Jean Rabe - Redención

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¿Existe la redención para un héroe caído o no hay marcha atrás? Poseído por la maldición de una escama de dragón, Dhamon Fierolobo teme la muerte y el poder insidioso de sus propios demonios. En una carrera contra el tiempo y el destino a través de Ansalon, Dhamon busca compensar sus pasados errores. En su camino se cruzan agentes de un misterioso dragón: si no consigue vencerlos, es posible que pierda su alma.

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¿Por qué tenía tantos problemas el Dragón de las Tinieblas?, se preguntaba Dhamon. ¿Podría ser que llevaba con él una pizca de la locura de Fiona, legada por el ser de Caos que había invadido su mente? Tal vez su adversario era incapaz de hacer frente a aquel inesperado fragmento de demencia instalado en el cuerpo que había estado sustentando para sus propios propósitos.

«Sí, esa locura es la última barrera —admitió su contrincante—. Pero con más magia, derrotaré esa locura. Una vez que tus amigos estén muertos, su energía será mía. Cuando se hayan ido, yo regresaré. Y entonces te destruiré».

Maldred acuchilló con las garras al hinchado Dragón de las Tinieblas. Había utilizado magia para afilar las garras, y ahora empezó a cortar a través de las escamas de la criatura hasta hacer brotar la oscura sangre.

—¡Matar al dragón es la clave! —exclamó exultante—. ¡Estoy seguro!

El draconiano forcejeaba con la naga, con las garras cada vez más apretadas alrededor del cuello del ser. Entre tanto, la dama solámnica se apartaba despacio de Ragh y Dhamon, sin dejar de contemplar como hipnotizada cómo el Dragón de las Tinieblas revivía, alzaba una zarpa y apartaba de un manotazo a Maldred igual que si se tratara de una muñeca hecha con vainas de mazorca.

El Dragón de las Tinieblas avanzó al frente, con los apagados ojos amarillentos fijos en Ragh, mientras abría las mandíbulas.

—Rig está muerto —murmuró Fiona en tono taciturno—. Y Shaon, y Raph y Jaspe. Todos muertos. Ragh estará muerto pronto. Y también Maldred. Todo el mundo estará muerto.

El Dragón de las Tinieblas apenas se molestó en echar una ojeada a la solámnica, mientras se acercaba al draconiano y a la naga, con los labios echados hacia atrás en una sonrisa cruel, que dejaba al descubierto los dientes.

A la bestia ni siquiera le importaba ella, se dijo Fiona. Primero acabaría con Maldred, luego con Ragh. Y finalmente, sólo quedaría ella con vida… sólo ella… allí sola.

La mujer dio un paso al frente, con la espada centelleando bajo la luz mágica que todavía se arremolinaba por la cueva. Pasó junto a Ragh y se aproximó al Dragón de las Tinieblas, blandió el arma en un poderoso y amplio arco, y la hundió en una gruesa placa cubierta de escamas situada en el estómago de la criatura.

El ser se volvió hacia ella, estupefacto al verse atacado por un humano solitario, y contempló con ojos entrecerrados la mágica arma.

—Tu espada —exclamó—, me la quedaré.

—¡Fiona! —gritó Maldred.

—Me quedaré con la magia de la espada —repitió el dragón—, y acabaré contigo.

Fiona escupió a la bestia y retrocedió, lanzando una nueva estocada contra la zarpa extendida de la criatura, que se hundió con fuerza en la carne e hizo brotar un chorro de sangre negra.

—¡Ven a cogerme, dragón! —aulló.

—¡Fiona, apártate! —volvió a gritar Maldred.

El ogro se había arrastrado hasta colocarse detrás del dragón, y, una vez allí, juntó los pulgares e intentó apresuradamente lanzar un conjuro. Las manos adquirieron un tenue fulgor verdoso, y él se puso en pie y apuntó con los dedos, como si se tratara de armas, al Dragón de las Tinieblas.

Ragh acabó de estrangular a la naga y la dejó caer al suelo; tras dar un traspié sobre el cuerpo de serpiente, giró en redondo y corrió en dirección al Dragón de las Tinieblas.

En ese momento, con su oponente distraído por la presencia de tantos adversarios, Dhamon sintió una oleada de poder en su interior.

En su mente el dragón que era él había estado dando caza al dragón malvado, y en aquel momento, el reflejo de sí mismo dejó escapar por la boca una nube negra que fluyó hacia el adversario.

