– ¿Qué cantidad de mí piensas quitarle? -En mi mente rutilaban como piedras preciosas fragmentos de los recuerdos de Seth… mis recuerdos, ahora.
– Lo suficiente para que olvide que te conoce algo más que de pasada. Estas últimas semanas has sido más descuidada de lo habitual en tu trabajo. -No pensaba que eso fuera por culpa de Seth;
Román también había contribuido-. Los dos os llevaréis mucho mejor si encuentra una mujer mortal con la que obsesionarse.
«¿No quieres destacar de alguna manera?», resonó en mi cabeza la provocadora pregunta de Cárter, formulada hacía aparentemente una eternidad.
– No tienes por qué hacer esto. No hace falta que me elimines con el resto.
– Ya que me pongo a ello, lo mejor será que te elimine también a ti. De ninguna manera puede seguir como si nada tras exponerse a los moradores de los reinos divinos. Incluso tienes que darme la razón.
– Algunos mortales saben de nuestra existencia -repuse-. Como Erik. Erik conoce nuestro secreto, y no se lo ha revelado a nadie.
De hecho, comprendí de repente, Erik tampoco le había revelado a nadie el secreto de Helena. Lo había descubierto tras años de trabajar con ella, pero nunca había aireado toda la verdad, tan sólo me había proporcionado algunas pistas.
– Erik es un caso especial. Posee un don. Un mortal ordinario como éste no podría soportarlo. -Jerome se acercó a mi diván y miró desapasionadamente a Seth-. Es mejor así.
– No. Por favor -imploré, corriendo hasta Jerome y colgándome de su manga-. Por favor, no lo hagas.
El archidemonio se volvió hacia mí, fríos sus ojos negros, sorprendido porque me atreviera a agarrarlo de esa manera. Supe entonces, acobardada bajo su mirada, que nuestra relación afectuosa e indulgente había cambiado para siempre… un cambio pequeño, pero no por ello menos importante. No sabía cuál era la causa. Puede que Seth. Puede que Román. Puede que se tratara de algo completamente distinto. Sólo sabía que el cambio existía.
– Por favor -le rogué, ignorando cuan desesperada debía de sonar-. Por favor, no lo hagas. No me apartes de él de esa manera de su pensamiento. Haré lo que me pidas. Cualquier cosa. -Me restregué los ojos con una mano, intentando aparentar serenidad y control, sabiendo que era en vano.
Una ceja se enarcó minúsculamente en el rostro de Jerome, el único indicio de que había suscitado su interés. El término «pacto con el diablo» no existe por casualidad; pocos demonios pueden resistirse a un acuerdo.
– ¿Qué podrías ofrecerme? El tema del sexo sólo funcionó con mi hijo, de modo que ni se te ocurra intentarlo ahora.
– Sí -respondí, más firme mi voz conforme persistía en mi empeño-. Funcionó con él. Funciona con toda clase de hombres. Soy buena, Jerome. Mejor de lo que te imaginas. ¿Por qué crees que soy el único súcubo de la ciudad? Porque soy uno de los mejores. Antes de caer en este bache… no sé, antes de que se apoderara de mí el estado de ánimo en el que llevaba sumida algún tiempo, podía tener a cualquier hombre que quisiera. Y no sólo por su fuerza y su energía vital. Podía manipularlos. Obligarles a hacer cualquier cosa que les pidiera, convencerlos para que cometieran pecados con los que jamás habrían soñado antes de conocerme. Y me obedecían. Me obedecían, y les gustaba.
– Continúa.
Respiré hondo.
– Estás harto de la regla de sólo miserables, ¿verdad? De mi negligencia. Pues bien, puedo cambiar eso. Puedo elevar tu stock hasta límites que nunca has soñado. Lo he hecho antes. Sólo te pido que dejes que Seth se vaya. Déjale mantener sus recuerdos intactos. Todos ellos.
Jerome se quedó estudiándome un momento, maquinando.
– Ni todo el stock del mundo me servirá de nada si va por ahí desembuchando lo que ha visto.
– Entonces veamos primero si puede soportarlo. Cuando se recupere y despierte, hablaremos con él. Si no parece que pueda resistirlo todo… bueno, entonces podrás borrarle la memoria.
– ¿Y quién decide si puede resistirlo o no?
