Bey cabeceaba pensativamente, los ojos oscuros ocultos por los párpados entornados.
—Betha no es un nombre muy usado en la actualidad. Estuvo de moda hace ciento veinte años, y usted dijo que era una vieja amistad de Capman. —Hizo un pausa—. Creo que empiezo a ver muchas cosas que debieron resultarme obvias hace mucho tiempo. ¿Es posible que usted…?
—Nunca, como decían en los viejos días, preguntes la edad a una mujer. —La voz de Betha Mestel era intensa a pesar del tono coqueto—. Como usted sospecha, la respuesta nos llevaría lejos. Debo insistir en mi pregunta: señor Wolf, ¿está dispuesto a correr los riesgos que entrañaría una reunión con Robert Capman?
—Pues claro —dijo Wolf con firmeza. Las implicaciones de las palabras de Betha Mestel habían afianzado su resolución—. ¿Cómo llegaré a él?
Wolf calló. De pronto el extremo de la sala se volvió borroso, una mancha de color ante sus ojos.
—Yo lo llevaré allí. El señor Green y yo no iremos con usted. Tenemos una tarea que cumplir en el sistema interior. —La voz era más queda y lejana—. Pido disculpas por lo que está a punto de suceder. También hay buenas razones para esto. Relájense, ambos.
Ni Park Green ni Bey Wolf habían oído la última frase de Mestel. Dos aparatos se acercaron y llevaron a los dos hombres desvanecidos a la sala de control.
Cien millones de kilómetros por encima de la eclíptica, el aislamiento era más profundo que en cualquier parte en el plano de los planetas. Ningún observador miraba a Perla mientras el asteroide se desplazaba en su circuito de tres años alrededor del Sol. El objeto habitado más próximo era Horus, con su colonia minera de cincuenta hombres. Ese grupo estaba demasiado atareado para dedicar el tiempo a mirar el firmamento. En todo caso, a treinta millones de kilómetros de distancia, Perla estaba en el límite de resolución de sus mejores telescopios.
Nadie vio cómo se abría la gran compuerta al lado del iris de Perla, ni la nave que salía de allí como un pececillo brillante abandonando la cavidad rocosa que le servía de refugio. La nave bajó en caída libre hasta que estuvo a buena distancia del asteroide. Luego se encendió el motor de fusión. La nave empezó a zambullirse hacia la eclíptica en una trayectoria que la llevaría aún más lejos del Sol. Su único pasajero no sabía nada sobre el movimiento. Estaba encerrado en las honduras del tanque de cambio de forma que había en el centro de la nave.
Poco después, los servomecanismos salieron de la compuerta más pequeña de Perla. Fueron hasta la nave donde habían llegado Bey Wolf y Park Green. Había permanecido cerca de la superficie de Perla, y los propulsores auxiliares hacían los pequeños ajustes necesarios para mantenerla exactamente a cincuenta metros del asteroide. Los servomecanismos la desplazaron con suavidad hacia la compuerta, eliminando electrónicamente la secuencia de mandos que mantenía la nave en esa posición. Una vez dentro, la nave quedó amarrada por los cables que serpenteaban por el interior alumbrado tenuemente.
Las corrientes empezaron a circular por puntales y cables superconductores. La configuración interior de Perla se volvió rígida, constreñida por los intensos campos electromagnéticos. Cuando los campos se estabilizaron, la compuerta principal volvió a abrirse para revelar un núcleo energético blindado, mantenido en posición por los mismos y potentes controles.
La unidad de propulsión se activó e inyectó plasma en la ergosfera del núcleo. El plasma recogió energía y brotó como un torrente de partículas de velocidad altamente relativista. Poco a poco alteró la órbita de Perla, cambiando la orientación y la inclinación del eje.
Betha Mestel se mudaba.
Habían añadido una sustancia al aire. Asfanil, a juzgar por la falta de efectos laterales. No había jaqueca ni estómago revuelto. Y sin embargo…
Bey Wolf arrugó el entrecejo. Algo no estaba bien del todo. Se pasó la lengua por el labio superior. Tenía un ligero sabor. No, no un sabor, sino una sensación pegajosa. Inhaló más profundamente, y un aire caliente le llenó los pulmones. Al fin se animó a abrir los ojos.