Fiona lanzó una estocada hacia arriba, y la hechizada hoja se hundió profundamente en el tambaleante Dragón de las Tinieblas.

La criatura había sacrificado demasiada energía para alimentar el hechizo de transferencia; había usado casi toda la magia procedente del dios que lo había engendrado en el Abismo.

Fiona volvió a hundir la espada, y de este modo concedió, sin saberlo, unos minutos preciosos a Dhamon para que pudiera incrementar su batalla mental y descargar el arma que era su aliento. Dio, también, tiempo a Maldred para poner en marcha su hechizo, y a Ragh para que pudiera acercarse al anciano y cansado dragón, y usar las zarpas.

—¡Ven a cogerme, dragón! —volvió a chillar la solámnica.

El reflejo del dragón volvió a soltar aliento en la mente de Dhamon, y de improviso, aquel aliento negro se materializó. La negra nube ponzoñosa surgió como una exhalación de las fauces de Dhamon y envolvió la testa del Dragón de las Tinieblas.

En un abrir y cerrar de ojos, la criatura desapareció de la mente de Dhamon, que en ese mismo instante, consiguió por fin desprenderse de toda su indolencia.

El leviatán descargó una zarpa sobre Fiona; luego volvió la cabeza, para contemplar a Maldred con expresión inquietante. El conjuro del ogro lanzó una serie de esferas de fuego verde contra la criatura.

Maldred con su fuego verde, Ragh con sus poderosas garras, Dhamon con su aliento. Los tres se unieron para atacar a la bestia.

Y ésta sucumbió.

Igual que había sucumbido Fiona.

Cuando miraron a su alrededor, la naga había desaparecido sin dejar rastro. Ragh había creído que la aterradora criatura estaba muerta, pero Nura debió de escabullirse durante el combate final, que se saldó con la muerte de su querido amo. Los tres supervivientes carecían en aquellos momentos de las fuerzas o el ánimo para ir tras la niña-serpiente-mujer que los había atrapado en su enloquecida intriga.

Enterraron a Fiona en las profundidades de la cueva del dragón, cerca del lugar donde había efectuado su valiente y postrer ataque. Cerca de la cabeza de la mujer Maldred usó la magia para licuar la pared de roca —durante unos instantes—, luego incrustó la preciada espada larga de la solámnica en la piedra. Aquella espada que en otro tiempo había poseído magia marcaría eternamente el honroso final de la Dama de Solamnia.

Maldred extendió el hechizo sobre el suelo y las piedras rotas, para sellar aquel punto y convertirlo en una lisa capa de roca.

—Espero que haya vuelto a encontrar a Rig —comentó el draconiano cuando Maldred hubo terminado—. Espero que exista algo más allá de este mundo, un lugar al que vayan los espíritus cuando los cuerpos han acabado su función… Espero que esté allí con Rig, y que, juntos, estén en paz.

Dhamon no dijo nada. Cerró los inmensos ojos de dragón y lloró en silencio por Fiona y Rig, por Shaon, Raph y Jaspe. Por todas las vidas que había tocado y ensuciado. Minutos más tarde, en un silencio sobrenatural, se escabulló de la sala, tomando el pasadizo más amplio que ascendía a la superficie, seguido de Maldred y Ragh.

No hablaron hasta que salieron a las estribaciones. El sol se ponía, y pintaba el seco suelo con un cálido fulgor a la vez que hacía llamear las escamas de Dhamon como si fueran de metal fundido. Dhamon se tumbó en el suelo, con las zarpas extendidas hacia el horizonte y las alas plegadas contra el cuerpo.

Ragh trepó con cuidado el primero, hasta acomodarse en la base del cuello de Dhamon entre dos púas afiladas. Maldred aguardó, contemplando cómo el sol se hundía, hasta que el resplandor empezó a desvanecerse; luego se encaramó detrás de Ragh, y su mano se cerró con fuerza sobre una de las púas, las piernas bien apretadas a los costados, cuando el dragón desplegó las alas y, sin el menor esfuerzo, se elevó hacia el cielo.

Volar le resultó algo instintivo, y Dhamon se preguntó si era algo sembrado en él por la magia del dragón, o si se debía en parte a los años en que había volado sobre el lomo del Dragón Azul, Ciclón . El viento corría veloz por encima y por debajo de las alas, jugueteaba con su rostro y le acariciaba el lomo. Se dijo que debería sentirse preocupado por su destruida humanidad, pero el poder de esa nueva forma, la sensación de volar, mantenía a raya tan taciturnos pensamientos.

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