Sacó la placa de la caja y le mostró la etiqueta a Heather.
Ella sonrió.
—Piensas en todo.
—Eso intento —el robot continuaba su trabajo; ya había fabricado seis placas—. ¿Qué tal sí almorzamos ahora?
Comieron en el Club de la Facultad, que se encontraba en el 41 de Willcocks Street, enfrente de Sid Smith. El comedor estaba decorado al estilo Wedgewood: paredes azul grisáceo con frisos blancos rococó. Heather tenía los codos apoyados sobre el mantel, los dedos entrelazados delante de la cara. Advirtió que empuñaba esencialmente su anillo de casada como escudo. Ese era el problema de ser psicóloga: no podías hacer nada sin ser consciente de ello.
Bajó las manos, cruzándolas sobre la mesa… y, del mismo modo inconsciente, colocó la mano izquierda encima. Heather bajó la mirada, vio el anillo asomando, y se permitió un minúsculo encoger de hombros.
Pero a Paul no se le pasó por alto.
—Estás casada.
Heather exhibió el anillo de nuevo mientras alzaba la mano.
—Desde hace veintidós años, pero… —hizo una pausa, preguntándose qué decir. Luego, tras unos instantes de pugna interna, lo hizo—. Pero nos hemos separado.
Paul alzó las cejas.
—¿Hijos?
—Dos hijas. Teníamos dos.
Él ladeó la cabeza ante la extraña frase.
—¿Las ves mucho?
—Una de ellas murió hace unos años.
—Oh, vaya. Oh, lo siento.
Tuvo el buen gusto de no preguntar cómo: subió un par de puntos en la estimación de Heather.
—¿Qué hay de ti?
—Divorciado, hace tiempo. Un hijo; vive en Santa Fe. Paso allí las navidades con él, su esposa y sus hijos. Es agradable poder escapar del frío.
Heather puso los ojos en blanco, como si parte de ese frío resultara agradable en esta época del año.
—Tu marido —dijo Paul—, ¿a qué se dedica?
—Está aquí en la universidad. Kyle Graves.
Paul alzó las cejas.
—¿Kyle Graves es tu marido?
—¿Lo conoces?
—Está en informática, ¿verdad? Estuvimos juntos en un comité hace unos años… estableciendo el Centro Kelly Gotlieb.
—Ah, sí. Me acuerdo de cuando hizo eso.
Paul la miró, sonriente, sin parpadear.
—Kyle debe ser tonto por dejarte escapar.
Heather abrió la boca para protestar que ella no se había escapado, que era solamente una separación temporal, que las cosas eran complejas. Pero entonces cerró la boca y ladeó la cabeza, aceptando el cumplido.
Llegó el camarero.
—¿Quieres un poco de vino con el almuerzo? —preguntó Paul.
Después de almorzar, mientras regresaba sola a su despacho, Heather usó su datapad para acceder al correo de voz. Había un mensaje de Kyle, diciendo que tenía que hablar con ella de algo importante. Como estaba cerca de Mullin Hall, decidió pasarse por allí y ver qué quería.
—Oh, hola, Heather —dijo Kyle, una vez que la puerta de su laboratorio se descorrió—. Gracias por venir. Tengo que hablar contigo. Siéntate.
Heather estaba un poco mareada por el vino que había tomado; sentarse parecía en efecto una buena idea. Se sentó delante de Chita.
Kyle se encaramó en el borde de una mesa.
—Tengo que hablar contigo sobre Josh Huneker.
Heather se envaró.
—¿Qué pasa con él?
—Lo siento; sé que me pediste que no lo mencionara nunca, pero bueno, su nombre apareció hoy.
Heather entornó los ojos.
—¿En qué contexto?
—¿Hubo algo extraño en su muerte?
—¿Qué quieres decir con «extraño»?
—Bueno, dijeron que se mató porque era gay.
Heather asintió.
—Yo no lo sabía, pero sí, eso es lo que dijeron.
Entonces se encogió un poco de hombros, como reconociendo cómo habían cambiado los tiempos: no podía imaginar a nadie suicidándose por esa causa hoy en día.
