Jean Rabe - Redención

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¿Existe la redención para un héroe caído o no hay marcha atrás? Poseído por la maldición de una escama de dragón, Dhamon Fierolobo teme la muerte y el poder insidioso de sus propios demonios. En una carrera contra el tiempo y el destino a través de Ansalon, Dhamon busca compensar sus pasados errores. En su camino se cruzan agentes de un misterioso dragón: si no consigue vencerlos, es posible que pierda su alma.

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—En efecto —le llegó la respuesta que no había solicitado—; estás muy cerca.

A lo lejos, a la izquierda de Dhamon, irradió un apagado fulgor amarillo, que enseguida creció y adquirió más fuerza, hasta que la luz rebotó en un montículo de objetos con gemas incrustadas, esculturas de oro y armas doradas que se alzaba frente al Dragón de las Tinieblas, que aguardaba allí tumbado. La luz cegó momentáneamente a Dhamon, que había permanecido demasiado tiempo envuelto en una oscuridad total.

Se sintió aliviado, pero también presa de un temerario vértigo, un temor y una esperanza de que tal vez podría aún salvar a su hijo. También se encolerizó al pensar que toda su vida fuera a desembocar en ese final; que todo se redujera a ese único instante, a ese enfrentamiento con su Némesis.

Nura Bint-Drax, con el aspecto de una niña de cinco o seis años de cabellos cobrizos, se hallaban también allí, rondando cerca del Dragón de las Tinieblas. Las zarpas del leviatán estaban extendidas, casi como en una súplica, mientras que la niña Nura se hallaba en pleno proceso de lanzar un conjuro.

Dhamon empezó a avanzar hacia ella, luego vaciló. De pronto, percibió un retumbo bajo las escamas de los pies, y había palabras en el temblor, aunque no consiguió captar algunas.

—Eres hábil —ronroneó el Dragón de las Tinieblas—. Mis sirvientes ogros no se molestaron en advertirme de tu presencia, Dhamon Fierolobo. ¿Los mataste?

—Están mucho mejor muertos —replicó el aludido.

El dragón enarcó la cresta situada sobre uno de los ojos, con expresión curiosa.

Dhamon se aproximó, despacio, con cautela, sin perder de vista a Nura y sin dejar de mantener al dragón a raya, mentalmente.

—Ya he dejado de llamarme Dhamon Fierolobo. Dejé de ser Dhamon Fierolobo cuando desaparecieron los últimos vestigios de mi piel. Ahora no soy más que una criatura repugnante que creaste para destruirla. Un drac, aunque no tan bien formado como los que engendró Sable. No tengo alas, dragón. Sólo muñones. Tu creación ha resultado defectuosa. Soy una abominación.

El dragón rugió, el sonido discordante y metálico como un millar de campanas que repiquetearan, y Dhamon no supo si la criatura reía o expresaba su furia.

—Pero tu creación defectuosa y horrible es fuerte —prosiguió Dhamon, avanzando poco a poco—, y pienso mostrarte hasta qué punto.

Tensó con rapidez los músculos y saltó, pero no consiguió recorrer más que unos cuantos metros antes de estrellarse contra una barrera invisible. Por la amplia sonrisa pintada en el rostro de Nura Bint-Drax, sospechó que ésta había sido levantada por el hechizo de la naga. Sin resuello, Dhamon no pudo hacer nada contra el siguiente conjuro que la criatura le lanzó a toda velocidad.

Un puño inmenso e invisible se abatió sobre él desde las alturas, y lo aplastó contra el suelo de roca, donde lo inmovilizó al tiempo que le extraía el aire de los pulmones.

—Deprisa, amo —indicó Nura, nerviosa—. No puedo retenerlo mucho tiempo, pues realmente es muy fuerte, y parece capaz de combatir mi magia más poderosa.

—Sólo necesito un poco de tiempo Nura Bint-Drax —tronó el dragón en respuesta—. Mantenlo inmóvil, y dominaré su espíritu.

—¡No puedes retenerme! —gritó Dhamon a la naga—, y tú no puedes vencerme.

Apretó las manos en forma de zarpas contra el suelo de piedra y recurrió al odio que sentía, así como a sus energías, para ejercer presión contra aquella fuerza, que cedió sólo ligeramente. Redobló los esfuerzos.

—¡No permitiré que me doblegues, serpiente maldita!

