Jean Rabe - Redención

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¿Existe la redención para un héroe caído o no hay marcha atrás? Poseído por la maldición de una escama de dragón, Dhamon Fierolobo teme la muerte y el poder insidioso de sus propios demonios. En una carrera contra el tiempo y el destino a través de Ansalon, Dhamon busca compensar sus pasados errores. En su camino se cruzan agentes de un misterioso dragón: si no consigue vencerlos, es posible que pierda su alma.

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—Juntos, pues —asintió ella de mala gana—. Luego debo correr tras Dhamon.

Las cosas no fueron bien. Los alarmados aldeanos ya se habían preparado para los sobresaltos y se alarmaron ante la visión de Ragh descendiendo por la calle principal. El draconiano resultó herido por una lanza hobgoblin antes de que pudiera gritar nada para mitigar los temores de la población, y en aquellos momentos se encontraba al cuidado de Riki, que lo había hecho sentar en una silla en el interior de su pequeña casa —la única silla que consideraba capaz de soportar el considerable peso del sivak— para vendarle la herida. Le aplicó ungüento en la zona herida de las costillas en la zona agujereada y le limpió la sangre del antebrazo y el hombro, que habían sido acribillados con rocas.

—¡Cerdos, pues sí que te han dejado bueno, animalito! —comentó la semielfa, que se deshacía en atenciones con el draconiano, mientras Varek y Fiona observaban—. Mis nuevos amigos de este lugar no sabían que no eras un animalito malvado. Simplemente estaban hartos de todos los…

—Hobgoblins —facilitó Ragh.

—Hobgoblins y criaturas parecidas que nos han estado impidiendo que fuéramos a ninguna parte. —Enrolló un vendaje alrededor del hombro del herido, uno que recordaba sospechosamente a un pañal infantil, y retrocedió unos pasos para admirar su obra—. Eso debería ser suficiente, Ragh.

La solámnica había tomado al bebé en brazos y lo acunaba con gesto maternal. Un niño con brillantes ojos oscuros y cabellos color trigo. En la pierna del bebé se veía una curiosa marca de nacimiento, y Fiona siguió su contorno con el dedo. La marca recordaba vagamente a una escama y era dura al tacto. El dedo de la mujer acarició el rostro de la criatura, cuyas orejas eran redondeadas, sin nada en ellas que recordara a las de su madre. Por lo que Fiona pudo observar no existía el menor parecido con Varek, sólo con Dhamon, y se preguntó si Varek había adivinado la verdad.

—Debo admitir que me sorprende que estéis vivos. —Riki se puso a charlar con el sivak—. Tú y Dhamon… y Maldred, también, según te he oído decir. —Agitó un dedo ante él—. Imaginaba que os habrían ahorcado a todos hace meses. No era mi intención abandonaros allí, en aquella cárcel, pero tenía que pensar en el bebé. Y en mí y en Varek.

Ragh lo recordó con un gruñido. Riki los había denunciado a unos caballeros de la Legión de Acero, meses atrás en una cárcel dejada de la mano de los dioses en las Praderas de Arena. Lo había hecho para garantizar la seguridad de Varek y de sí misma, y lo había hecho, al parecer, sin sentir ningún remordimiento.

—No me juzgues equivocadamente, animalito —añadió la semielfa, mientras ajustaba los vendajes una vez más—. Me alegro de que no murieras. No eres malo para ser lo que eres. Pero no comprendo cómo tú y tus amigos evitasteis la soga.

—El relato es largo y habrá que dejarlo para otro momento, Rikali —respondió él con voz cansina.

—Tengo unos cuantos de tales relatos para contárselos a mi bebé cuando sea mayor —replicó ella, alegremente—. Historias sobre este pueblo, también. Esos horribles hobgoblins nos han impedido ir a ninguna parte durante bastantes meses, y todo porque Varek y algunos de los otros trabajaban para ayudar a la Legión de Acero. No existe recompensa para las buenas obras en este triste mundo.

El draconiano asintió. La semielfa tenía razón. Las buenas acciones no resultaban provechosas.

—¿Qué hay de los solámnicos? —intervino Fiona, sin apartar ni un instante los ojos del bebé—. Tengo entendido que hay simpatizantes solámnicos en este pueblo, también.

