Aquellas palabras las pronunció Maldred, de pie en la entrada de la sala, sin dejar de observar con precaución al dragón y a Nura, que rondaba alrededor de Dhamon.
El mago ogro intentó desviar la mirada, reacio a fijar la vista en lo que era la forma definitiva de su compañero, pero no pudo evitar sentirse fascinado por ella. Sus ojos no dejaban de regresar a su antiguo amigo, convertido ahora en una criatura patética y deforme, en una abominación.
—Bien, príncipe —ronroneó Nura—, ya veo que Dhamon se te ha vuelto a escapar. No se te da bien controlar a tu pupilo.
Con un rugido, Maldred se abalanzó al frente, pero también él se golpeó contra una pared invisible. La niña alzó la mano, cuyos dedos centellearon igual que los ojos, mientras la boca pronunciaba palabras que no podía oír. La alabarda mágica se desprendió de la mano del mago ogro, y se elevó por los aires hasta aterrizar en el montón de tesoros que se fundía frente al Dragón de las Tinieblas.
—¿Adónde ha ido a parar tu inapreciable espada, príncipe? ¿Tu maravilloso espadón mágico? ¿El que tu padre te entregó? Y Fiona… ¿dónde está esa arma? ¿La espada que yo había forjado especialmente? ¡Quiero todas esas armas mágicas, y las quiero ahora!
Maldred golpeó con los puños la barrera invisible, luego echó la cabeza atrás y aulló de rabia.
—No dejaré que el dragón venza —masculló Dhamon para sí, sin dejar de empujar.
—Oh, pero sí lo harás. No tienes elección, Dhamon —repuso Nura, devolviendo la atención a éste, al tiempo que se acuclillaba junto a él, fuera de la barrera—. A través de la muerte de Sable o de la magia contenida en los tesoros, en realidad no importa cuál, el amo no tardará en poseer la energía necesaria para hacerse con tu cuerpo.
—Lucha contra ello, Dhamon —gritó Maldred—. ¡Lucha con todo lo que poseas!
Nura agachó el rostro para acercarlo al de Dhamon, y su cálido aliento se filtró a través de la barrera.
—Alimentará el conjuro y desplazará tu espíritu rebelde… y además colocará su esencia en el interior de tu nuevo y hermoso cuerpo de escamas.
—¡No! —chilló Dhamon, tensando los músculos de las piernas.
—El amo se muere, Dhamon Fierolobo —insistió la naga—. La energía de Caos que lo engendró y sustentó se desvanece, pero se renovará a través de tu persona. Vivirá mucho tiempo, porque yo tenía razón al fin y al cabo: tú eres el elegido.
—¡Jamás!
Dhamon presionó heroicamente, y consiguió ponerse en pie. Permaneció allí erguido, mareado y sin fuerzas; y la fuerza invisible siguió apretando, inmovilizándolo.
—Empiezas a comprender, ¿no es cierto? —El tono de Nura era casi conmiserativo mientras echaba la cabeza hacia atrás—. ¿Lo comprendes todo?
—Sí —balbuceó Dhamon, y la voz sonaba cada vez más extraña—. Soy el elegido, ¿no es eso? ¿El único recipiente que tu hinchado amo pudo encontrar para cambiarlo con su magia?
La expresión complacida de la niña titubeó de modo casi imperceptible.
—El único. ¿Verdad? ¿Con cuántos otros hizo la prueba? ¿A cuántos otros manipuló, con cuántos fracasó, qué número de ellos destruyó con su repugnante ambición?
La naga hizo un breve gesto de asentimiento.
—Nuestras pruebas demostraron que eras el único lo bastante fuerte para dominar la magia, Dhamon, gracias a la magia de dragón que ya existía en tu interior.
Debido a la maldita escama que la Roja le había colocado a la fuerza unos años atrás. Dhamon lo comprendió entonces. Gracias a la magia que el Dragón de las Tinieblas y el Dragón Plateado habían usado para romper el control de la Roja. ¡Oh!, claro que sí, poseía gran cantidad de la maldita magia de dragón en su interior.
Nura sonrió mientras observaba cómo su adversario forcejeaba bajo la presión.
