Jean Rabe - Redención

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¿Existe la redención para un héroe caído o no hay marcha atrás? Poseído por la maldición de una escama de dragón, Dhamon Fierolobo teme la muerte y el poder insidioso de sus propios demonios. En una carrera contra el tiempo y el destino a través de Ansalon, Dhamon busca compensar sus pasados errores. En su camino se cruzan agentes de un misterioso dragón: si no consigue vencerlos, es posible que pierda su alma.

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Ragh, como todos los sivaks, era capaz de adoptar la forma de cualquier criatura que matara, si bien no utilizaba muy a menudo ese talento, pues prefería su cuerpo de draconiano y estaba orgulloso del modo en que sus agudos ojos sivak percibían el mundo. Un hobgoblin poseía un campo visual desconcertantemente estrecho debido a lo juntos que tenía los ojos.

El sivak flexionó los músculos de brazos y piernas hobgoblins, y los encontró adecuados pero torpes; con las manos, en especial, necesitó cierto tiempo para habituarse a ellas, debido a la excesiva longitud de los dedos. Giró el cuello a un lado y a otro y también movió los hombros, en un intento de sentirse cómodo.

—Criatura miserable —manifestó el draconiano—; desdichada criatura patética.

Sin embargo, adoptar el aspecto del hobgoblin podía resultar ventajoso, según explicó Ragh a los asombrados goblins.

—Criatura perfecta de nuestra venerada diosa —dijo Yagmurth, con una respetuosa inclinación de cabeza.

Ragh resopló divertido. Ahora, cuando se dirigía al goblin, la voz sonaba distinta; todavía áspera pero más profunda y en cierto modo desagradable a sus afiladas orejas.

—Eres sumamente poderoso y sabio, Ragh, tú la más grandiosa de las creaciones de Takhisis —repitió Yagmurth.

—Soy sumamente… algo —replicó él con una risita—. Escuchad, esto es lo que quiero hacer.

—¿Qué les has dicho? —quiso saber Fiona cuando el sivak hubo terminado de hablar en la lengua goblin, y su ejército dejó de parlotear—. Y exactamente ¿qué te ha dicho él a ti?

—Le he contado que tengo la intención de penetrar en el campamento hobgoblin y averiguar cuántos efectivos tiene su ejército y por qué están bajo custodia los aldeanos. Luego, atraeré al exterior a algunas de esas bestias para que puedas manchar un poco más de sangre la espada.

—Es aceptable —afirmó ella, tras recapacitar unos momentos—. No tardes demasiado. Debemos asegurarnos de que Riki y su hijo están a salvo, y luego tengo que ir en pos de Dhamon antes de que su rastro se enfríe. Tiene que pagar.

—Claro que tiene que pagar —masculló Ragh, sacudiendo la cabeza de hobgoblin mientras se alejaba pesadamente, seguido por todo su séquito de goblins, que avanzaban en fila india, sin dejar de chistarse unos a otros—. Seguidme —indicó, volviendo la cabeza—, y os mostraré dónde podéis ocultaros y esperar.

Fiona contempló los cadáveres de los hobgoblins y los cuerpos de ocho goblins que habían caído en el enfrentamiento, y a continuación los cubrió a todos, apresuradamente, con ramas recogidas del suelo, antes de seguir al grupo.

—Dhamon pagará —musitó para sí.

En menos de una hora, Ragh se tropezó con otros dos centinelas más, que despachó sin hacer ruido, mientras proseguía su avance hacia el campamento hobgoblin. Allí, averiguó que había más de sesenta hobgoblins de servicio; lo que significaba un ejército reducido pero que igualaba en número a los habitantes del pueblo. Sesenta eran, desde luego, bastantes más que las dos docenas de goblins con los que contaba.

El draconiano descubrió, también, que la gente de la aldea carecía de armas, ya que los hobgoblins la habían desposeído de todas las espadas, lanzas y arcos. Habían dejado a los aldeanos unos cuantos cuchillos para cocinar, pero la población estaba desarmada e indefensa.

Tras entablar conversación con un hobgoblin cansado y confiado, Ragh consiguió la siguiente información: el ejército hobgoblin había sitiado el pueblo siguiendo órdenes de los Caballeros de Takhisis, debido a que la mayoría de los habitantes de la población eran simpatizantes de los solámnicos o de la Legión de Acero. Varios vecinos habían transmitido información a enemigos de los Caballeros de Takhisis y hospedado a espías en el pasado; de modo que a los hobgoblins se les había ordenado matar a cualquier Caballero de Solamnia o de la Legión de Acero que capturaran, como advertencia a los pueblos cercanos.

