Robert Sawyer - Factor de Humanidad

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En el año 2007 se detecta una señal procedente del espacio profundo. Misteriosos e ininteligibles flujos de datos son recibidos durante diez años. Entonces la señal se detiene.
Heather Davis, profesora de la Universidad de Toronto, ha dedicado toda su carrera a descifrar el mensaje. Mientras, su vida personal ha sucumbido: una hija suicida, un matrimonio destrozado. Pero es ella quien finalmente descifra el mensaje. Descubre una sorprendente tecnología nueva que puede abrirse paso a través de las barreras del espacio y el tiempo, con la promesa de una nueva etapa en la evolución humana. Parecen cercanos una capacidad de exploración ilimitada... o el final de la raza humana.
Factor de humanidad El canadiense Robert J. Sawyer ganador del Premio Nebula y nominado al Premio Hugo por
, habiendo sido finalista los cuatro últimos años, es uno de los autores más aclamados y respetados del momento en Estados Unidos.

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—Gracias —repitió Heather.

—Naturalmente, sabes que un teseracto auténtico sólo tiene veinticuatro caras.

¿Qué? —dijo Heather. No podía haber metido la pata de una forma tan fundamental—. Pero Kyle dijo…

—Oh, cuando está desplegado, parece tener cuarenta y ocho caras, pero cuando se pliega, cada una de las caras toca otra, dejando solo veinticuatro. La del fondo se pliega para tocar la de arriba, los cubos laterales se pliegan hacia adentro, y así sucesivamente. Aunque no se puede decir que haya forma de plegarlo, por supuesto —hizo una pausa—. ¿Nos vamos?

Heather asintió, y se pusieron en marcha, empujando las carretillas.

Naturiamente, una vez que llegaran al despacho de ella, podría darle las gracias y dejarlo marchar, pero…

¡Pero dos mil ochocientas placas! Tardaría una eternidad en montarlas ella sola.

Paul podría estar dispuesto a ayudar, y…

No. No. No podía pedírselo, no podía pasar más tiempo con él. Primero había que resolver las cosas con Kyle.

Pero…

¿Pero cómo podría hacerlo? ¿Cómo podría saberlo con seguridad? ¿Y si no lo supiera, se tensaría siempre cada vez que la mano de Kyle tocara su cuerpo?

Miró a Paul mientras subían por St. George.

Sus manos sujetaban las agarraderas cubiertas de goma. Manos bonitas, manos fuertes. Dedos largos.

—Sabes —dijo Heather, vacilante—, si no tuvieras nada que hacer, seguro que me vendría bien una mano para montar todas esas placas.

Él la miró y sonrió. Era en efecto una bonita sonrisa.

—Claro —dijo—. Me encantaría.

Paul y Heather consiguieron cruzar el campus con las cajas, después de detenerse a descansar un par de veces en los bancos del parque por el camino. Subieron la rampa para minusválidos hasta la entrada de Sidney Smith Hall. Había un estudiante melenudo delante de ellos, vestido con una camisa de cuero Varsity Blues con el nombre «Kolmex» en la espalda. Heather pensó que el estatus de aquel tipo como jugador de fútbol debía haber sido muy importante para su auto-imagen y por eso llevaba una chaqueta de cuero en mitad de agosto. Esperaba que al menos le mantuviera la puerta abierta, pero la dejó cerrar de golpe tras él, con un castañeo de cristales. Paul alzó las cejas, compartiendo una expresión con Heather, de un profesor a otro… la medida de los chicos de hoy. Luego manipuló su carretilla para poder liberar una mano lo suficiente para abrir la puerta.

Por fin, los dos llegaron al despacho.

—Ah —dijo Paul, mirando alrededor mientras entraban—. Compartes un despacho.

Heather asintió; incluso las universidades tenían sus órdenes.

—Sólo soy profesora asociada —dijo—. Tomé varios años libres para criar a mis hijas… supongo que tengo que ponerme al día. Mi compañero de despacho, Omar, está de vacaciones durante el verano.

Heather utilizó el pie para sacar la caja de la plataforma de la carretilla, y luego se desplomó en una silla para recuperar el aliento. Sacudió levemente la cabeza y contempló la habitación. Tendrían que retirar la mesa de Omar (oh, qué alegría) pero si la colocaban contra aquella estantería, habría suficiente espacio en el suelo para empezar a montar el rompecabezas extraterrestre.

