—Hermoso —admitió Ragh, contemplando con asombro al dragón que era Dhamon—. Es… es una criatura hermosa, desde luego. Increíble.
—Hermosa o no, morirá —siseó Fiona.
La solámnica se había aproximado despacio y alzaba en aquellos momentos la espada mientras seguía acercándose poco a poco a la criatura. El dragón se movía perezosamente, debido a que los últimos vestigios mágicos del hechizo seguían actuando.
—¡Ahora es el momento de atacar! Cuando la hermosa bestia todavía es vulnerable.
—¡Nooo! —aulló Nura.
La naga había estado observando orgullosa, maravillada ante la transformación final, pero ahora, con cierto retraso, pasó a la acción.
—¡No arañarás el nuevo cuerpo de mi amo! ¡No vas a hacerle daño, mujer miserable!
Nura corrió hacia Fiona, y su aspecto cambió mientras lo hacía, su estatura aumentó, las piernas se fusionaron para formar el repugnante cuerpo de serpiente, y toda ella se estiró hasta medir seis metros de altura desde la coronilla hasta la cola. Los cabellos cobrizos se desplegaron en abanico para formar una caperuza.
Ragh entró en acción simultáneamente, tras decidir que Dhamon podía defenderse de Fiona, pero que la naga era peligrosa.
El draconiano corrió hacia la mujer-serpiente.
En ese mismo instante, el cuerpo inerte del Dragón de las Tinieblas se contrajo.
Maldred se dio cuenta e interrumpió el conjuro que había iniciado; incluso tuvo que echar una segunda mirada de tan sorprendido como estaba, pues había creído muerto al otro dragón.
—¡Ragh! ¡Fiona! —tronó—. ¡El Dragón de las Tinieblas controla ambas formas! ¡Hemos de vérnoslas con dos dragones, no con uno!
El mago ogro detuvo el hechizo, introdujo los dedos en la bolsa que llevaba y los cerró sobre la última estatuilla que le quedaba. Corrió al frente y arrojó la figura; pero, aunque había apuntado al Dragón de las Tinieblas, erró el tiro. La talla golpeó la pared de la cueva, lanzando fragmentos de roca por los aires a la vez que se desplomaba un trozo del techo. Las vibraciones arrojaron a Maldred al suelo.
En medio de la neblina levantada por los cascotes, el mago ogro creyó haber alcanzado el blanco, pero entonces el polvo y las piedras se aposentaron en el suelo, y el Dragón de las Tinieblas volvió a moverse, de un modo más perceptible esta vez.
El elegante dragón intentó moverse, pero todavía resultaba lento; era como si el Dragón de las Tinieblas no pudiera manejar los dos cuerpos a la vez.
Dhamon abrió la boca y rugió su ira.
El Dragón de las Tinieblas aulló a modo de respuesta.
—¡Matad al Dragón de las Tinieblas! ¡Al Dragón de las Tinieblas! —gritó Maldred mientras se incorporaba—. Matadlo y tal vez podamos romper el hechizo. ¡Tal vez podamos salvar a Dhamon!
Recogió la alabarda del suelo, y cargó como enloquecido contra el dragón, con quien tenía su propia deuda de venganza.
La caverna tembló a causa de toda la energía contenida en ella: la energía procedente de las estatuillas mágicas de Maldred, la existente en los conjuros del Dragón de las Tinieblas y de Nura, y la producida por la magia que había liberado el montón de riquezas.
El ruido y los constantes temblores finalmente resultaron excesivos para Nura Bint-Drax, que giró a un lado, luego a otro, como torturada por la necesidad de tener que elegir. Se revolvió contra enemigos invisibles, se alargó en dirección al Dragón de las Tinieblas, meditó la posibilidad de realizar un conjuro, y luego lo desechó mientras pensaba en otro.
Durante aquellos instantes de indecisión, los dedos de Ragh se cerraron alrededor de la caperuza de su garganta de serpiente.
—Dhamon cree que yo debería conocerte y odiarte, mujer-serpiente —escupió el draconiano—. Bueno, pues realmente te odio, pero no deseo conocer algo tan repugnante como tú. —Apretó con fuerza, a la vez que sujetaba con las piernas los costados del cuerpo de serpiente para inmovilizarla—. Sólo quiero verte muerta.
