. Sí, hermosa. Me vi ahora como me había visto Seth esa noche: la minifalda, el provocativo top púrpura, brillante como el plumaje de un ave. Como una criatura exótica, irremediablemente fuera de lugar en el insulso panorama de la librería.
Todo esto estaba dentro de Seth, el pasado de su creciente cariño por mí mezclándose con el presente, empapándome.
No sólo hermosa. Sexy. Sensual. Una diosa de carne y hueso cuyo más nimio movimiento prometía una pasión inminente. El tirante del vestido, deslizándose sobre mi hombro. Gotitas de sudor en mi escote. De pie en su cocina, vestida únicamente con aquella ridícula camiseta de Black Sabbath. Sin ropa interior debajo. Me pregunto cómo sería despertar con ella a mi lado, desaliñada e indómita.
Todo esto se vertía en mi interior. Todo esto y más.
Me observaba en la librería. Le encantaba ver cómo me relacionaba con los clientes. Le encantaba el hecho de que pareciera saber un poco de todo. Los ingeniosos diálogos que fabricaba para sus personajes afloraban a mis labios sin vacilación. Asombroso. No había conocido nunca a nadie que hable así en la vida real. Mi regateo con el dependiente de la tienda de libros de segunda mano. Un carisma que atraía al tímido y retraído Seth, que me hacía brillar a sus ojos. Que le inspiraba confianza.
Sus pensamientos seguían fluyendo en tromba dentro de mí. No había experimentado nunca nada igual. Había sentido atracción y afecto en mis víctimas, pero jamás tanto amor, no dirigido hacia mí.
Seth me consideraba sexy, sí. Me deseaba. Pero esa pasión descarnada se fusionaba también con algo más suave. Algo más dulce. Kayla sentada en mis rodillas, su cabecita rubia contra mi pecho mientras le trenzaba el cabello. La imagen se alteró brevemente mientras se imaginaba por un momento a su propia hija en mi regazo. Feroz y lenguaraz por una parte, por otra gentil y vulnerable. Mi borrachera en su apartamento. Su afán de protección mientras me metía en la cama, observándome durante horas después de que me quedara dormida. No me despreciaba por mi debilidad, por mi pérdida de control y sensatez. Para él era una bajada de mis defensas, una señal de imperfección que le hacía quererme más todavía.
Seguí absorbiéndolo todo, incapaz de detenerme en mi estado, débil y desesperada.
¿Por qué no sale con nadie?, le había preguntado Seth a Cody. ¿Cody? Sí, allí estaba, en el fondo de su mente. Un recuerdo. Cody impartiéndole clases de swing a Seth en secreto, sin que ninguno de los dos me dijera nada, inventándose en cambio vagas excusas por las que siempre tenían que ir «a algún sitio». Seth, esforzándose por conseguir que sus pies le obedecieran para poder bailar conmigo y estar más cerca de mí. Tiene miedo, había respondido el vampiro. Cree que el amor hace daño.
El amor hace daño.
Sí, Seth me amaba. No era un capricho, como había pensado. No era una atracción superficial que creía haber desalentado. Era algo más, mucho más. Yo encarnaba todas las características que él podría desear en una mujer: humor, belleza, inteligencia, bondad, fuerza, carisma, sexualidad, compasión… Su alma parecía haber encontrado a la mía, incontroladamente atraída por mí. Me amaba con una intensidad que yo ni siquiera podía empezar a sondear, aunque creedme, lo intenté. Lo quería. Quería sentirlo todo, absorber aquella llama que ardía en su interior. Consumirla. Arder en ella.
¡Georgina!
En algún lugar, a lo lejos, alguien me llamaba, pero estaba demasiado perdida en Seth. Demasiado absorta en la absorción de aquella fuerza interior, aquella fuerza teñida de sus sentimientos por mí. Sentimientos desatados, amplificados incluso, por nuestro beso. Labios suaves y ávidos. Hambrientos. Incontenibles.
¡Georgina!
Quería volverme una con Seth. Lo necesitaba. Necesitaba sentir cómo me llenaba… física, mental, espiritualmente. Había algo allí… algo oculto dentro de él que yo no lograba alcanzar, algo que acechaba en lo más hondo. Una información tentadora que debería haber descubierto hacía mucho. Eres mi vida. Necesitaba llegar más lejos, encontrar más. Averiguar qué se ocultaba de mí. Aquel beso era mi salvavidas, mi conexión con algo más grande que yo, algo que llevaba buscando toda mi vida sin saberlo. No podía parar. No podía parar de besar a Seth. No podía parar. No podía…
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