El Grad, un muchacho rubio cuatro años mayor que Gavving, parecía insólitamente serio. Gavving se preguntó si sería por Martal o por sí mismo.
El Científico llevaba un viejo mono que significaba su rango: una prenda de dos piezas azul pálido, inadecuado, con dibujos en uno de los hombros. Los pantalones le llegaron justo debajo de las rodillas; el peto dejaba al descubierto un cuarto de metro de velludo vientre. Tras incontables generaciones, el extraño y lustroso traje había empezado a mostrar signos de deterioro, y el Científico sólo lo usaba para el desempeño de las funciones oficiales.
El Grad está en lo cierto, pensó Gavving súbitamente: el viejo uniforme le sentaría a Harp a las mil maravillas.
El Científico habló, alabando la última contribución de Martal a la salud del árbol, recordando a los presentes que todos ellos tendrían un día u otro que cumplir con aquel deber. Acabó enseguida y luego se apartó para dejar paso al Presidente.
El Presidente habló. No dijo nada sobre el mal talante de Martal; pero dijo bastante sobre su habilidad con la marmita. Habló de otro ser perdido, del hijo que había perdido la Mata de Quinn, estuviera donde estuviese. Habló mucho, y la mente de Gavving empezó a vagabundear.
Había cuatro jóvenes muchachos estudiándolo todo atentamente; pero daban patadas con el pie a un pedazo de cóptero. La planta madura les respondió tirándoles pepitas, suaves espadas de runruneantes extremos. Los chicos permanecían solemnemente entre una nube de zumbantes cópteros.
El humor de la boca del árbol. Había a quien le costaba trabajo ocultar la risa. Pero de un modo u otro, Gavving no podía reírse. Había tenido cuatro hermanos y una hermana, y todos habían muerto antes de cumplir seis años, como tantos otros niños de la Mata de Quinn. En aquellos tiempos de hambre, se moría muy fácilmente… Era el último miembro de su familia. Todo lo que veía eran apelmazados recuerdos, como si no fuera a verlos nunca más.
¡Es sólo una partida de caza! Su vientre rugiente lo sabía mejor. El héroe de una única cacería fracasada… ¿Cómo habían elegido a Gavving para una desesperada expedición en busca de alimentos?
Una venganza por Laython. ¿También los otros estarían siendo castigados? ¿Quiénes eran los otros? ¿Cómo irían equipados? ¿Cuándo acabaría aquel funeral infinito?
El Presidente habló de la sequía, y de la necesidad del sacrificio; y su mirada cayó en ciertos individuos, Gavving entre ellos.
Cuando el largo discurso concluyó, Martal había recorrido otros dos metros cuesta abajo. El Presidente se alejó a toda prisa, huyendo del brillante día.
Gavving se dirigió hacia los Comunes apresuradamente.
El equipo estaba apilado en una red de secas ramas espinosas que la tribu llamaba la tierra. Arpones, rollos de cuerda, púas, garfios, redes, sacos marrones de tela burda, media docena de vainas surtidor, sandalias claveteadas… un conjunto muy tranquilizador para mantenerles con vida. Pero… y la comida? No veía comida.
Otros habrían llegado antes que él. Incluso a primera vista parecía una extraña selección. Vio una cara familiar y llamó:
—¡Grad! ¿Tú también vienes?
El Grad dio unas zancadas para reunirse con él.
—Claro. He echado una mano para planificarlo todo —le confió. Un tipo recio y feliz y, como miembro de una profesión tradicionalmente meticulosa, el Grad había ido armado con sus propias cuerda y arpón. Parecía ansioso, lleno de nerviosa energía. Miró a su alrededor y dijo—: ¡Oh, comida de árbol!
—¿Eso qué se supone que quiere decir ahora?
—Nada. —Pegó una patada a una pila de mantas y añadió—: Por lo menos, no iremos desnudos.
—Pienso que iremos hambrientos.
—Quizá encontremos algo de comer en el tronco. Sería lo mejor.