—¿Pero crees que no era gay?
—Oh, Cristo, Kyle, no lo sé. Parecía auténticamente interesado en mí, pero dijeron que tenía una relación sexual con el tipo que yo consideraba únicamente su compañero de habitación. ¿Qué es lo que pasa?
Kyle inspiró profundamente.
—Una mujer ha venido a verme hoy. Dice que representa a un consorcio que tiene una copia de un disco que contiene un radiomensaje extraterrestre que Huneker recibió justo antes de morir.
Heather asintió.
—No pareces sorprendida.
—Bueno, no es la primera vez que oigo la historia de que detectó un mensaje. Es un rumor que lleva años coleando en los círculos del SETI. Pero ya sabes, es sólo una historia.
—Parece demasiada coincidencia, ¿no? —dijo Kyle—. Quiero decir, dos mensajes, aparentemente de dos estrellas distintas, tan cerca uno del otro: la gente a la que Huneker detectó en 1994, y luego la secuencia de mensajes de Alfa Centauri, iniciada trece años más tarde.
—Oh, no sé —dijo Heather—. Los investigadores del SETI pensaron originalmente que podríamos detectar muchos más mensajes de los que hemos captado hasta ahora. En 1994 sólo llevábamos treinta años escuchando señales de radio alienígenas: podría haber habido incontables intentos para entrar en contacto con nosotros antes de que tuviéramos radiotelescopios, y podríamos encontrarnos con otro contacto mañana… no sabemos con qué frecuencia hay que esperar radiocontactos con otra civilización.
Kyle asintió.
—Clausuraron el radiotelescopio Algonquino poco después de que Huneker supuestamente detectara su mensaje.
Heather sonrió tristemente.
—No tienes que recordar los recortes presupuestarios del gobierno. Además, si ese disco existe, ¿por qué acuden a ti?
—La mujer dijo que Huneker había codificado el mensaje usando RSA… un sistema que emplea los factores primos de números muy grandes como clave.
—¿Hacían cosas así entonces?
—Claro. Ya en 1977, Rivest, Shamir y Adleman, los tres científicos del MIT que elaboraron la técnica, codificaron un mensaje usando el producto de 129 dígitos de dos primos. Ofrecieron una recompensa de cien dólares a quien pudiera decodificarlo.
—¿Y lo hizo alguien?
—Años más tarde, sí. En 1994, creo.
—¿Qué decía?
—«Las palabras mágicas son osífragas volátiles».
—¿Qué demonios es una osífraga?
—Un ave de presa, creo. Para romper el código hicieron falta seiscientos voluntarios utilizando ordenadores por todo el mundo, cada uno trabajando en una parte del problema durante un periodo de ocho meses… más de cien cuatrillones de instrucciones.
—¿Entonces por qué no han hecho lo mismo con el mensaje de Josh?
—Usó 512 dígitos… y cada dígito adicional es un orden de magnitud adicional, naturalmente. Llevan trabajando en el tema, empleando medios convencionales, desde entonces, pero no han conseguido nada.
—Oh. ¿Pero por qué ha acudido a ti ese consorcio?
—Porque piensan que estoy a punto de hacer un hallazgo en el campo de los ordenadores cuánticos. Todavía no estoy preparado… sólo tenemos un prototipo de sistema, y aunque consigamos despiojarlo, sólo funcionará con números que tengan exactamente trescientos dígitos de longitud. Pero dentro de unos cuantos meses, con suerte, tendré un sistema qué pueda decodificar mensajes de cualquier longitud… casi instantáneamente.
—Ah.
—Esa mujer que vino a verme, creo que quiere patentar la tecnología que se extraiga del mensaje.
—Eso es escandaloso —dijo Heather—. Aunque ese mensaje exista, y la verdad es que lo dudo, le pertenece a la humanidad —hizo una pausa—. Y además…
—¿Qué?
—Bueno —dijo Heather, frunciendo el ceño—, si existe, entonces Josh se suicidó después de ver lo que decía. Tal vez… tal vez no querrás saber lo que dice.
—¿Quieres decir que su suicidio tal vez tuviera que ver con el mensaje?
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