De pronto estuvo totalmente despierto. Aún estaba sentado en el tanque, pero la larga experiencia le indicaba que el proceso ya estaba terminado. El cambio estaba completo. Los monitores estaban quietos, los electrodos permanecían inactivos contra su piel.
Alarmado, Bey tendió la mano. Se la miró atentamente. Normal, excepto por el color, y eso era efecto de la iluminación. Respiró de nuevo, un poco aliviado, un poco defraudado, y miró las extrañas lámparas azuladas que tenía encima.
Ya no estaba en Perla. Eso le resultó obvio en cuanto salió del tanque. Estaba a bordo de una nave. Quizá fuera la nave que habían visto en el interior de Perla, pero lo que veía por las ventanillas era el espacio abierto, no la reluciente superficie interior del asteroide.
No estaba en Perla, y le habían cambiado la forma. ¿A cuál?
Bey hizo un inventario de su cuerpo y no halló ningún cambio. Se sentó junto a la ventanilla para reflexionar. Su cuerpo era el mismo, pero sus sentidos habían cambiado sutilmente. El ruido de los motores de la nave era extraño, un chillido agudo de potencia en el límite de su capacidad auditiva. Era muy distinto del familiar ronroneo de un motor de fusión. Miró a popa. El equipo era bastante convencional, y no podía creer que Capman y Betha Mestel hubieran inventado un sistema de propulsión totalmente nuevo.
Wolf miró hacia fuera entornando los ojos. ¿Dónde estaba? ¿Dónde estaban Perla, Betha Mestel, Park Green?
Encendió las demás pantallas y trató de hacerse una idea del rumbo que llevaba. El Sol era el primer punto de referencia. Estaba muy a popa, muy reducido en brillo y tamaño. El color había cambiado: era un intenso azul violáceo. Lo miró perplejo. ¿Era el Sol? Parecía una estrella extraña y remota.
Bey buscó más información. A través de una pantalla lateral se veía un planeta brillante, muy cerca de la nave. Sin duda era Júpiter: pero el color tampoco era correcto. La nave lo sobrevolaba velozmente, usando el campo gravitatorio del planeta para cobrar impulso, y el planeta estaba a sólo unos millones de kilómetros. Bey activó la magnificación de pantalla con manos extrañamente torpes, concentrándose en los satélites que giraban en órbita del brillante planeta primario.
Era Júpiter, sin duda. Allí estaban los cuatro satélites galileos, claramente visibles, y la mancha roja, que había cobrado un extraño color verde lima. Miró en silencio unos minutos. La gran masa del planeta estaba a punto de ocultar a lo. La separación angular del satélite respecto del planeta decrecía paulatinamente. Poco antes de que lo se perdiera de vista, Bey se irguió en el asiento. Miró de nuevo el Sol y las lámparas de la nave. De pronto comprendió qué había ocurrido. Soltó un juramento. Tendría que haberlo entendido tiempo atrás. Miró el aparato de navegación que había junto a la pantalla. Sospechaba qué encontraría como punto final de la trayectoria calculada.
La vigilancia en Cara Oculta solía ser tranquila. No había fiestas, ni gente, ni siquiera personajes importantes cuya visita constituyera un irritante alivio frente al tedio. Tem Grad y Alfeo Masti habían montado guardia tres veces en cuatro meses, y empezaban a sospechar que el selector aleatorio de turnos estaba programado contra ellos. Después de recalibrar las grandes antenas al principio del período de residencia, no quedaba ninguna actividad para los catorce días restantes, salvo algún mensaje ocasional de un amigo del sistema exterior cuando, como ahora, Cara Visible enfrentaba el Sol.
Habían agotado los habituales pasatiempos dejados por anteriores oficiales de guardia las primeras dos veces que los habían asignado a Cara Oculta. Eran bastante pocos, y no muy cautivadores. Ahora se habían retirado a lugares opuestos de la sala de monitorización, Tem para escuchar música y Alfeo para jugar al bridge con el ordenador. Alfeo no lo pasaba muy bien. Se estaba exasperando con la máquina. Se suponía que debía sintonizar el juego para que los otros tres participantes representaran jugadores del nivel de habilidad de Alfeo. En cambio, lo estaban exterminando, y ni siquiera podía maldecir a su compañero con algún placer. Al cabo de dos horas, miraba sombríamente la pantalla temiendo que las manos aleatorias que generaba el ordenador fueran tan sospechosas como el sistema de selección para los turnos de guardia en Cara Oculta.
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