Wolf miró por el visor hacia el punto blanco azulado y brillante que era la Tierra.
—Cuesta aceptar que en esa pequeña mota hay catorce mil millones de personas. ¿Captaste algún dato concreto?
—Algunos… pero sin duda hay mucha censura. Grandes tumultos en América del Sur, con la tasa de mortalidad más alta en Argentina. Cortes energéticos en todas partes. Indicios de algo muy grave en China. Algo así como canibalismo generalizado. Los coordinadores generales están hablando de llevar un núcleo a la superficie de la Tierra; eso nos da una buena idea de la seriedad de la escasez de energía.
—Ya lo creo. —Bey miró hacia la Tierra como esperando que se extinguiera como una vela—. Si se desprendieran los escudos de un núcleo, sería peor que cualquier bomba. Los agujeros Kerr-Newman que usan en los núcleos irradian más de cincuenta gigavatios. Tendrían que estar locos para llevar uno a la superficie.
—Locos o desesperados. Quizá Dolmetsch tenga derecho a ser pesimista. A fin de cuentas, él inventó todo el asunto. Las hambrunas de Sudáfrica también han empeorado. Ahora están hablando de cortar todos los suministros de allí para utilizarlos donde la gente sea rescatable.
Green se había reunido con Bey frente a la ventanilla, y ambos miraban los patrones estelares, cada cual buscando su espectro personal. Guardaron silencio varios minutos, hasta que Green frunció el ceño y miró alrededor.
—Bey, estamos girando. Aún no lo sentimos, pero mira allí. Parte del campo estelar parece estar rotando. El ordenador nos debe de estar preparando para el contacto con el asteroide. ¿Recuerdas cómo es la operación?
Bey asintió.
—Un kilómetro de distancia de la superficie, con velocidad similar a la del asteroide. Creo que tendríamos que echar un buen vistazo antes de pensar en aterrizar en Perla. —Puso el visor en posición y encendió la pantalla—. Bien, allí lo tienes, Park. Hemos recorrido un largo camino para verlo.
En la pantalla el asteroide se veía como un círculo pequeño y perfecto. Emitía un fulgor tenue, sin los destellos reflejados por una superficie cristalina bruñida. En cambio, había un resplandor difuso y uniforme, un brillo perlado y blanco con un tono verdoso. Green frunció el ceño y aumentó la ganancia del visor. La imagen se hinchó en la pantalla.
—Bey, yo no esperaba que tuviera ese aspecto. Está desperdigando y absorbiendo mucha más luz de la que debería. De veras luce como una perla, no como una esfera de cristal hueca. ¿Por qué no refleja la luz del Sol?
—No lo sé, Park. Mira hacia la izquierda. ¿Ves? Allí hay algo diferente, una mancha oscura.
La imagen de la pantalla se volvía más grande y más nítida a medida que la nave se aproximaba. Para Wolf y Green era difícil contener la impaciencia mientras la lechosa superficie del asteroide se hacía más visible. Pronto fue obvio que la mancha oscura era algo más que una franja de reflejos distintos. Había otras motas y marcas tenues en la lisa superficie, teñidas de un verde nuboso.
—Es una especie de foso, Bey. —Green se acercó más a la pantalla—. Tal vez un túnel. ¿Ves cómo se hunde en la superficie? No recuerdo haber visto mencionado ese detalle en ninguna descripción de Perla.
Bey cabeceaba satisfecho.
—No es una formación natural. Alguien ha realizado complejas obras de ingeniería. ¿Ves lo filosos que son esos bordes? Apuesto a que los tallaron con láser. Park, es imposible que Capman, o quien sea, haya hecho todo eso sin mucha asistencia y equipo. ¿Sabes lo que significa? Alguien de la FEU lo ha ayudado, y quien lo haya hecho dispone de gran cantidad de recursos.
El ordenador interrumpió esas palabras con un silbido suave. Seguían la misma órbita del asteroide. Miraron atentamente el astro cercano. A un kilómetro de distancia, Perla cubría un cuarto del firmamento. La superficie brillaba con un fulgor pálido y satinado. Era tersa y lisa, sin ninguna irregularidad excepto el preciso agujero circular de treinta metros de diámetro cuyo disco negro aparecía a la izquierda de la imagen.
Lo estudiaron en silencio unos minutos. Al fin Bey se acercó a la consola del ordenador.
