Robert Reed - Médula

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La Gran Nave lleva viajando por el espacio más tiempo del que su tripulación es capaz de recordar. Desde que, hace algunos milenios, entró en la Vía Láctea y fue colonizado por los humanos, este colosal vehículo del tamaño de un planeta ha vagado por la galaxia transportando a billones de hombres y miles de razas alienígenas que han conseguido la inmortalidad gracias a la alteración genética.Pero los pasajeros no viajan solos: en el interior de la nave duerme un secreto tan antiguo como el propio universo. Ahora está a punto de despertar…

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—Para usted. —Estaba sentado en una mesa cercana—. Un regalo, señor. —Y le entregó un escarabajo grande de color marrón verdoso. No, era una cucaracha. Algo que el niño había atrapado bajo las mesas del café, con toda probabilidad.

El rebelde aceptó el regalo y apuntó los sensores hacia el cuerpo y las patas que no dejaban de sacudirse. Luego miró a sus compañeros, y al no recibir ninguna sugerencia hizo lo que le debió parecer lo más cortés.

Se metió la cucaracha en la boca y masticó.

Lo que era una avenida tranquila se convirtió en un silencio mortal. Los pasajeros y unos cuantos miembros de la tripulación que no estaban de servicio contuvieron el aliento hasta que el rebelde tragó. Para entonces el muchacho se había dado cuenta de que se había equivocado, y por un momento se sintió perdido. ¿Qué debería hacer ahora? Pero entonces recordó los sabios consejos de algún profesor.

—Qué sabor más maravilloso —dijo.

Lo dijo con un encanto lleno de humildad. Después se echó a reír haciendo todo lo posible para exponer su vergüenza ante aquel público tan tenso. Por todas partes se respiró un alivio palpable.

Envuelta en ese diminuto drama había una lección. Washen miró a Pamir y este asintió, él también lo había visto.

No se echaba de menos a la vieja maestra ni a sus antiguos y polvorientos capitanes. El motín había sido rápido y casi incruento, y los amotinados (fueran cuales fueran sus motivos) tenían un encanto sencillo, por no mencionar otras cualidades que los turistas siempre apreciaban.

Estos rebeldes eran un tipo diferente de personas, novedosas y nuevas, y de una forma bastante inesperada se les podía entretener.

La patrulla continuó con su barrido y a los pocos momentos llegó a la mesa de Washen; una primera y breve mirada no les dio razón para quedarse. Pero la oficial que iba detrás, una mujer fuerte del color del chocolate, pareció notar algo en los tres y dudó. Se quedó mirando a Washen y esta se dio cuenta demasiado tarde de que había clavado los ojos en uno de los hombres más jóvenes. El rostro vivo y los ojos de un color gris ahumado le habían recordado a Diu.

Uno de los hijos de Diu, quizá.

—Por favor, si son tan amables —dijo la mujer—. Sus identidades, por favor.

Sus compañeros se detuvieron, miraron por encima del hombro y la esperaron con profesional impaciencia.

Washen, y luego Pamir, le mostraron sus nuevos nombres y motas de la piel de otras personas. El tarambana fue el último en obedecer, su actitud en perfecta consonancia con su naturaleza, una airada maraña de sonidos diluida en la traducción.

—Me molesta vuestra presencia, pero vosotros tenéis el poder.

La mujer parecía entender a la especie.

—Tengo el poder —asintió—, pero lo admiro de todos modos. —Luego se comprobaron sus nombres en las extensas listas de la nave y, cuando todo pareció estar como debía, les dijo a los tres—: Gracias por su gentil cooperación.

—De nada —respondió Pamir en nombre de todos.

La rebelde parecía lista para irse, pero se lo pensó mejor. O lo fingió. Dio medio paso antes de detenerse y una mirada a Washen precedió a la cautelosa pregunta:

—¿Por qué nos miran con malos ojos?

—¿Es eso lo que piensa? —preguntó Washen.

—Sí. —Había algo de Aasleen en el rostro y en los modales. Quizá no significaba nada, pero la mujer parecía menos rebelde que los demás—. Ignorancia —replicó con delicada cólera. Luego sacudió la cabeza como si estuviese desilusionada—. Usted se considera una persona de inteligencia racional. Según entiendo yo su uniforme racionalista. Pero creo que no entiende nada sobre mí. ¿Es eso cierto?