El Grad era un buen amigo de Gavving, pero no tenía mucho de cazador. ¿Y Merril? Merril habría sido una mujer alta si sus pequeñas y retorcidas piernas no tuvieran la misma longitud que su tronco. Tenía los largos dedos callosos, los brazos largos y fuertes; y, ¿por qué no?, los usaba para todo, incluso para caminar. Estaba encaramada en la empalizada de los Comunes, impasible, esperando.
El cojo Jiovan estaba bajo ella, con una mano en los arbustos para balancearse. Gavving recordaba a Jiovan como un ágil y arrojado cazador. Pero algo le había atacado, algo que nunca describió. Jiovan consiguió volver apenas vivo, con las costillas rotas y la pierna izquierda arrancada, con un torniquete en el muñón hecho con su propia cuerda. Desde hacía cuatro años las heridas le molestaban constantemente, y no había dejado que nadie las olvidase. Glory era una mujer huesuda, feúcha, de media edad, sin hijos. Sus torpezas le habían dado una fama que ella no pretendía. Glory culpaba a Harp el bardo por todo eso, y no sin razón. Estaba el cuento de la jaula de pavos; y Harp contaba otro sobre la rosada cicatriz que le bajaba por la pierna derecha, algo que se ganó cuando todavía estaba envuelta en asuntos de cocina.
El odio de los ojos de Alfin recordaba los tiempos en que Glory le clavó en la oreja una estaca de madera; pero se hablaba más de la tendencia de Alfin a conservar sus propios rencores. Jardinero, basurero, encargado de los funerales… no era cazador, ni siquiera explorador, pero también estaba allí. Gavving no sabía por qué, pero parecía desconsolado.
Glory esperaba con las piernas cruzadas, la mirada abatida. Alfin la miraba con rabia furibunda. Merril parecía impasible, relajada, pero Jiovan murmuraba entre dientes.
¿Aquellos eran sus compañeros? El vientre de Gavving se retorció dolorosamente a causa del hongo.
Fue entonces cuando Clave penetró en los Comunes, vigorosamente, llevando colgadas de cada brazo a una joven. Miró a su alrededor como si le encantase todo lo que veía. Era cierto. Clave había llegado.
Le observaron mientras estudiaba el equipo dándole suaves patadas, asintiendo, asintiendo.
—Bien —dijo jovialmente y miró alrededor suyo, a sus compañeros—. Vamos a tener que transportar todo eso. Vamos a dividirlo. Probablemente, prefiráis llevarlo a la espalda, atada con las cuerdas, pero podéis hacerlo como mejor os parezca. Perded la mochila y os devuelvo a casa.
El hongo dejó de aferrarse al vientre de Gavving. Clave era el cazador ideal: alto y delgado, dos metros y medio de huesos y músculos. Podía destrozar a un hombre aferrándole la cabeza con los dedos de una sola mano, y los largos dedos de sus pies podían agarrar una roca como Gavving con las manos. Sus compañeros eran Jayan y Jinny, gemelas, las morenas y hermosas hijas de Martal y un cazador muerto hacía tiempo. Sin más órdenes, empezaron a cargar el equipo en los sacos. Otros se movieron para ayudarles.
Alfin habló.
—¿Debo entender que eres nuestro jefe?
—Eso es.
—¿Qué vamos a hacer con todo esto?
—Subir a lo largo del tronco. Extenderemos los márgenes de Quinn hasta donde lleguemos. O hasta que encontremos cualquier cosa que sirva para salvar a la tribu. Puede ser comida…
—¿En el tronco desnudo?
Clave le miró.
—Nos pasamos la vida en dos klomters de la rama. El Científico dice que el tronco tiene cien klomters de largo. Quizá más. No sabemos lo que hay allí. Puede que todo lo que necesitamos no esté aquí.
—Tú sabes por qué vamos. Nos están echando —dijo Alfin—. Nueve bocas menos que alimentar, y mira las de quiénes…
Clave le cortó. Cuando quería, su voz podía gritar como un trueno.
—¿Te gustaría quedarte, Alfin? —Esperó, pero Alfin no contestó—. Quédate, entonces, Explícanos por qué no quieres venir.
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