Ragh recordó que el esposo de Riki había estado relacionado con la Legión de Acero en el pasado, e imaginó que ése podría ser el motivo de que su joven familia se encontrara allí. Probablemente, Varek mantenía sus antiguas lealtades.

—Conseguiré que algunas criaturas me sigan hasta este bosquecillo —explicó el draconiano a su ejército de goblins, y luego repitió lo mismo en Común para Fiona—, y espero que tú y tu gente les tendáis una emboscada, Yagmurth, pero dejad que Fiona, la humana, se ocupe de los de mayor tamaño. —También indicó en goblin, pero sin traducirlo al Común—: Dejad que la esclava humana se enfrente a los hobgoblins más peligrosos. De ese modo vosotros estaréis a salvo. Su vida no es tan valiosa como la vuestra.

Lo que no tuvo el valor de decir a Yagmurth fue que Fiona era mejor combatiente que doce de sus goblins juntos.

El draconiano, haciéndose pasar por un hobgoblin, había robado una armadura que era una mezcla de cota de mallas y piezas de metal. Durante su batida, Ragh había encontrado al general de los hobgoblins y lo había convencido para que fuera al otro lado de una elevación, donde el draconiano lo había matado y adoptado su aspecto. Aquel cuerpo de hobgoblin, algo más grande, resultaba más satisfactorio para el sivak, ya que el general se hallaba en mejor forma que el centinela. No obstante, se veía obligado a cargar con unas piernas ligeramente torcidas, que le impedían andar con comodidad.

—Ahora el enemigo cree que soy su general —dijo a los goblins con una sonrisa satisfecha—; pero no intentaré nada tan sospechoso como ordenarles a todos que se marchen. Apuesto a que algunos de ellos se opondrían. Sin embargo, les ordenaré que vengan aquí, conmigo, en pequeños grupos de los que os podáis ocupar sin problemas. Creo que conseguiré que sigan mis órdenes los suficientes como para que podamos reducir su número.

—Igual que nosotros seguimos las órdenes de la más grandiosa de las creaciones de Takhisis —declaró Yagmurth—. Igual que nosotros servimos a la criatura perfecta.

Hicieron falta varias horas, pero el plan funcionó de un modo brillante; tan brillante que Ragh, disfrazado como el general hobgoblin, consiguió atraer a los enemigos al bosque, en grupos sucesivos de reemplazo, hasta que todos los efectivos resultaron vencidos, eliminados o huyeron. Por desgracia, no obstante, aquella táctica costó casi una docena de vidas goblins. Sólo catorce de los hombres de Yagmurth sobrevivieron al combate, en ocasiones caótico. El anciano jefe sobrevivió, también, y se mostró ansioso por seguir a Ragh a cualquier otra batalla que pudiera sugerir, pero éste consiguió hacer marchar al caudillo goblin y a su menguante ejército con una falsa promesa de reunirse al cabo de dos días en el arroyo donde se habían enfrentado al coloso pardo. Entristecido, como si sospechara la verdad, Yagmurth estrechó las manos de Ragh y partió con su gente.

Fiona había disfrutado con el combate, y en aquellos momentos detestaba al sivak por despedir a los valerosos goblins.

—Mentiroso, mentiroso, mentiroso —masculló mientras los veía alejarse.

Ragh sacudió los hombros, para despojarse del aspecto de hobgoblin y recuperar su forma de sivak sin alas.

—Les has mentido, sivak.

—Sí, Fiona, les he mentido —admitió él—, y probablemente tendré que contar unas cuantas mentiras más para poder sacar a Riki, al niño y a Varek y llevarlos a lugar seguro.

La mujer sacudió la cabeza.

—Sí, Riki y Varek y… la criatura. Ésa es mi misión ahora.

—Iremos juntos —indicó Ragh en tono conciso.

A pesar de lo mucho que habría preferido enviarla de vuelta sola —pues los humanos se harían preguntas sobre la desaparición de todos los hobgoblins y la repentina y alarmante presencia de un draconiano—, seguía sin ser capaz de confiar completamente en Fiona, pues en los ojos de la mujer ya no centelleaba nada que pareciera cordura.

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