Robert Silverberg - Tiempo de cambios

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Tiempo de cambios: краткое содержание, описание и аннотация

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En Borthan, un planeta colonizado cientos de años atrás, la humanidad vive en paz, sin embargo el precio pagado parece demasiado elevado: nada es considerado más obsceno que el compartir los propios sentimientos con otro humano, y se ha prohibido el uso de la palabra “yo”. Kinnall Darival es un hombre que lo tiene todo en la vida para ser feliz. Solo una cosa le perturba: las convenciones sociales le impiden expresar sus sentimientos a la persona amada. Cuando conoce a Scxhweiz, un comerciante de la Tierra, este le ofrece una sustancia mágica capaz de derribar los muros entre las almas de los hombres. El sistema de valores de Darival se trastoca y experimenta cada vez más dudas que le conducirán a ser un proscrito entre los suyos y a provocar el dolor entre aquellos a los que ama.

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Mi hermano debía casarse cuarenta días más tarde con la hermana menor de Bryggil, septarca del distrito sureste de Salla. Era una unión astuta. En cuanto se refería al orden de primacía tradicional, Bryggil ocupaba el séptimo y más bajo lugar de la jerarquía de septarcas de Salla; pero era el más viejo, el más hábil y respetado de los siete, ahora que ya no estaba mi padre. Combinar la sagacidad y jerarquía de Bryggil con el prestigio que correspondía a Stirron en virtud de su rango como primer septarca sería consolidar en el trono la dinastía de nuestra familia. Y sin duda pronto saldrían hijos de las entrañas de la hija de Bryggil, aliviándome de mi posición como heredero forzoso: su fertilidad debía haber pasado las pruebas necesarias, y en cuanto a Stirron no podía haber problemas, puesto que ya había repartido una camada de bastardos por toda Salla. Seguramente yo tendría que cumplir ciertas funciones ceremoniales en la boda, como hermano del septarca.

Había olvidado totalmente la boda. Si me fugaba de Salla antes del acontecimiento, lastimaría a mi hermano de un modo que me entristecía. Pero si me quedaba allí, con un Stirron tan inestable, no tenía garantías de estar en libertad cuando llegase el día nupcial, ni siquiera de conservar todavía la cabeza. Tampoco tenía ningún sentido ir al norte con Noim si me comprometía a volver en cuarenta días. Era una elección difícil: postergar la partida y arriesgarme a los caprichos reales de mi hermano, o partir ya, sabiendo que me echaba encima la mancha de violar un juramento hecho a mi septarca.

El Pacto nos enseña que debemos recibir con agrado los dilemas, ya que enfrentar lo insoluble y hallar una solución fortalece el carácter. En este caso, los hechos burlaban las elevadas enseñanzas morales del Pacto. Mientras yo vacilaba, angustiado, sonó el teléfono de Stirron; mi hermano levantó bruscamente el auricular y escuchó cinco minutos de parloteo, mientras se le oscurecía el rostro y se le encendían los ojos. Al final cortó la comunicación y me miró como si yo fuera un extraño para él.

—En Spoksa se comen la carne de los que acaban de morir — murmuró —. En las laderas de la Kongoroi danzan para los demonios con la esperanza de encontrar alimento. ¡Locura! ¡Locura!

Apretó los puños, fue a la ventana y apoyó en ella la cara, cerrando los ojos, y creo que por un momento olvidó mi presencia. El teléfono volvió a reclamarlo. Stirron se estremeció, como quien ha sido apuñalado, y fue hacia el aparato. Al verme paralizado junto a la puerta movió impaciente las manos hacia mí y dijo:

—Vete, ¿quieres? Anda con tu hermano vincular a donde sea. ¡Qué provincia! ¡Qué hambruna! ¡Padre, padre, padre!

Y tomó el auricular. Yo empecé a ofrecerle una genuflexión de despedida, pero Stirron me echó de la sala con ademanes furiosos, enviándome sin juramento ni ataduras hacia las fronteras de su reino.

11

Noim y yo partimos tres días después, los dos solos con un pequeño contingente de criados. El tiempo era malo, ya que la sequía estival había dado paso no simplemente a las densas nubes grises y monótonas del otoño, sino a una muestra anticipada de las fuertes lluvias invernales.

—Morirán enmohecidos antes de ver Glin — nos dijo Halum, risueña —. Si es que no se ahogan en el lodo de la Gran Ruta de Salla.