Oyó cómo la roca se agrietaba bajo las zarpas, oyó cómo Nura musitaba palabras de ánimo al dragón, oyó cómo éste pronunciaba alargadas sílabas que le eran desconocidas, y oyó, también, el sonido de unas pisadas. Aspiró con fuerza, y captó el olor del mago ogro a poca distancia. Incluso aunque el ogro llegara a tiempo, ¿lo ayudaría?, se preguntaba Dhamon mientras ejercía más presión aún contra la fuerza invisible de la naga.

¿Conseguiría él mismo alguna cosa?

El dragón proseguía con su extraña recitación. El ruido vibraba contra las palmas correosas de las zarpas de Dhamon, mientras éste intentaba comprender las palabras, que, evidentemente, formaban parte de un conjuro. Dhamon alzó un poco la cabeza y, al volverla, consiguió ver cómo brillaban, misteriosos, los enormes ojos de la criatura. Puntos luminosos centelleaban en las partes centrales, igual que estrellas que se encendían. Al cabo de un instante, el mágico brillo se derramó cómo lágrimas para recubrir el tesoro instalado entre las garras del dragón.

—Deprisa, amo —instó Nura—. ¡Todavía lo tengo sujeto!

—No —gruñó Dhamon, negándose a rendirse.

Consiguió hacer más progresos en su lucha contra aquella fuerza y logró por fin ponerse de rodillas.

—No conseguirás inmovilizarme.

No sabía lo que el Dragón de las Tinieblas intentaba hacer, pero tenía que ser bastante peligroso si requería magia externa, y estaba claro que el montón de tesoros mágicos daba más fuerza al hechizo de la criatura. Dhamon lo había visto hacer en innumerables ocasiones estando con Maldred, con Palin y también la vez en que la señora suprema Roja, Malys, intentó utilizar la energía sobrenatural de objetos arcanos para alimentar su ascensión a la categoría de diosa.

—No puedo dejar que venzas.

—El amo vencerá. —Nura hablaba ahora con su voz de mujer—. Vivirá para siempre, y yo viviré a su lado.

Dhamon no había advertido que se había acercado a él, pero allí estaba ella, a unos centímetros de distancia, con su aspecto de querubín inocente y con las manos ahuecadas como si lo sostuviera en la palma.

—No puedes vencer a mi amo, Dhamon Fierolobo. Harías bien en rendirte y evitarte sufrimientos. La inconsciencia pondría fin a todo tu dolor.

—¡Jamás! —El ahogado grito resonó en las paredes de la caverna—. ¡No me robará el espíritu y me transformará en una infame abominación! ¡No lo hará!

—Ya eres una abominación, Dhamon. Es una lástima que no puedas verte. ¡Resultas mucho más impresionante que bajo tu endeble forma humana, pero eres una abominación! —El rostro de la niña adoptó una curiosa dulzura—. Descansa, Dhamon. Deja que tu espíritu encuentre la inconsciencia. Hazlo más fácil para nosotros y para ti mismo.

—¡Moriré antes de permitir que eso suceda!

Nura lanzó una carcajada, que sonó igual que unas campanillas agitadas por el viento.

—¡Una abominación! Pero, Dhamon Fierolobo, mi amo es misericordioso y no te dejará morir… por completo no. Ocupará tu cuerpo y desplazará tu espíritu, no importa lo mucho que te resistas.

Volvió a reír, con una risa larga y dulce, y cuando se detuvo esta vez los ojos centellearon con una malicia divertida que provocó un estremecimiento involuntario en Dhamon.

Éste siguió luchando contra el invisible campo de fuerza a la vez que rebuscaba en su interior. El horno de su pecho llameaba, y el calor se extendía desde el pecho y el estómago hasta los brazos y las piernas. El calor marcó una cadencia, y mientras Dhamon se concentraba y buscaba en su interior, el latido se convirtió en un tronar en sus oídos.

Clavó las zarpas en la piedra. En la piedra, observó con asombro, pues la fuerza sola de las garras había partido la roca.

—Lo sientes, ¿no es cierto, Dhamon Fierolobo? ¿Lo comprendes por fin? Sabes lo que mi amo está haciendo. Lo que debería haber hecho hace semanas, si tu cuerpo hubiera progresado más deprisa, si hubieras aceptado los cambios antes. Si hubieras conseguido matar a Sable…

—… lo que habría permitido que la energía mágica dispersada por la muerte de la señora suprema Negra alimentara el hechizo del Dragón de las Tinieblas.

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