Richelle Mead - Succubus

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Súcubo (n.): Demonio seductor, capaz de cambiar de forma, que tienta y proporciona placeres a los mortales de sexo masculino.
Georgina Kincaid es un súcubo y la protagonista de esta historia. En apariencia es una joven veinteañera de estatura media y cabello largo, pero lleva mucho más tiempo en el mundo gracias a la inmortalidad de los seres de su condición. Un súcubo vive gracias a los años de vida que va robando a los hombres con los que se acuesta. Su misión es propagar el mal a través de la tentación carnal, pero Georgina intenta llevar una vida normal y sólo hace sus tareas de súcubo con hombres que no se verán perjudicados por ello. En otras palabras, Georgina no es feliz con su condición de súcubo y por eso trata de llevar una vida humana, con su trabajo en una librería y sus amigos humanos.

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– Me odia -hipé-. Ahora Seth me odia.

– ¿Por qué dices eso?

– Después de todo lo que acabo de revelarle…

– Sospecho que está preocupado y confuso, sí, pero no creo que te odie. Un amor como ése no se convierte en odio tan fácilmente, aunque reconozco que a veces los dos van entremezclados.

Sorbí por la nariz.

– ¿Lo sentiste? ¿Su amor?

– No igual que tú. Pero sí, lo sentí.

– No había sentido nunca nada parecido. No puedo igualarlo. Me gusta… me gusta mucho. Puede que incluso lo ame también, pero no igual que él a mí. No soy digna de ese amor.

Cárter chasqueó suavemente la lengua, en tono de amonestación.

– Nadie es indigno de ser amado.

– ¿Ni siquiera alguien que acaba de acceder a pasarse el próximo siglo haciendo daño a los humanos, corrompiendo almas y conduciéndolas a la tentación y la desesperación? Debes de odiarme por eso. Hasta yo me odio por eso.

El ángel me observó con expresión firme y serena.

– ¿Entonces por qué accediste?

Apoyé la cabeza en el asiento.

– Porque no podía soportar la idea de ser… de que ese amor fuera borrado de su cabeza… olvidado.

– Irónico, ¿eh?

Me volví hacia él, incapaz de sorprenderme ya nada.

– ¿Cuánto sabes sobre mí?

– Lo suficiente. Sé lo que recibiste por convertirte en súcubo.

– Entonces pensé que era lo correcto… -murmuré, con la mente en otro tiempo y lugar muy lejanos, en otro hombre-. Estaba tan triste y enfadada conmigo… no podía seguir viviendo, sabiendo lo que yo había hecho. Sólo quería desaparecer de su recuerdo para siempre. Pensé que lo mejor sería que él… que todos… se olvidaran de mí. Que olvidaran que alguna vez había existido.

– ¿Y ahora no piensas lo mismo?

Sacudí la cabeza.

– Volví a verlo… años después, cuando era un anciano. Cambié para adoptar la forma con la que me había conocido… ésa es la última vez que he llevado ese rostro, de hecho… y me acerqué a él. Pero me miró como si no me reconociera. No sabía quién era. El tiempo que habíamos pasado juntos. El amor que había sentido por mí. Todo había desaparecido. Para siempre. Aquello me mató. Me sentí como una muerta ambulante después de aquello.

No podía permitir que ocurriera. Otra vez no. No con Seth, después de experimentar lo que sentía por mí. Aunque ese amor haya terminado… empañado por lo que piense ahora de mí. Aunque no vuelva a dirigirme la palabra. Seguirá siendo mejor que como si ese amor jamás hubiera existido.

– El amor rara vez es perfecto -señaló Cárter-. Los humanos se engañan pensando que tiene que serlo. Es la imperfección lo que hace perfecto al amor.

– Déjate de acertijos, por favor -le dije, exhausta de repente-. Acabo de perder a la única persona que podría haber amado después de todos estos años. Amado de verdad, sinceramente. No sólo por la emoción, como con Román. Seth… Seth lo tenía todo. Pasión. Entrega. Amistad.

»No sólo eso, sino que he accedido a volver a ser un súcubo "en activo". -Cerré los ojos y me tragué la bilis que amargueaba en mi garganta. Pensé en todos los hombres buenos del mundo, hombres como Doug y Bruce. No quería ser su ruina-. Cómo odio a Cárter. No te imaginas cómo lo odio, qué poco me apetece seguir haciendo esto. Pero vale la pena. Vale la pena si Seth puede conservar sus recuerdos.

Dirigí una mirada de preocupación al ángel.

– Puede conservarlos, ¿verdad?

Cárter asintió con la cabeza, y exhalé un suspiro de alivio.

