La mayor parte del trayecto hasta el trabajo era subterráneo, pero en dos tramos a lo largo del Yonge el metro se convertía en un tren normal y asomaba a la luz del día. En esos dos puntos (alrededor de las estaciones de Davisville y Rosedale), la luz del sol pareció dolorosamente intensa a los ojos privados de sueño de Heather.
Por fortuna, cuando por fin llegó a su despacho, las cortinas estaban todavía echadas. No podía trabajar bien con los ocho cubos del artefacto dominando la habitación. Pero se sentó en silencio en la oscuridad, sorbiendo una taza de café que había comprado en la cafetería del vestíbulo, esperando a que la cabeza dejara de martillearle.
Cosa que hizo por fin. Ella esperaba que una noche de sueño pudiera sugerir algún tipo de respuesta al rompecabezas representado por lo que habían construido, pero no se le había ocurrido nada. Y ahora, al observar aquella cosa, se sentía como una tonta… ¡qué locura había sido! Se alegraba de que Omar (y todos los demás) estuvieran de vacaciones.
Heather tomó otro sorbo de café y decidió que estaba preparada para enfrentarse con el día. Se levantó, se acercó a la ventana y descorrió las ajadas cortinas. La luz del sol entró a raudales.
Se sentó de nuevo, acunándose la cabeza con las manos, y…
¿Qué demonios?
Las marcas pintadas en los paneles centelleaban a la luz del sol. Eran una película cristalina, cosa que quizá no debería ser tan sorprendente, pero…
… parecían bailar, titilar.
Se levantó y cruzó la habitación para observarlas con más atención, y…
… y tropezó con un montón de impresos que había dejado en el suelo. Resbaló hacia adelante, y chocó contra la estructura que había construido.
Debería haberla reducido a pedazos. No sólo los grandes paneles cuadrados, sino también las múltiples conexiones entre los millares de plaquitas.
Tendría que haber hecho eso… pero no fue así.
La estructura aguantó. De hecho, Heather estuvo a punto de romperse el brazo cuando chocó con ella.
Algo sujetaba los paneles. De cerca, pudo ver que las marcas cuadradas individuales de las plaquitas destellaban por separado, refractando la luz como la superficie de una pompa de jabón.
Ayer la estructura era frágil, inestable, sujeta por agarraderas, sostenida por un montón de libros.
Pero hoy…
Se dirigió al otro lado de la estructura, para examinarla. Luego le dio un buen golpe con los nudillos. Era sólida, pero no completamente inmóvil; la unidad se desplazó un poco. Su caída había apretado una cara contra la pared. Heather usó el pie para tirar la pila de libros que sostenían ese extremo; los volúmenes cayeron en cascada al suelo.
Pero el cubo permaneció de pie, sólido. En vez de desplomarse por su propio peso, la fila de cubos seguía erguida en el espacio.
Tal vez la pintura actuaba como una especie de cemento cuando tenía tiempo para secarse. Tal vez…
Contempló la habitación, vio la luz que se filtraba por la ventana, vio su propia sombra en la pared del fondo.
¿Podría funcionar con energía solar?
Luz solar. La única fuente de energía a la que podrían tener acceso en cualquier lugar del universo. No todos los mundos contenían elementos pesados, como el uranio, y seguro que no todos tenían yacimientos de combustible fósil. Pero todos los planetas de la galaxia orbitaban alrededor de una o más estrellas.
Se puso en pie, corrió las cortinas.
El objeto permaneció rígido. Heather suspiró; naturalmente, no podía ser tan simple. Se sentó de nuevo ante su mesa, pensando.
Hubo un crujido al otro lado de la habitación. Ante sus ojos, ella vio cómo el artefacto empezaba a desmoronarse. Se puso en pie de un salto, cruzó la habitación y trató de coger el último cubo antes de que se soltara, mientras los dos paneles laterales y el fondo y la parte delantera se deshacían.
