Jean Rabe - Redención

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¿Existe la redención para un héroe caído o no hay marcha atrás? Poseído por la maldición de una escama de dragón, Dhamon Fierolobo teme la muerte y el poder insidioso de sus propios demonios. En una carrera contra el tiempo y el destino a través de Ansalon, Dhamon busca compensar sus pasados errores. En su camino se cruzan agentes de un misterioso dragón: si no consigue vencerlos, es posible que pierda su alma.

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—Maldred; me preguntaba cuánto tardarías en alcanzarme.

La respiración del mago ogro era irregular y profunda, y éste no dijo nada. Se dobló al frente, con las manos pegadas sobre las rodillas y el rostro de un azul más oscuro que de costumbre a causa del esfuerzo. Se irguió, por fin, y levantó la mirada para encontrarse con la de Dhamon.

Con los ojos muy abiertos, el ogro estudió a su compañero, luego desvió la vista, y encontró en la ladera de la montaña algo en lo que interesarse.

—Sí, Mal, la magia del dragón sigue cambiándome. —Dhamon alzó una mano al lado izquierdo del rostro; allí ya no quedaba piel humana, sólo escamas—. En el pecho siento como un fuego abrasador, y necesito hacer un gran esfuerzo para mantener a la bestia fuera de mi cabeza. —Elevó la mirada hacia las montañas—. Jamás he tenido miedo a morir, Mal. Ningún hombre escapa a ese destino, así que ¿por qué temerlo? Pero quería ver a mi hijo primero; también quería decir algunas cosas a Riki, disculparme con ella, y con Fiona también…

Maldred abrió la boca para decir algo, y luego se lo pensó mejor.

Dhamon echó a correr otra vez, pues sospechaba que había una entrada a la guarida del dragón por los alrededores. Comprendió que su instinto no lo engañaba a medida que aumentaba la velocidad y el olor de Maldred fue quedando atrás.

La entrada de la cueva era pequeña si se pensaba en el tamaño de un dragón, pero estaba muy bien camuflada, y resultó difícil distinguirla al principio, por lo que dudó de que pudieran descubrirla con facilidad las gentes o criaturas que viajaban hacia el norte desde Throt a Gaardlund o Foscaterra. Mercaderes y mercenarios pasarían ante ella, sin enterarse de su presencia. La ascensión resultó empinada y traicionera; incluso para alguien como él. Ocultando aún más la entrada había un saliente irregular que proyectaba una larga sombra sobre una amplia extensión de rocas afiladas y cuarteadas. En las profundidades de aquella sombra se encontraba la abertura.

El bajo techo habría dificultado bastante el acceso al Dragón de las Tinieblas, y sin duda habría provocado que perdiera unas cuantas escamas de la espalda y el vientre. Tal vez se tratara de una entrada que el leviatán utilizaba en raras ocasiones pero que mantenía en reserva, aunque, al conocer el dragón la existencia de aquel acceso, involuntariamente, había comunicado a Dhamon tal información.

El humano no sabía que, mediante un conjuro, el dragón podía convertirse en una sombra, tan delgada como una hoja de pergamino y que se deslizaba con la suavidad del agua. No sabía que el Dragón de las Tinieblas podía seguir a la mucho más pequeña Nura Bint-Drax, allí donde ésta fuera. Dhamon no sabía que el dragón en realidad prefería ese camino para entrar y salir debido a sus dimensiones reducidas y su lejanía.

—¿Lo ves? ¿Un modo de entrar?

Maldred había vuelto a alcanzarlo y atisbaba en las tinieblas sin ver nada. Se protegía los ojos del sol con una mano, mientras la otra permanecía bien cerrada alrededor del mango de la alabarda. Las manos de Dhamon habían cambiado radicalmente durante la última hora, y ahora eran zarpas, parecidas a las de Ragh, pero con garras más largas y curvas que hacían difícil asir nada. Por ese motivo, Dhamon no había protestado cuando el otro se adueñó del arma que él se había visto obligado a abandonar; tampoco parecía importarle que el mago ogro llevara también la bolsa con las mágicas tallas en miniatura, que él había desechado cuando las ropas le quedaron pequeñas, o más bien habría que decir, cuando su cuerpo las reventó.

—¿La cueva? —apremió Maldred—. ¿La ves?

