La segunda estructura sólo podía ser una nave. Eso no tenía sentido. Bey miró de nuevo en torno. No parecía haber modo de que esa nave, que alcanzaba cuarenta metros en el punto más ancho, hubiera llegado al interior de Perla, ni de que pudiera salir de allí. Siguió con los ojos los cables que conducían desde la nave hasta una sección algo más oscura de la pared interior, enfrente del punto por donde habían entrado. Tenía que ser una salida oculta. Otros cables, que conducían a zonas vacías en el interior, insinuaban que allí había habido otras naves, amarradas a la superficie interior del mismo modo.
La superficie de Perla, con su pared de cristal traslúcido, brindaba una eficaz conversión de la radiación solar incidente. Los termómetros de los trajes indicaban una temperatura ambiente muy cómoda para la presencia humana. El interior era iluminado por la tenue luz solar que penetraba por las paredes exteriores y se derramaba en el interior. No había sombras, excepto las arrojadas por las linternas de Wolf y Green.
Al principio Perla parecía totalmente silencioso, un mundo muerto. Al aguzar los oídos, Wolf y Green captaron una pulsación profunda y ahogada que cubría el interior. Más que oírla, la sentían. Venía de la esfera metálica del centro del asteroide, lenta y regular como la circulación del aire o de sustancias nutritivas, o los latidos de un gran corazón. No había ningún otro rastro de vida en el gran espacio de la burbuja central.
Al fin Park Green rompió el hechizo.
—Empiezo a pensar que no sé nada sobre la FEU. Este lugar no puede existir. Esa nave no puede estar registrada, y si Capman vino en ella ni siquiera imagino de dónde partió. Por cierto no salió de Tycho.
Wolf soltó un gruñido de aprobación. El instinto le decía que algo andaba muy mal. Había ido a Perla convencido de que allí encontraría a Capman y Larsen. Si eso era verdad, tenía que haber algún indicio de su presencia. Miró de nuevo la esfera de metal. Sin hablar, ambos hombres se desplazaron hacia el gran cable hueco que conducía hasta la esfera desde la puerta de ingreso.
Mientras avanzaban, Bey reparó en el gran tamaño de Perla. La pared parecía estar cerca, pero el interior abovedado del asteroide podría haber contenido decenas de millones de habitáculos terrícolas. Avanzaron a lo largo del cable hasta que la cámara de presión por donde habían entrado se redujo a un puntito negro. Ambos se sintieron más cómodos cuando llegaron a la esfera y entraron en la cámara que había en la reluciente superficie.
Los primeros cuartos eran sin duda habitáculos. El mobiliario era simple, pero había costosos equipos automáticos para manejar todas las tareas de rutina. Bey, al ver el sistema de alimentación, recordó que no habían comido en mucho tiempo. Miró a Green.
—¿Qué te parece, Park? Suponiendo que funcione correctamente, ¿estás dispuesto a correr el riesgo de respirar este aire?
Green miraba famélicamente los controles del robochef. Asintió.
—Creo que estamos seguros, mientras no atravesemos ninguna cámara de presión. Esta zona es un soporte vital automático típico de la FEU, con algunos lujos. Echa un buen vistazo a ese menú. Apuesto a que no coméis así en la pobre vieja Tierra.
Cuando se quitaron el traje, sintieron menos tensión. Aún no había indicios de vida, y cuando estuvieron preparados para continuar la exploración Bey estaba convencido de que la esfera estaba deshabitada. Después de los habitáculos venían tres salas atestadas de monitores y consolas de control, similares a la sala de control general de un laboratorio de control de formas: similar, pero no del todo. Bey nunca había visto una instalación tan grande. Era mayor que el centro de investigación de la CEB.