—El amo siempre dijo que tu mente era más fuerte que tu cuerpo, pero yo no estaba de acuerdo, aunque realmente eres perspicaz y listo. Es una lástima que tu mente vaya a dejar de pertenecerte. Un pena que toda esa inteligencia…
Las palabras quedaron ahogadas por el poderoso rugido del Dragón de las Tinieblas, que hizo estremecer la caverna. El conjuro se había completado, y los mágicos tesoros se convirtieron en una pálida luz multicolor antes de desvanecerse en la nada. La cueva se iluminó con un estallido de luz, con la fuerza de la nueva magia, y Dhamon sintió cómo una oleada de energía penetraba a raudales a través de la pared invisible, y lo envolvía.
Dhamon se sintió arrastrado por un remolino que lo sumergía en una oscuridad asfixiante.
El calor concentrado en el pecho se desperdigó por todo el cuerpo y amenazó con consumirlo.
—¿Mal? —llamó Dhamon.
No obtuvo respuesta; no había más que tinieblas, turbulentos sonidos y un intenso calor.
Ni una sola parte de él se libró. Dagas de fuego se clavaron en su cuerpo desde todas direcciones, y se sintió desgarrado, desmembrado sobre el potro de tortura. Le arrancaban brazos y piernas del torso, en medio de un dolor insoportable.
Dhamon jadeó, aspirando todo el aire que los abrasados pulmones le permitían, al mismo tiempo que intentaba aislar alguna parte de él del agudo dolor y ver… algo… cualquier cosa.
Todo lo que consiguió detectar fue una abertura en la oscuridad que era negra como el azabache.
—¿Qué? ¿Mal? ¿Estás ahí, Mal?
Un gruñido gutural fue la única respuesta.
—¡Fuerte! —se oyó decir Dhamon en voz alta—. ¡Soy fuerte, Nura Bint-Drax! —Las palabras siguieron el rítmico latido de su corazón—. ¡Nada es más fuerte que yo, condenada serpiente! ¡Yo detendré tu magia!
Pero el hechizo de la naga ya había acabado.
El dolor y la fiebre se agudizaron hasta tal punto que Dhamon creyó —esperó— perecer antes de volver a tomar aire. Chilló, y el chillido se transformó en un rugido, que a continuación se apagó cuando el calor empezó a disminuir. Volvió a chillar sólo para estar seguro de que seguía vivo, luego aspiró profundamente y encontró la voluntad de resistir un poco más.
—El calor —musitó—, ¡me purificaba!
El calor ahuyentaba toda la debilidad de lo que en una ocasión había sido un cuerpo humano, y dejaba únicamente poder y fuerza.
—¡Viviré, Nura Bint-Drax! ¡Y mantendré una promesa que le hice a Ragh! Te veré muerta.
El cuerpo seguía cambiando, para crecer más, tal vez. Colocó una mano ante el rostro pero no vio nada excepto oscuridad. Oyó un chasquido y sintió que el pecho se ensanchaba e hinchaba, pero esa vez no sintió dolor. ¿Dónde estaban el dolor y el calor?
En aquellos momentos ya no sentía nada en realidad, comprendió sobresaltado, y en su papel de participante a la fuerza, aguardó mientras percibía cómo el tamaño del cuerpo se doblaba, para a continuación volver a doblarse.
—¡Fiona!
Desde algún lugar de la oscuridad Maldred llamaba a la dama solámnica.
De modo que el mago ogro seguía allí. ¿Por qué llamaría a Fiona? ¿Estaba también ella allí?, se preguntaba Dhamon. ¿Cómo había conseguido la mujer llegar aquí, a ese lugar situado en las profundidades de la tierra? Las tinieblas empezaron a retirarse, y el corazón de la caverna se fue haciendo visible. Podía verse a sí mismo.
«Mis ojos —oyó decir Dhamon a una voz en el interior de su cabeza—. Ves a través de mis ojos ahora, Dhamon Fierolobo, pero pronto no verás y no percibirás nada nunca más».
La consciencia del Dragón de las Tinieblas estaba totalmente incrustada en su cerebro; eran dos seres que compartían un solo cuerpo. «¿Qué magia vil podía hacer desaparecer el alma de alguien?», pensó.
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