—Es inútil, Park —dijo—. No podemos aprender mucho desde aquí. No hay nada que ver en la superficie. Tenemos que echar un vistazo al interior. Apuesto a que ese túnel llega hasta el centro. Necesitaremos trajes.
—¿Los dos?
—A menos que tú estés dispuesto a quedarte aquí. Por mi parte, no he recorrido tanto camino sólo para mirar. El ordenador tiene la nave bajo control. Creo que no es muy arriesgado acercarnos y saltar dentro del agujero usando los trajes. Acerquémonos hasta cincuenta metros, y vamos.
Los dos hombres, con sus trajes, bajaron desde la nave hasta la superficie. La gravedad de Perla era demasiado pequeña para notarla. Revolotearon a varios metros del planetoide y lo miraron con mayor atención. Era obvio por qué Perla tenía ese fulgor tan tenue. Durante los muchos milenios transcurridos desde la explosión de Loge, la superficie había sufrido el impacto de micrometeoritos que habían creado una capa escarchada y opaca que recibía y difundía la luz del lejano Sol. El blanco puro alternaba con nubes verdes en la superficie de la esfera. Los dos hombres flotaron lentamente hacia el túnel. Cerca del borde, Wolf alumbró el interior con una linterna. Máquinas pesadas habían abierto profundos canales en el cristal liso. El agujero se hacía más estrecho al descender, y terminaba quince metros más abajo en una tersa lámina de metal negro.
Wolf soltó un silbido que resonó aguda y ominosamente en la radio del traje.
—Eso elimina la idea de que nadie está autorizado a aterrizar en Perla. ¿Para qué iban a poner una cámara de presión allá abajo si es sólo una cáscara vacía? —Miró el agujero de bordes abruptos—. ¿Listo para bajar, Park? Ahora sólo nos falta el Conejo Blanco.
Descendieron flotando por el hoyo, abrieron la puerta exterior y entraron. Green mantuvo abierta la puerta y titubeó un instante.
—¿La cierro, Bey? No sabemos dónde nos metemos. Dentro puede haber cualquier cosa.
—Creo que no tenemos muchas opciones. O entramos o retrocedemos. Detrás de esa puerta espero encontrar a Capman y a John Larsen. Si quieres montar guardia afuera, está bien… Pero yo pienso entrar.
Green no respondió, sino que cerró la puerta con firmeza y la atrancó con las grapas. De inmediato sintieron el siseo del aire.
—No supongas que será respirable —advirtió Wolf cuando se abrió la puerta interior—. John tendría que estar aquí, y quizás esta atmósfera responde a su idea del aire fresco.
Green resolló.
—Bey, reconoce cierto mérito a un hombre de la FEU. Cualquiera que se haya criado fuera de la Tierra se negaría a respirar un aire no analizado, tanto como a vivir en la Tierra y respirar vuestra sopa. Mira el segundo panel del interior del casco. Está registrando 6-S. Eso significa que es respirable y que la presión es un poco inferior a la terrestre. Aun así, mantendré el traje cerrado. Te sugiero que hagas lo mismo.
La puerta interior se abrió despacio. Una luz pálida y verde se filtró en la cámara desde el interior del planetoide. Cuando la puerta se abrió en su diámetro total de treinta metros, todo el interior de Perla resultó visible. Los dos hombres avanzaron juntos en silencio, mirando alrededor.
La pared interior de Perla tenía una terminación lisa y brillante que no había en el exterior. Ningún meteorito había mellado esta perfección. La superficie interior era una esfera perfecta de poco más de un kilómetro y medio de diámetro. En el centro de la gran cámara curva, aferradas a la pared por largos y relucientes puntales y cables, colgaban dos enormes estructuras de metal. La más cercana era también otra brillante esfera de acero o aluminio. Bey, examinándola reflexivamente, se preguntó de dónde venían los materiales que habían usado para construirla. Por supuesto no venían de Perla. Considerando la energía necesaria para transportar materiales desde el sistema principal, parecía seguro que la esfera se hubiera construido con metales extraídos de uno de los asteroides hermanos del Cúmulo Egipcio. Bey estimó que la esfera tendría cien metros de diámetro. Un largo cable tubular conducía desde la puerta por donde habían entrado hasta otra cámara de presión en la tersa superficie de la esfera.
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