—Los tanques deberían estar detrás de esa pared —dijo, explicando a Park Green lo que habían hallado—. Pero no creo que encontremos allí a John. Hay un detalle que no he comprendido. Estaba seguro de tener razón, pero…
Se encogió de hombros y miró alrededor. Cuatro años antes había creído saber qué se proponía Capman, y había descubierto que no sabía nada. Podía ocurrir dos veces. Capman había esperado que él desenredara la madeja que conducía a Perla. Si era necesario, John Larsen podía incitarlo un poco, pues era obvio que había estado en constante comunicación con Capman desde que había adoptado la forma logiana. En cuanto supo que Bey estaba en camino, Larsen se había esfumado.
Todo parecía muy lógico, pero muy improbable. Bey no estaba seguro de poder explicar a Park Green que los habían guiado hasta allí como a un par de títeres.
Mientras Wolf guardaba silencio, Green había examinado el panel de control.
—Bey, no soy experto en esto, pero mira las lecturas. Todas parecen provenir del mismo tanque. ¿Podrían originarse en un mismo tanque de cambio de forma?
Wolf también se acercó. Estudió los paneles con desconcierto.
—Eso parece, lo admito. Pero son demasiados monitores para un solo sujeto. Hay como trescientos. Nunca he visto nada tan complicado para un solo experimento. Me pregunto si será…
Calló, negándose a declarar lo que creía.
—Usted y su acompañante están en lo cierto, señor Wolf—dijo el altavoz que había encima de la consola—. Se trata de un solo experimento.
—¿Capman? —Wolf se volvió bruscamente hacia el parlante.
—No, no soy Robert Capman. Soy una vieja amistad de él. Más aún —dijo la voz, con tono divertido y musical—, se puede decir que soy una muy vieja amistad. Bienvenidos a Perla. Robert Capman y John Larsen me han hablado mucho de usted.
Creen miraba alrededor, confundido.
—¿Dónde está usted? La única salida que hay aquí conduce a los tanques.
—Correcto. Estoy en la zona de los tanques. Pueden ustedes avanzar sin peligro. Estoy manteniendo la atmósfera en el mismo nivel que en el resto de Perla.
—¿Podemos entrar? —preguntó Wolf.
—Entren, por favor, pero prepárense para un shock. Quizás usted crea que ya no puede sorprenderse más, señor Wolf, pero no sé si ocurre lo mismo con el señor Creen.
—¿Pero dónde están Capman y Larsen?
—Lejos de aquí. Señor Wolf, la conversión de John Larsen en una forma alienígena fue totalmente imprevista. Añadió una nueva dimensión a una actividad que ya era bastante compleja. Pero también arrojó grandes beneficios. No soy yo quien debe explicarle muchas de nuestras actividades, sino Capman. Pero puedo revelarle una parte. Entren en el tanque.
Wolf y Creen se miraron, y al fin Bey se encogió de hombros.
—Yo entraré primero. No creo que haya ningún peligro. No sé qué vamos a ver, pero he visto de todo después de tantos años en Control de Formas.
Entraron en una cámara enorme. Abarcaba por lo menos la mitad de la esfera de metal. Bey buscó en vano instalaciones familiares. Al principio no encontraba nada reconocible. De pronto, lo que estaba mirando cobró sentido. Jadeó. Era un tanque, pero las proporciones de los módulos de servicio eran increíbles. Los tubos de circulación y alimentación eran descomunales, de dos metros de diámetro, y los conectores neurales eran gruesos conglomerados de guías de onda y densos manojos de fibra óptica. Bey buscó el origen de la voz, pero todo era una compleja serie de tinas interconectadas, cada cual con tamaño suficiente para albergar a varios hombres. No veía nada que le indicara dónde concentrar la atención.
—¿Dónde está usted? —preguntó al fin—. ¿En una de las tinas?
—Sí y no. —Ahora la voz parecía provenir de todas partes, y de nuevo hablaba con tono divertido—. Estoy en todas las tinas, señor Wolf. Este experimento ha durado mucho tiempo. Mi masa corporal total ya debe superar las cien toneladas, pero desde luego está distribuida en un amplio volumen.
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