Vacilé, reticente a dejar la decisión en manos del demonio.
– Cárter. Cárter puede saber si alguien dice la verdad. -Miré al ángel-. Lo sabrás si está bien, ¿verdad? ¿Si está bien que sepa… de nosotros?
Cárter me miró con una expresión extraña que no pude interpretar.
– Sí -reconoció finalmente.
– ¿Qué hay de tu parte? -Preguntó Jerome-. ¿Cumplirás con ella… aunque Cárter decida que Seth no es de fiar?
Eso era muy riguroso. Tenía la impresión de que Jerome no pensaba negociar a este respecto, pero estaba dispuesta a correr el riesgo, tanta era mi confianza en la capacidad de Seth para aceptar la actividad inmortal. Abrí la boca para decir que sí, cuando vi a Hugh sacudiendo la cabeza en mi dirección por el rabillo del ojo. Frunciendo el ceño, se dio unos golpecitos en el reloj, silabeando algo que no pude comprender al principio.
Entonces caí en la cuenta. Tiempo. Había oído al diablillo hablar de su trabajo lo suficiente como para conocer las reglas de la negociación: nunca hagas un trato abierto con el demonio.
– Si Seth conserva sus recuerdos, cumpliré con mis deberes de súcubo al pie de la letra durante un siglo. Si hay que borrárselos a pesar de todo, lo haré durante… una tercera parte de ese tiempo.
– La mitad -contraatacó Jerome-. No somos mortales. Incluso un siglo no es nada comparado con la eternidad.
– La mitad -accedí sucintamente-, pero nada más de lo que dicte la supervivencia. No pienso hacer esto todos los días, si estás pensando en eso. Buscaré dosis sólo cuando las necesite, aunque serán fuertes. Muy fuertes… cargadas de pecado. Con hombres de buen calibre, eso será… no sé, cada cuatro o seis semanas.
– Quiero algo más. Crédito extra. Cada par de semanas, tanto si lo necesitas como si no.
Cerré los ojos, incapaz de seguir luchando.
– Cada par de semanas.
– De acuerdo -dijo Jerome, con una nota de advertencia en la voz-. Pero estarás obligada por este pacto a menos que yo decida cancelarlo por algún motivo. No tú. Para ti no habrá salida.
– Lo sé. Lo sé, y acepto.
– Sellémoslo entonces.
Me tendió la mano. La acepté sin vacilar, y el poder crepitó brevemente a nuestro alrededor.
El demonio esbozó una fina sonrisa. -Tenemos un trato.
– ¿A qué viene esa cara, Kincaid?
Levanté la mirada del ordenador del mostrador de información para ver a Doug apoyado indolentemente en el filo de la barra.
– ¿Qué cara?
– Ésa. Es la expresión más triste que te he visto nunca. Me está partiendo el corazón.
– Ah. Lo siento. Cansancio, supongo.
– Bueno, en tal caso, largo de aquí. Tu turno ha terminado. Agaché la cabeza y consulté la hora en la pantalla. Las cinco y siete minutos.
– Supongo que sí.
Me observó de soslayo mientras me levantaba distraídamente de la silla y salía de detrás del mostrador.
– ¿Seguro que no te pasa nada?
– Sí. Lo dicho, sólo estoy cansada. Nos vemos. Empecé a alejarme.
– Ah, oye, ¿Kincaid? ¿Sí?
– Tú eres amiga de Mortensen, ¿no?
– Algo así -respondí, precavida.
– ¿Sabes qué es de él? Antes venía por aquí casi todos los días, pero ya lleva una semana sin dar señales de vida. Paige está que se sube por las paredes. Cree que le ha ofendido o algo.
– No sé. No somos tan amigos. Lo siento. -Me encogí de hombros-. A lo mejor está enfermo. O fuera de la ciudad.
– A lo mejor.
Abandoné la tienda y salí a la oscura tarde otoñal. Los viernes en Queen Anne atraían a la gente a raudales, gracias a la variedad de actividades y vida nocturna de la zona. Sin mirar a nadie, absorta en mis pensamientos, me dirigí a mi coche, aparcado a una manzana de distancia. Inmediatamente, un buitre montado en un Honda rojo aminoró y puso el intermitente, comprendiendo que mi plaza estaba a punto de quedar libre.
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