—Sí —respondió él en un susurro, pero con la voz potente y extraña—. Hay una entrada pequeña. Creo que es la que más nos conviene. Parece demasiado pequeña para un ser así, pero percibo que no está abandonada, como había esperado.

—¿Hay vigilantes?

—Sí; dos, me parece. Eso es todo lo que percibo. Y son parientes tuyos.

En efecto, los centinelas eran una pareja de ogros de gran tamaño, unas bestias toscas y fornidas que montaban guardia en el exterior de la cueva, pero que, no obstante, se mostraban razonablemente aplicados, si se tenía en cuenta su retirado puesto de guardia. Enormes picas terminadas en una doble hacha descansaban apoyadas en la roca cerca de ellos, cada una más grande que la alabarda, y de la cintura de las criaturas colgaban espadones de gruesas hojas y cuchillos largos. Uno llevaba una ballesta. Atados a los enormes muslos había más cuchillos, y sujetas a la espalda llevaban largas aljabas repletas de jabalinas.

—Un arsenal andante —dijo Dhamon, pensativo.

Sabía que podía enfrentarse a los dos ogros, podía enfrentarse a una docena ya; pero podría resultar una pelea ruidosa y alertar al Dragón de las Tinieblas.

No obstante todo aquel armamento, lo que no llevaban era armadura, y ello los hacía vulnerables. No se veían escudos. Cada ogro exhibía un curioso tatuaje que le recorría el pecho desnudo, y cada uno se cubría con un taparrabos hecho con la piel de algún lagarto de gran tamaño.

«No se trata de un tatuaje —observó Dhamon al cabo de un momento—. Son escamas, me parece».

Sí, ahora estaba seguro; eran pequeños grupos de escamas.

—De modo que los ogros son peones del dragón —musitó Dhamon—. Igual que yo.

Se preguntó si acabarían convirtiéndose en dracs o en abominaciones como él. Era consciente de que seguía cambiando, de que se estaba volviendo increíblemente fuerte, y pensaba hacer que el Dragón de las Tinieblas se arrepintiera de aquel error, antes de que su alma abandonara aquel cuerpo grotesco. Se estremeció de sólo pensar en el aspecto que debía tener en aquellos momentos, y echó una ojeada a Maldred. El mago ogro se apresuró a desviar la mirada.

—¿Qué ves, Dhamon? —inquirió el ogro.

—Como te he dicho, veo a una pareja de tus feos compatriotas custodiando nuestro camino de acceso. —Los describió a toda prisa—. No creo que nos hayan visto aún, ya que nos encontramos muy lejos, y parecen muy relajados.

Sin embargo, Dhamon sí podía verlos con claridad merced a su extraordinaria capacidad visual.

»Hay otras dos entradas, la más próxima está al menos a un kilómetro y medio de aquí —siguió Dhamon.

—Probablemente custodiadas por alguien más.

—Sí, mejor custodiadas, apostaría, si son más accesibles. No quiero malgastar más tiempo buscando. Cuento mi vida en minutos ahora, Mal. —Calló unos instantes, mientras se frotaba la barbilla—. ¿Juras que jamás has estado aquí? ¿Que no conoces esta guarida?

Maldred negó con la cabeza, y la blanca melena se enredó alrededor de sus hombros.

—Ya te lo dije, Dhamon, no más mentiras. El dragón me convocó a su cueva en el pantano, y yo sabía que poseía más de un cubil. Se dice que todos los dragones los tienen, y Nura Bint-Drax alardeaba de aquéllos que había visitado. Pero yo jamás he estado aquí.

—Me pregunto si Nura Bint-Drax se encuentra aquí, también. El dragón la prefiere a ti.

—Nadie me prefiere a mí —convino Maldred con un movimiento de cabeza—. Excepto, a lo mejor, mi padre. En cuanto a los dos ogros…

—Supongo que insistirás en que se les perdone la vida, que toda vida ogra es sagrada. Hace unas semanas habría discrepado.

Pero los cambios que tenían lugar en su interior y todas las cosas que le habían sucedido habían hecho sentir a Dhamon que la vida era algo precioso.

—¿Incluso la vida de un ogro es sagrada? —siguió—. A lo mejor tienes razón. Supongo que podría atraerlos al exterior y…

—Son agentes del Dragón de las Tinieblas, como lo fui yo —respondió Maldred, que volvió a sacudir la cabeza—. Y dices que lucen sus escamas.

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