Paul descansaba también, utilizando la silla de Omar. Sin embargo, después de un par de minutos, los dos se levantaron y movieron la mesa. Luego ella cogió una copia en papel del plan de programa del DAC para el primer panel, abrió la primera caja de placas, y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas. Paul se sentó a un metro de distancia. Ella podía oler un poco a su sudor; había pasado mucho tiempo desde la última vez que olió el sudor de un hombre.

Empezaron a colocar las placas. Resultó gratificante ver cómo las pautas aparentemente aleatorias se conectaban unas con otras en los límites de las placas.

Mientras trabajaba, Heather pensaba en la clase de pegamento que Paul había dicho que empleaba en los bordes de las placas: lengua y saliva. Se le ocurrieron varios buenos chistes, pero se los guardó.

A eso de las ocho y media, Paul y Heather pidieron una pizza y cocacolas; para deleite de Heather, pudieron ponerse de acuerdo en los ingredientes de la pizza en cuestión de instantes: con Kyle siempre era cuestión de arduas negociaciones.

Paul ofreció su tarjeta SmartCash cuando apareció el repartidor, pero Heather insistió en que era él quien le estaba haciendo el favor, y por eso pagó. Le agradó que Paul claudicara con elegancia.

Dieron las diez antes de que terminaran de montar las cuarenta y ocho grandes placas. Cada una medía unos setenta centímetros de lado. Tras completarlas, habían apoyado cada una de ellas contra el borde de la mesa de Omar.

Ahora era cuestión de construir la maldita cosa. Usando los clips y abrazaderas que Paul había traído, conectaron los lados. Al final, montaron los ocho cubos.

En general, las marcas de pintura (que brillaban ligeramente, como si fueran de mica) seguían sin formar ninguna pauta reconocible, pero fluían sobre la superficie de las cajas de forma intrincada, recordando a circuitos impresos.

Usando el diagrama DAC como guía, continuaron montando los cubos en un conjunto mayor. No pudieron levantarlo (el techo no era lo suficientemente alto), así que lo colocaron en horizontal, con el eje de cuatro cubos paralelo al suelo:

La estructura descansaba sobre un cubo apoyaron el lado del eje que sobresalía - фото 2

La estructura descansaba sobre un cubo; apoyaron el lado del eje que sobresalía más sobre una pila de libros de textos. La estructura terminada se alzaba casi hasta el techo.

Cuando acabaron, Heather y Paul se sentaron a mirarla. ¿Era una obra de arte? ¿Un altar? ¿U otra cosa? Ciertamente, resultaba provocador que tuviera forma de cruficijo (incluso ahora, de lado, la imagen era inevitable), ¿pero cómo podían compartir los extraterrestres ese simbolismo? Aunque uno estuviera dispuesto a conceder que un Dios putativo pudiera haber tenido hijos mortales putativos en otros mundos, sin duda nadie más habría inventado la cruz como método de ejecución: después de todo, se adaptaba a la anatomía humana. No, no, el parecido tenía que ser una coincidencia.

Todo el artilugio parecía destartalado. De hecho, más que nada, le recordaba a Heather algo que le había sucedido en la guardería. Su clase acudió en 1979 a ver el primer aterrizaje de un Concorde en lo que entonces se llamaba Aeropuerto Internacional de Toronto. Después de regresar, para que los niños jugaran, un amable conserje hizo una figura de Concorde a partir de un cubo de basura y varias placas de aluminio. Este aparato era tan frágil como aquel.

Paul sacudió la cabeza, asombrado.

—¿Qué crees que es?

Heather se encogió de hombros.

—No tengo ni la menor idea.

Miró su reloj, y Paul miró el suyo.

Caminaron juntos hasta la estación de metro. Heather tenía que ir hasta Yonge, al este; Paul, que vivía en un condominio en Harbourfront, tenía que ir al sur, hasta Union. La acompañó hasta el andén, sólo para asegurarse de que Heather subía a su tren. La estación St. George seguía decorada con losas verde pálido, no muy diferentes a las placas que habían montado esa noche. Los túneles eran bastante rectos aquí; Heather pudo ver el tren que se acercaba.

—Gracias, Paul —dijo, sonriendo débilmente—. De verdad que aprecio tu ayuda.

Paul le tocó el brazo ligeramente; eso fue todo. Heather se preguntó qué habría hecho si él hubiera intentado besarla.

Y entonces su tren llegó a la estación, y ella regresó a una casa vacía.

Heather se pasó toda la noche dando vueltas, soñando alternativamente con el extraño artefacto extraterrestre y con Paul.

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