Robert Sawyer - Factor de Humanidad

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En el año 2007 se detecta una señal procedente del espacio profundo. Misteriosos e ininteligibles flujos de datos son recibidos durante diez años. Entonces la señal se detiene.
Heather Davis, profesora de la Universidad de Toronto, ha dedicado toda su carrera a descifrar el mensaje. Mientras, su vida personal ha sucumbido: una hija suicida, un matrimonio destrozado. Pero es ella quien finalmente descifra el mensaje. Descubre una sorprendente tecnología nueva que puede abrirse paso a través de las barreras del espacio y el tiempo, con la promesa de una nueva etapa en la evolución humana. Parecen cercanos una capacidad de exploración ilimitada... o el final de la raza humana.
Factor de humanidad El canadiense Robert J. Sawyer ganador del Premio Nebula y nominado al Premio Hugo por
, habiendo sido finalista los cuatro últimos años, es uno de los autores más aclamados y respetados del momento en Estados Unidos.

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Chikamatsu pareció decepcionada.

—¿Y el otro motivo?

Kyle alzó las cejas.

—El otro motivo, señorita Chikamatsu, es que no soy ningún criminal.

—¿Cómo… cómo dice?

Kyle blandió la oblea de memoria en la mano mientras hablaba.

—Sólo hay una aplicación práctica para descomponer en factores números grandes, y es para irrumpir en sistemas codificados. No sé a qué datos intentan acceder, pero no soy ningún hacker. Búsquense a otro.

—Es sólo un número generado al azar —dijo Chikamatsu.

—Oh, venga ya. Si me pidiera que factorizara un número cuya longitud entrara dentro de una gama, entre quinientos y seiscientos dígitos, digamos, y si no hubiera aparecido con el número ya escogido de antemano, podría haberla creído. Pero está clarísimo que está intentando acceder al código de alguien.

Kyle iba a devolverle la oblea, pero ahora advirtió la otra cara. Al mirarla, vio la etiqueta, donde aparecía una sola palabra escrita a bolígrafo: Huneker.

—¡Huneker! —dijo Kyle—. ¡No será Joshua Huneker!

Chikamatsu extendió la mano para recuperar la oblea.

—¿Quién? —dijo, con tono inocente pero visiblemente molesta.

Kyle cerró el puño, cubriendo la oblea.

—¿A qué demonios están jugando? ¿Qué tiene esto que ver con Huneker?

Chikamatsu bajó los ojos.

—Creía que no conocía el nombre.

—Mi esposa estaba relacionada con él cuando nos conocimos.

Los ojos almendrados de Chikamatsu se abrieron de par en par.

—¿De veras?

—Sí, de veras. Ahora, dígame de qué demonios va todo esto.

La mujer reflexionó.

—Yo… ah, debo consultar primero con mis asociados.

—No se corte. ¿Necesita un teléfono?

Ella sacó uno de su curioso bolso.

—No.

Se puso en pie, cruzó la sala, y empezó a hablar entre susurros que alternaban entre el japonés y lo que parecía ser ruso, con sólo unas cuantas palabras reconocibles: «Toronto», «Graves», «Huneker», y «cuántico» entre ellas. Parpadeó varias veces: al parecer, le estaban dando una verdadera somanta.

Unos instantes después, plegó el teléfono y lo guardó de nuevo en el bolso.

—Mis colegas no están contentos —dijo—, pero necesitamos su ayuda, y nuestro propósito no es ilegal.

—Tendrá que convencerme de eso.

Ella apretó los labios y dejó escapar ruidosamente el aire por la nariz.

—¿Sabe cómo murió Josh Huneker?

—Suicidio, dijo mi esposa.

Chikamatsu asintió.

—¿Tiene aquí una terminal web?

—Naturalmente.

—¿Puedo?

Kyle indicó la unidad con un gesto.

Chimakatsu se sentó delante y le habló al micrófono.

The Toronto Star —dijo. Y a continuación—. Busca números atrasados. Palabras en texto de artículo: Huneker y Algonquino. H-U-N-E-K-E-R y A-L-G-O-N-Q-U-I-N-O.

—Buscando —dijo el terminal con voz andrógina, y poco después—. Encontrado.

Sólo había un artículo. Apareció en la pantalla del monitor.

Chikamatsu se levantó.

—Eche un vistazo —dijo.