La víspera de nuestra partida se quedó con nosotros en casa de Noim, durmiendo castamente sola en la pequeña habitación cerca del techo, y nos acompañó en el desayuno, mientras nos preparábamos para partir. Nunca la había visto más encantadora; esa mañana la envolvía una resplandeciente belleza que atravesaba la penumbra del alba lluviosa como una antorcha en una caverna. Acaso lo que le daba entonces tanto realce era que estaba a punto de salir de mi vida por un período desconocido, y yo, consciente de la pérdida que yo mismo me infligía, magnificaba su atractivo. Tenía puesto un vestido de delicada malla metálica dorada, bajo la cual sólo una finísima tela le ocultaba la forma desnuda, y el cuerpo, al moverse a un lado y otro bajo esa tenue envoltura, despertaba en mí pensamientos que me dejaban abrumado de vergüenza. Halum estaba entonces en la plenitud de la primera madurez, y lo estaba desde hacía varios años; ya había empezado a extrañarme que aún se mantuviese soltera. Aunque tenía la misma edad que Noim y yo, había salido rápidamente de la infancia antes que nosotros, como hacen las niñas, y yo había llegado a pensar en ella como mayor que nosotros dos, porque hacía un año que tenía senos y el flujo menstrual, en tanto que Noim y yo aún no teníamos vello en la cara ni en el cuerpo. Y si bien la habíamos alcanzado en cuanto a madurez física, ella seguía siendo más adulta de aspecto que mi hermano vincular y yo; modulaba más suavemente la voz, era más aplomada, y yo no podía dejar de pensar que ella era nuestra hermana mayor, que pronto debería aceptar algún cortejante, para no madurar demasiado y agriarse en la virginidad; de pronto tuve la certeza de que Halum se casaría mientras yo me ocultaba lejos, en Glin; y la idea de que algún sudoroso desconocido le plantara bebés entre los muslos me asqueó tanto que me aparté de ella y de la mesa, y me tambaleé hasta la ventana para llenarme de aire húmedo los pulmones.

—¿Te sientes mal? — preguntó Halum.

—Uno siente cierta tensión, hermana vincular.

—Sin duda no habrá peligro. Ha sido concedida la autorización del septarca para que vayas al norte.

—Ningún documento lo prueba — señaló Noim.

—¡Eres hijo de un septarca! — exclamó Halum —. ¿Qué guardián de los caminos se atrevería a interponerse ante ti?

—Exacto — dije —. No hay motivo de temor. Sólo que uno tiene una sensación de incertidumbre. Uno comienza una nueva vida, Halum — continué, con una tenue sonrisa forzada —. Ya debe ser hora de partir.

—Quedaos un poco más — imploró Halum.

Pero no lo hicimos. En la calle esperaban los criados. Los terramóviles estaban listos. Halum nos abrazó, estrechando primero a Noim, después a mí, porque era yo el que no volvería, y eso requería una despedida más larga. Cuando vino a mis brazos me aturdió la intensidad con que se ofreció: sus labios a mis labios, su vientre a mi vientre, sus senos aplastados contra mi pecho. De puntillas se esforzó por apretar su cuerpo contra el mío, y por un momento la sentí temblar, hasta que yo mismo empecé a temblar. No era un beso de hermana, y no, por cierto, un beso de hermana vincular; era el beso apasionado de una novia despidiendo a su joven marido, que parte para una guerra de la cual sabe que no volverá. El súbito fuego de Halum me abrasó. Sentí como si se hubiera descorrido un velo, y se hubiera lanzado contra mí una Halum a quien antes no conocía, una Halum que ardía con las apetencias de la carne, una Halum a quien no le importaba revelar su prohibido anhelo por el cuerpo de un hermano vincular. ¿O acaso mi imaginación le atribuía estas cosas? Me pareció que, por un solo y prolongado instante, Halum no reprimía nada y dejaba que sus brazos y sus labios me dijeran la verdad de sus sentimientos; pero yo no pude responder en la misma moneda; había ensayado demasiado bien las actitudes correctas hacia la propia hermana vincular, y fui distante y frío al abrazarla. Es posible que hasta la haya repelido un poco, escandalizado por tanto descaro. Y como digo, es posible que no haya habido descaro alguno, salvo en mi mente sobreexcitada, sino nada más que auténtico pesar ante la despedida. Comoquiera que fuese, la intensidad abandonó pronto a Halum, que aflojó el brazo y me soltó; la vi cabizbaja y desalentada, como si yo — tan almidonado cuando ella ofrecía tanto — la hubiera desairado cruelmente.

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