—¿Pero por qué tendría yo que estar de acuerdo en hacer esto para ustedes?
—Tenemos una copia del disco de Huneker… algo muy difícil de conseguir, créame. Mis asociados y yo creemos que el disco contiene información que podría ser de gran valor comercial… y si podemos decodificarlo primero, todos ganaremos un montón de dinero.
—¿Todos?
—Cuando hablé con ellos por teléfono, mis asociados me dieron plenos poderes para ofrecerle un dos por ciento de todos los beneficios.
—¿Y si no hay ninguno?
—Lo siento, tendría que haber sido más explícita: estoy dispuesta a ofrecerle cuatro millones de dólares por adelantado, a descontar del dos por ciento de todos los beneficios. Y usted se queda con todos los derechos de su tecnología de ordenadores cuánticos: nosotros sólo queremos decodificar ese mensaje.
—¿Qué les hace pensar que hay algo de valor comercial en el mensaje?
—La segunda nota escrita a mano por Huneker decía simplemente: “Mensaje de radio extraterrestre… descubrimiento de nueva tecnología”. El disco con la transmisión codificada… uno de tres pulgadas y media, si recuerda usted esas cosas… se encontró encima de esa nota. Huneker había entendido claramente ese mensaje y consideró que describía una tecnología innovadora.
Kyle vaciló y se arrellanó en su asiento.
—Me he pasado media vida tratando de descifrar lo que quieren decir los estudiantes cuando escriben algo. Podría haber dicho que necesitábamos una tecnología nueva, como los ordenadores cuánticos, para decodificar ese mensaje.
Chikamatsu pareció indebidamente optimista.
—No, debe describir alguna gran innovación… y nosotros la queremos.
Kyle decidió no discutir con ella; estaba claro que dedicaba demasiado tiempo y dinero a este tema para considerar que podía ser algo inútil.
—¿Cómo han sabido de mí?
—Llevamos años siguiendo el progreso de los ordenadores cuánticos, profesor Graves. Sabemos exactamente quién hace qué… y lo cerca que están de hacer un hallazgo. Usted y Saperstein, en Technion, están a punto de resolver las dificultades técnicas.
Kyle suspiró. Odiaba a muerte a Saperstein, desde hacía años. ¿Lo sabía Chikamatsu? Probablemente. Lo que significaba que podría estar tentándolo. Sin embargo, cuatro millones de dólares…
—Déjeme pensarlo —dijo.
—Volveré a ponerme en contacto con usted —dijo Chikamatsu, incorporándose. Extendió la mano para recuperar la oblea de memoria.
Kyle se sintió reacio a soltarlo.
—Sólo tiene la clave pública —dijo Chikamatsu—. Sin el mensaje extraterrestre, es inútil.
Kyle vaciló un instante más, luego le tendió la oblea de plástico, ahora cubierta por el sudor de su palma.
Chikamatsu la limpió con una toallita de papel, luego la volvió a meter en su bolso.
—Gracias —dijo—. Oh, y un consejo más… sospecho que no somos los únicos conscientes de su investigación.
Kyle se encogió de hombros y trató de parecer tranquilo.
—Entonces tal vez debería esperar a la mejor oferta.
Chikamatsu se encontraba ya en la puerta.
—Creo que no le gustará el tipo de ofertas que hacen.
Y entonces se marchó.
En el despacho de Heather sonó el teléfono. Ella miró el indicador de llamada y supo que ésta se producía desde dentro de la Universidad. Eso supuso un alivio: empezaba a cansarse de los periodistas. Pero claro, también parecía que ellos se habían cansado de ella. El cese de los mensajes extraterrestres era ya noticia pasada, y los periodistas parecían estar dejándola en paz. Heather cogió el teléfono.
—¿Sí?
—Hola, Heather. Soy Paul Komensky, del laboratorio de MAO.
—Hola, Paul.
—Me alegra oír tu voz.
—Ah, también la tuya, gracias.