Kyle ocupó el lugar que ella había dejado vacante. El artículo estaba fechado el 28 de febrero de 1994. Las palabras «Huneker» y «Algonquino» estaban marcadas por todas partes, en rojo y verde respectivamente. Leyó el artículo entero, y le dijo a la pantalla que avanzara una vez mientras lo hacía:

SUICIDIO DE ASTRÓNOMO

Joshua Huneker, de 24 años, fue encontrado muerto ayer en el radiotelescopio del Consejo de Investigación Nacional de Canadá en el Parque Algonquino, al norte de Ontario. Se suicidó comiendo una manzana rociada de arsénico.

Huneker, que estudiaba el doctorado en la Universidad de Toronto, llevaba seis dias aislado por la nieve en el radiotelescopio.

Estaba trabajando en Parque Algonquino en el proyecto internacional de búsqueda de vida extraterrestre (SETI), escaneando el cielo en busca de mensajes de radio de mundos alienígenas. Como Parque Algonquino está alejado de cualquier ciudad, recibe poca interferencia radiofónica y es por tanto un lugar ideal para esas escuchas.

El cadáver de Huneker fue encontrado por Donald Cheung, de 39 años, otro radioastrónomo, que llegaba a las instalaciones para relevar a Huneker.

“Es una gran tragedia”, dijo la portavoz del CIN Allison Northcott, en Ottawa. “Josh era uno de nuestros investigadores jóvenes más prometedores, y también era muy humanitario, activo colaborador de Green Peace y otras causas. Sin embargo, a juzgar por su nota de suicidio, al parecer tenía problemas personales debido a su relación romántica con otro hombre. Todos lo echaremos de menos”.

Cuando terminó, Kyle hizo girar su silla para mirar a la mujer. No conocía los detalles de la muerte de Josh; todo el asunto parecía triste.

—¿Le recuerda a alguien esa historia? —preguntó Chikamatsu.

—Claro. A Alan Turing.

Turing, el padre de la informática moderna, se había suicidado en 1954 de la misma forma, y por el mismo motivo.

Ella asintió, sombría.

—Exactamente. Turing era el ídolo de Huneker. Pero lo que la portavoz no mencionó fue que Josh dejó dos notas, no una. La primera trataba en efecto de sus problemas personales, pero la segunda…

—¿Sí?

—La segunda tenía que ver con lo que había detectado.

—¿Cómo dice?

—Con el radiotelescopio —Chikamatsu cerró los ojos, como pugnando un último instante por continuar o no. Luego los abrió y dijo en voz baja—. Los centauros no fueron los primeros extraterrestres que entraron en contacto con nosotros. Fueron los segundos.

Kyle arrugó el ceño, escéptico.

—¡Oh, vamos!

—Es cierto —dijo Chikamatsu—. En 1994, Algonquino detectó una señal. Naturalmente no era de Alfa Centauri… no se puede ver esa estrella desde Canadá. Huneker detectó una señal de algún otro sitio, al parecer no tuvo problemas para decodificarla, y se quedó anonadado por lo que decía. Quemó todas las cintas originales, codificó el único registro superviviente del mensaje, y luego se mató. Hasta hoy día, nadie sabe qué decía el mensaje extraterrestre. Clausuraron el Observatorio Algonquino inmediatamente después, aduciendo recortes presupuestarios. Lo que realmente querían hacer era desmontarlo todo para ver si podían determinar de qué estrella procedía la señal; Huneker tenía que escrutar más de cuarenta estrellas distintas durante la semana que pasó allí solo. Desmontaron todo el lugar, pero no descubrieron nada.

Kyle digirió todo esto.

—¿Y qué empleó Huneker? ¿Una codificación RSA?

—Exactamente.

Kyle frunció el ceño. El RSA es un método de codificación de datos de dos claves: la clave pública es un número muy grande, y la clave privada consiste en dos números primos que son factores de la clave pública.

Chikamatsu se encogió de hombros, como si el problema fuera sencillo.

—Sin la clave privada —dijo—, el mensaje no puede ser decodificado.

—¿Y había quinientos doce dígitos en la clave pública de Huneker?

—Sí.

Kyle frunció el ceño.

—Entonces los ordenadores convencionales tardarían trillones de años en encontrar sus factores siguiendo el método de prueba y error.

—Exactamente. Nuestros ordenadores están trabajando a tiempo completo en eso desde que Huneker se mató. Sin suerte, hasta ahora. Pero, como dice usted, son ordenadores convencionales. Un ordenador cuántico…

—Un ordenador cuántico podría hacerlo en cuestión de segundos.

—Exactamente.

Kyle asintió.

—Puedo ver por qué dejar un mensaje codificado podría parecer atractivo a un fan de Turing.

Turing había sido esencial para derrotar a Enigma, la máquina codificadora de los nazis en la Segunda Guerra Mundial.

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