– Bien. Al menos queda una mota de esperanza en todo esto.

– Por supuesto. Siempre hay esperanza.

– Para mí no.

– Siempre hay esperanza -repitió con firmeza; la nota imperiosa de su voz me sobresaltó-. Nadie está por encima de la esperanza.

Sentí cómo las lágrimas afloraban de nuevo a mis ojos. Señor. Últimamente parecía que no podía parar de llorar.

– ¿Ni siquiera un súcubo?

– Un súcubo menos que nadie.

Me abrazó otra vez, y volví a entregarme a mis sollozos, un alma condenada encontrando momentáneo consuelo en los brazos de una criatura celestial. Me pregunté si lo que decía era cierto, si era posible que aún hubiera esperanza para mí, pero entonces recordé algo que me hizo medio reír y medio atragantarme al mismo tiempo.

Los ángeles nunca mienten.

Epílogo

Ha llamado Casey para decir que está enferma -me informó bruscamente Paige, mientras se ponía el abrigo-. Así que tendrás que sustituirla en la caja.

– No pasa nada. -Me apoyé en la pared de su despacho-. Así las cosas no se vuelven tan aburridas, ¿sabes?

Se detuvo y me dedicó una ligera sonrisa.

– Te agradezco de veras que hayas podido acudir… con tan poca antelación. -Se acarició la barriga distraídamente-. Seguro que no es nada, pero llevo todo el día con este dolor…

– No, tranquila. Vete. Tienes que cuidarte. Por los dos.

Me sonrió de nuevo, recogió el bolso y cruzó la puerta.

– Doug anda refunfuñando por ahí si necesitas ayuda, así que pídesela. Hmm… Quería decirte otra cosa… Ah, sí… ha llegado algo para ti. Lo he dejado en la silla de tu oficina.

Sus palabras me llenaron el estómago de mariposas.

– ¿Q-qué es?

– Tendrás que verlo. Debo irme.

Seguí a Paige fuera de su despacho y me dirigí al mío, nerviosa. Lo último que me habían dejado en la silla era un sobre de Román, un elemento más de su retorcido juego de amor y odio. Dios, pensé. Sabía que no podía ser tan fácil como decía Cárter. Román ha vuelto, lo ha empezado todo de nuevo, me quiere…

Me quedé mirando fijamente, sin aliento. El pacto de Glasgow ocupaba mi silla.

Tentativamente, cogí el libro como si fuera de porcelana. Era mi copia, la que le había dado a Seth para que me la firmara hacía más de un mes. Lo había olvidado por completo. Al abrir la cubierta, se cayeron unos pétalos de rosa de color lavanda. Sólo había un puñado de ellos, pero para mí significaban más que todos los ramos de flores que había recibido este mes. Mientras intentaba recogerlos, leí:

Para Tetis,

Con mucho retraso, lo sé, pero a menudo las cosas que más deseamos sólo se consiguen con paciencia y esfuerzo. Creo que ésa es una verdad humana. Incluso Peleo lo sabía.

Seth

– Ha vuelto, ¿sabes?

– ¿Eh? -Levanté la mirada de la desconcertante dedicatoria para ver a Doug apoyado en el quicio de la puerta. Señaló mi libro con la cabeza.

– Mortensen. Está en la cafetería otra vez, tecleando como de costumbre.

Cerré el libro y lo sostuve fuertemente con ambas manos.

– Doug… ¿qué tal andas de mitología griega? Resopló.

– No me insultes, Kincaid.

– Tetis y Peleo… eran los padres de Aquiles, ¿verdad?

– En efecto -respondió, con la petulancia de quien habla de su especialidad.

Por mi parte, no salía de mi perplejidad. No entendía la dedicatoria ni comprendía por qué podría referirse Seth al mayor héroe de la guerra de Troya.

– ¿Conoces el resto? -me preguntó Doug, expectante.

– ¿Qué? ¿Qué Aquiles era un psicópata delirante? Sí, eso ya lo sé.

– Bueno, ya, todo el mundo lo sabe. Me refiero a la parte más jugosa. Sobre Tetis y Peleo. -Negué con la cabeza, y continuó, dándose aires de profesor-. Tetis era una ninfa marina, y Peleo era un mortal enamorado de ella. Sólo que, cuando fue a cortejarla, ella se lo tomó fatal.

– ¿En qué sentido?

– Era una cambiaformas.

A punto estuvo de caérseme el libro.

– ¿Cómo?

Doug asintió con la cabeza.

– Él se acercó a ella, y Tetis se convirtió en todo tipo de cosas para espantarlo… bestias feroces, fuerzas de la naturaleza, monstruos, de todo.

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