Silencio, y entonces:
—Yo, esto… tengo preparadas todas esas substancias que me pediste que mezclara.
—¡Magnífico! Gracias.
—Sí. El substrato no es nada del otro jueves, esencialmente sólo un poliestireno. Pero el otro material, bueno, yo tenía razón. Es un líquido a temperatura ambiente, pero solidifica… en una fina película cristalina.
—¿De verdad?
—Y es piezoeléctrico.
—Pi… pi… ¿qué?
—Piezoeléctrico. Significa que cuando lo sometes a tensión, genera electricidad.
—¿De verdad?
—No mucha, pero algo.
—¡Fascinante!
—En realidad no es tan raro: sucede mucho en diversos minerales. Pero no me lo esperaba. Los cristales en los que solidifica este material son similares a lo que nosotros llamamos relajadores ferroeléctricos, una especie de cristales piezoelectricos que pueden deformarse, es decir, cambiar de forma, unas diez veces más que los cristales piezoelectricos normales.
—Piezoeléctrico —dijo Heather en voz baja. Usó la yema del dedo para escribir la palabra en su datapad—. He leído algo al respecto… pero no puedo recordar dónde. De todas formas, ¿puedes hacer ya los cuadrados?
—Claro.
—¿Cuánto tardarás?
—¿En total? Aproximadamente un día.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
—¿Puedes hacerlo por mí?
—Claro —una pausa—. ¿Por qué no te pasas por aquí? Quiero mostrarte el aparato, para asegurarme de que vaya a producir exactamente lo que quieres. Entonces podemos empezar, y tal vez podamos almorzar luego.
Heather vaciló por un instante.
—Claro. Claro —dijo luego—. Voy para allá.
El equipo manufacturador era sencillo.
Extendido sobre el suelo del laboratorio de Paul Komensky había un trozo del material substrato que medía unos tres metros de lado; dos paneles adicionales se apoyaban contra una pared, casi tocando el techo.
La capa inferior era de color gris oscuro, como los paneles de circuitos informáticos. Y en lo alto de la placa había un robot del tamaño de una caja de zapatos, con un tanque cilíndrico adosado a la espalda.
Heather se hallaba junto a Paul. Un monitor a su lado mostraba el duodécimo mensaje radiado: el primero después de las lecciones básicas de matemáticas y química.
—Acabamos de activar el robot —dijo Paul—, y empieza a moverse por la superficie de la capa inferior. ¿Ves ese tanque? Contiene el segundo producto químico, el líquido. El robot rocía el producto siguiendo la pauta indicada en el monitor. Luego usa un láser para cortar la placa y sacarla de la capa inferior. Luego le da la vuelta a la placa y pinta exactamente la misma pauta en el otro lado: me he encargado de que lo haga siguiendo exactamente la misma orientación, para que si el sustrato se despeja, las pautas se alineen a la perfección. Luego utiliza unos de sus pequeños manipuladores para colocar el cuadrado en esas cajas de allí.
Pulsó un botón, y el robot siguió haciendo lo que él describía, hasta producir una placa que medía unos diez centímetros por quince. Heather sonrió.
—Tardará un día en cortar las placas, y cuando acabe, todas las placas se guardarán en el orden en que debían encajar, dentro de las cajas.
—¿Y si se me cae la caja?
Komensky sonrió.
—Sabes, mi hermano mayor hizo eso una vez. Su primer curso de informática tuvo lugar en el instituto, a principios de los años setenta. Entonces lo hacían todo con tarjetas perforadas. Escribió un programa para que imprimiera un poster de Farrah Fawcett… ¿la recuerdas? Estaba hecho con caracteres impresos, asteriscos, signos del dólar, barras, simulando una foto en semitonos si te alejabas lo bastante. Se pasó meses en ello y luego se le cayó la maldita caja con las tarjetas y todas se entremezclaron —se estremeció—. Por si acaso, el robot está colocando pegatinas con el número de serie en cada una de las placas. Son removibles: si quieres quitarlas, no tendrás problema.
Читать дальше