—¡Cerdos, ya lo creo que los hay! —prosiguió Riki, al mismo tiempo que daba una palmada a Ragh en la espalda para indicar que había terminado—. Por aquí hay toda clase de gentes de ésas que son tan buenas que resultan insoportables. Me sorprende que consiguiéramos llevarnos tan bien con todas; yo, Varek y el niño. —Calló y paseó la mirada por la vivienda de una sola habitación—. ¿Dónde está Dhamon? ¿No sabéis dónde está?

—No —Fiona negó con la cabeza—, pero lo encontraré. Lo localizaré, te lo prometo.

—Estupendo —respondió ella, sin comprender del todo; luego cerró las menudas manos y las apoyó en las caderas—. Puedes decirle que Varek y yo nos hemos ido de aquí; no vamos a perder ni un minuto, esperando a que los hobgoblins regresen. Nos vamos hoy mismo. Vamos a… —Se volvió hacia su esposo—. ¿Adónde dijiste que íbamos, Varek?

—Evansburgh, creo. —Miró a su alrededor nervioso, pues no parecía que hubieran avanzado mucho en la tarea de embalar sus pertenencias—. Puede que hoy no, pero nos iremos muy pronto, Riki. Si… cuando… llegue la noticia a los Caballeros de Takhisis de que sus pequeños monstruos han sido…

—Asesinados —interpuso Fiona.

—Asesinados, sí, enviarán caballeros en lugar de hobgoblins. Evansburgh es un lugar más grande. O tal vez iremos a Haltigoth y nos perderemos allí. —Se frotó las palmas de las manos en la túnica—. Quiero que mi familia esté a salvo. Soy leal a la Legión, pero éste no es momento de arriesgar mi vida. No cometeré el mismo error de poner a Riki y a nuestro hijo en peligro.

Riki se deslizó hasta Fiona y tomó el niño.

—Di a Dhamon que probablemente nos habremos ido. También a Mal, ¿de acuerdo? ¿Se lo dirás a los dos? No me importaría volver a verlos.

La mujer no dijo nada.

—Díselo tú —agregó la semielfa, volviéndose entonces de nuevo hacia Ragh—, y diles que lamento de verdad haberlos entregado a aquellos caballeros de la Legión de Acero hace unos cuantos meses. Hice lo que tenía que hacer, tú lo comprendes. —Empezó a arrullar al bebé y le sopló con dulzura en la frente—. Díselo a los dos.

—Lo haré —respondió el draconiano, y tal vez aquello fuera otra mentira.

En un instante, el sivak llegó ante la puerta, miró al exterior y esbozó una mueca divertida al observar la presencia de un grupito de aldeanos curiosos que aguardaba fuera.

Fiona pasó veloz junto a él y salió a la brillante luz del sol.

—Sí, díselo tú a Dhamon, sivak, pero tendrás que hablar deprisa, porque cuando lo encuentre, no le quedará mucho tiempo de vida.

Riki enarcó una ceja, pero Ragh ya había salido corriendo, y alcanzado a Fiona, que tenía la espada desenvainada, con los nudillos blancos sobre la empuñadura, y la hoja del arma limpia y reluciente.

19

En la guarida del Dragón de las Tinieblas

Sentía vértigo. El olor de las montañas lo abrumaba: la piedra misma, la tierra y el polvo introducidos entre las grietas, las agujas de pino en descomposición de árboles muertos, las plumas mohosas de halcones que forraban nidos invisibles. Se dio cuenta de que habían pasado cabras por allí no hacía mucho, y al menos también un lobo que, sin duda, las seguía. También percibió el aroma de algún animal muerto dentro de una hendidura.

—Un conejo muerto que, tal vez, un búho ha subido hasta aquí —indicó Dhamon, y se dijo que olía incluso al búho, también, sorprendido por la intensidad del almizcleño olor—. El pájaro está devorando el conejo.

Dhamon oía ahora al búho y el raspar de las zarpas mientras desgarraban la carne, el sonido del pico mientras arrancaba los pedazos.

Oyó cómo la brisa removía las agujas de pino, aquéllas que se aferraban tozudamente a pequeños árboles incrustados en grietas rellenas de tierra, y también aquellas otras que habían caído y se arremolinaban sobre la superficie rocosa. Percibió unos débiles golpecitos, y al cabo de un instante se dio cuenta de que debían de ser las pezuñas de las cabras al golpear las rocas. ¿A qué distancia estaban? Sospechó que bastante lejos. ¿Hasta qué distancia podía oír? Chilló un ave, un arrendajo a juzgar por el característico sonido, y se oyó una violenta aspiración que fue más potente que ninguna otra cosa. El ruido vino acompañado de un repugnante olor a sudor y aceite.

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