Intentó sostener el resto de la estructura con una mano mientras reconstruía frenéticamente su muralla de libros con la otra. Una vez tuvo el objeto asegurado, corrió a la ventana y volvió a abrir la cortina.
Obviamente, aquella cosa tenía una extraña capacidad para almacenar energía. Eso sólo tenía sentido en un aparato impulsado por energía solar: no podría desmoronarse cada vez que alguien le hiciera sombra.
Pues muy bien.
Lo primero era asegurarse de que el artefacto recibía energía permanentemente; dentro de un par de horas ya no entraría el sol por aquella ventana. Pensó en sacarla al exterior, pero eso sólo resolvería el problema hasta la noche. Estaba claro que las luces fluorescentes del despacho no proporcionaron iluminación suficiente para dotar de energía al aparato ayer, pero podría traer focos de alta potencia del Departamento de Teatro, o tal vez de Botánica.
Sintió cómo la adrenalina se apoderaba de ella. Todavía no tenía ni idea de lo que había descubierto, pero claramente había hecho más progresos con los mensajes extraterrestres que ninguna otra persona.
Consideró durante un momento en conectar con la página web del Centro de Señales Alienígenas e informar de lo que había descubierto. Eso sería suficiente para asegurar su prioridad. Pero también significaría que en los próximos días, cientos de investigadores duplicarían lo que ella ya había hecho… y uno de ellos podría dar el próximo paso y descubrir para qué servía aquella maldita cosa. Tenía una docena de años de carrera con los que ponerse al día; descubrir el propósito del artilugio podría ser suficiente para compensar todo el tiempo perdido…
Fue a buscar los focos.
Y luego se puso a trabajar.
Kyle entró en su laboratorio y las luces se encendieron automáticamente.
—Buenos días, Chita.
—Buenas, doctor Graves.
—Eh, eso ha estado bien «Buenas». Me gusta.
—Lo estoy intentando —dijo Chita.
—Desde luego que sí.
—¿Eso ha sido un retruécano?
— ¿Moi? —pero entonces Kyle se encogió de hombros y sonrió—. La verdad es que sí… lo has pillado bien. Estás haciendo progresos.
—Eso espero. De hecho… ¿qué le parece esto?
Chita hizo una pausa, al parecer esperando a que Kyle le dirigiera toda su atención.
—Julio César no era sólo el tío-abuelo de Augusto, también era el hijo de la Bruja Malvada del Oeste, y como la Bruja Malvada, podía morir con agua. Bueno, pues Casio y el resto de los conspiradores republicanos decidieron que no necesitaban cargarse al Gran Julito con cuchillos… podían hacerlo más fácilmente con pistolas de agua. Así que se agazapan, y cuando llega del capitolio, abren fuego. César resiste, hasta que ve que su mejor amigo también le dispara, y con eso, murmura sus últimas palabras antes de caer muerto: H2 Brute?
Kyle se echó a reír.
Chita pareció asombrado.
—¡Se está usted riendo!
—Es bastante bueno.
—Tal vez algún día coja el tranquillo a eso de ser humano —dijo Chita.
Kyle se puso serio.
—Si lo haces, no te olvides de decírmelo.
Los focos estaban preparados: tres grandes lámparas con lentes Fresnel sobre trípodes y aletas para limitar el rayo. Proporcionaban una fuente constante de energía para el artefacto extraterrestre, permitiéndose hacer lo que fuese que hacía.
Y hasta ahora parecía que lo único era permanecer rígido. Heather imaginó que habría una buena franja de mercado para un producto así (Kyle se le pasó por la mente), pero suponía que los alienígenas no se habrían pasado diez años para decirle simplemente cómo hacer que algo se quedara tieso.
Y sin embargo, quizás eso era en efecto lo que los alienígenas habían querido decir: un modo de que los materiales soportaran grandes tensiones, para construir así naves espaciales de alta velocidad. Después de todo, para viajar entre la Tierra y los mundos centauros harían falta aceleraciones importantes.
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