—Es probable que en cierta medida sea cierto, sí —dijo Washen.

La agente la estaba escaneando, un escáner profundo y meticuloso diseñado para encontrar anomalías, alguna excusa para someterla a un interrogatorio más profundo. La conversación era una excusa para acercarse más y mirarla fijamente.

—Sobre ese mundo suyo —comenzó Washen—, ese tal Médula…

—¿Sí?

—Parece muy misterioso. E improbable, creo.

Esos no eran puntos que se pudieran desviar con facilidad. La mujer se encogió de hombros y con una amabilidad forzada citó una máxima racionalista:

—«Las buenas preguntas bien planteadas disipan todos los misterios».

—¿Dónde nació?

—Ciudad Hazz —respondió la mujer.

—¿Cuándo?

—Hace quinientos cinco años.

Washen asintió. Se preguntaba si se había encontrado alguna vez con esa mujer.

—Ciudad Hazz… ¿Es un lugar rebelde?

—Sí.

—¿Siempre?

La mujer estuvo a punto de picar el anzuelo. Luego dudó, y con una precisión exquisita dijo a todos los presentes en el café:

—Médula no es un mundo muy grande. Y durante todo el tiempo que los humanos han vivido allí, de un modo u otro, todo lo que había en él ha sido rebelde.

Washen se quedó inmóvil, y en silencio.

Su interrogadora se volvió hacia Pamir.

—Por favor, señor —dijo—. Haga una buena pregunta.

El rostro falso esbozó una amplia sonrisa y se preguntó en voz alta:

—¿Cuándo puedo bajar a ver ese mundo suyo?

La agente estaba escaneando a Pamir, y sus compañeros formaron un semicírculo alrededor de la mesa. Sus sistemas sónicos e infrarrojos los sondeaban desde diferentes puntos. El hombre que tenía los ojos de Diu se rió con dulzura.

—Puede ir de visita ahora, si quiere —respondió.

«Como prisionero», quería decir.

La mujer no aprobó el comentario. Lo dijo con una mirada dura y luego, con calma y sin ambages, se lo explicó a Pamir.

—En un futuro cercano habrá visitas guiadas. Por supuesto. Es un mundo precioso, y estoy segura de que será un destino muy popular.

Algunos de los pasajeros asintieron con gesto amable, era probable que estuvieran deseando que llegara ese día.

Luego el tarambana eructó con un sonido seco y atrajo la atención de todos.

—Tengo una pregunta mejor que la suya —aseguró.

—Desde luego —dijo la mujer.

—¿Me permiten unirme a los rebeldes?

La pregunta provocó un silencio nervioso. Después, la mujer sonrió serena y sinceramente, y ofreció una respuesta honesta.

—No lo sé —dijo al alienígena—. Pero cuando me encuentre de nuevo en compañía de Till, tenga por seguro que le preguntaré…

La interrumpió un movimiento repentino.

Brusco y pequeño. Pero el movimiento se notó. Los clientes de las otras mesas bajaron los ojos asombrados y vieron que la superficie de sus bebidas se ondulaban cuando el techo, las paredes y el suelo de piedra rígida temblaron.

Un sonido siguió al movimiento. Hubo un rugido muy, muy bajo que lo barrió todo, recorrió a gran velocidad la avenida y se adentró en la nave.

Washen fingió sorprenderse.

Pamir lo hizo mejor. Enderezó la espalda y miró a la agente, y con una voz que bordeaba el terror preguntó:

—¿Qué cojones ha sido eso?

Ella no lo sabía.

Durante un largo momento los cinco rebeldes estuvieron tan perdidos como los demás. Luego, Washen sugirió una explicación obvia:

—Fue un impacto. —Miró a sus compañeros—. Ha sido un cometa. Estamos acercándonos a la siguiente estrella y al agujero negro… Debe de haber sido uno de sus cometas el que nos ha golpeado.

Se corrió la voz por todo el café y se fundió con la misma explicación que se iba generando por toda la larga avenida.

La rebelde estaba intentando creer a Washen. Pero entonces oyó un anuncio general que emitieron a través de un nexo implantado y que le explicó lo suficiente para que se estremeciera como si le doliera algo; luego gruñó por lo bajo, se volvió hacia sus compañeros y anunció:

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