Metros más allá, Fiona se detuvo, repentinamente paralizada. La indecisión reflejaba claramente la división de su espíritu. Su honor de Dama de Solamnia la impelía a atacar al Dragón de las Tinieblas, pero también deseaba con desesperación llevar a cabo su venganza contra Dhamon.
—¿Adónde has ido, Dhamon Fierolobo? —chilló—. ¿Dónde está mi venganza? —Una lágrima recorrió el rostro cubierto de polvo—. ¿Cómo sé contra quién debo luchar?
Una parte de ella reconoció el centelleo en los ojos del dragón, el centelleo de su oscura y misteriosa mirada. Era el mismo brillo que había observado en el bebé que había sostenido en brazos horas antes. Los ojos de Rig también habían sido oscuros. ¡Cómo echaba de menos al marinero!
—Jamás tendré un hijo —dijo, bajando ligeramente la espada—. Jamás tendré…
En ese instante, Dhamon se movió por fin, arrastrándose al frente. Sentía aún como si su alma se sumergiera en dirección a la oscuridad, pero luchó contra la pérdida de consciencia con las pocas onzas de humanidad que le quedaban.
«No puedo permitir que venzas», dijo al Dragón de las Tinieblas; pero no podía permitirlo sólo por Riki y su hijo, sino también por Fiona, Ragh y Maldred, y por las innumerables otras víctimas que habían perecido y perecerían a mano de aquel renacido Dragón de las Tinieblas durante los siglos que el ser vagaría por Krynn.
«Puede que ésta sea mi única oportunidad de redimirme —siguió, mientras proyectaba sus pensamientos hacia el Dragón de las Tinieblas—. Impedir que recorras la faz de este mundo».
El otro se defendió mentalmente, con las fuerzas divididas entre las dos formas.
Dos dragones combatían en la mente de Dhamon: uno tenía escamas negras que brillaban como espejos y una figura ágil, el otro era una enorme bestia gris, lenta y agotada, pero aun así formidable.
La criatura vieja lanzó al frente una enorme garra de uñas como cuchillas, para asestar un golpe al dragón nuevo.
—Ríndete —siseó el viejo—. No tienes elección. Y no consigues otra cosa que encolerizarme al resistirte.
El dragón nuevo rugió una palabra que sonó como «Jamás», una palabra que resonó en los confines de la mente de Dhamon. La nueva criatura alargó una zarpa, también, para apartar de sí a la otra, sin herir al Dragón de las Tinieblas, aunque lo mantuvo a raya.
A medida que Dhamon se deshacía del profundo aturdimiento que lo embargaba, su objetivo se tornaba más claro.
«Has querido abarcar demasiado», indicó Dhamon al Dragón de las Tinieblas en tono amargo.
«Venceré a tu espíritu —replicó el otro—. Luego venceré a tus amigos».
En la mente de Dhamon, el viejo dragón se abalanzó sobre el reflejo del otro, con ambas zarpas extendidas y las fauces bien abiertas, para mostrar unas hileras de afilados dientes oscuros. Una lengua sinuosa surgió al exterior, y azotó con violencia el aire, antes de golpear el hocico del nuevo dragón.
Dhamon retrocedió ante la imagen mental. «Ya no tienes más objetos mágicos, dragón —maldijo con vehemencia—. No hay nada que pueda facilitar energía a tu postrer hechizo».
«Sí que tengo algo —repuso el otro al instante—. Hay magia en el sivak sin alas, y más en el mago ogro. También en la naga. Sus muertes liberarán la energía que necesito».
Entonces el Dragón de las Tinieblas empezó a retirarse de nuevo al interior de su viejo cuerpo.
—Ya habrá tiempo para dominar tu espíritu más adelante, Dhamon Fierolobo —siseó la criatura—. Primero debo reunir más de la esencia necesaria… empezando por tus amigos.
«¿De modo que no posees poder suficiente para aniquilar mi humanidad? —manifestó Dhamon—. Debe haber algo en mí que resulta demasiado difícil de vencer. ¿Qué será?».
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