Robert Reed - Médula

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La Gran Nave lleva viajando por el espacio más tiempo del que su tripulación es capaz de recordar. Desde que, hace algunos milenios, entró en la Vía Láctea y fue colonizado por los humanos, este colosal vehículo del tamaño de un planeta ha vagado por la galaxia transportando a billones de hombres y miles de razas alienígenas que han conseguido la inmortalidad gracias a la alteración genética.Pero los pasajeros no viajan solos: en el interior de la nave duerme un secreto tan antiguo como el propio universo. Ahora está a punto de despertar…

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Estaba decepcionada y, lo que era peor, furiosa.

Quizá porque percibió su humor, Till preguntó:

—¿Recuerdas, madre, cuando miraste por un nanoscopio y viste tu primer protón al descubierto?

La mujer parpadeó.

—No —confesó.

—Uno de los huesos esenciales del universo —la riñó él—. Tan vital como las estrellas y, a su manera, más espectacular. Pero fue real para ti antes de que lo vieras. Intelectual y emocionalmente, estabas preparada.

Miocene asintió y no dijo nada.

—Desde el momento en el que volví a nacer, y durante cada día desde entonces, la gente ha hablado de las estrellas. Ha descrito su belleza. Ha explicado su física. Me han asegurado que la simple visión de un sol me llenaría de admiración…

¿Qué haría falta para impresionar a Till?

—Con franqueza, madre, después de una propaganda tan enorme creo que el cielo tiene un aspecto bastante pobre. Casi insustancial. Lo que resulta una doble decepción, ya que estamos cerca de uno de los grandes brazos de la galaxia. ¿No es cierto?

Si Miocene encendiera el motor que tenían bajo ellos, Till quedaría impresionado. Lo meditó durante un instante de furia.

La maestra capitana esbozó una sonrisa débil, casi burlona y miró lo que tenían delante. Su coche realizó un giro brusco y se dirigió a la tobera parabólica. La antigua hiperfibra había quedado ennegrecida por efecto de los plasmas corrosivos y había dejado una pared anodina que parecía cercana cuando estaba muy lejos, y luego remota cuando frenaron y pasaron de repente por una escotilla camuflada. Los ingenieros habían añadido este rasgo. La escotilla llevaba a un túnel pequeño que atravesaba la tobera y terminaba en una burbuja de diamante suspendida a mil kilómetros por encima del casco. Solo a un imbécil no le impresionaría esa vista.

Madre e hijo permanecieron dentro del coche blindado, que flotó dentro de la burbuja. La Gran Nave poseía catorce gigantescas toberas de cohetes: una en el centro, cuatro rodeando esa y nueve más que rodeaban a esas cinco. La suya era una de las cuatro, y en el horizonte, una al lado de la otra, estaban dos de las toberas exteriores, alimentadas y a la espera de la orden de encenderse. Unos metales mutados y varios lagos de fluidos hidráulicos las habían inclinado y les habían dado un ángulo de quince grados. La aceleración de diez horas y once segundos cambiaría la trayectoria de la nave lo justo para que, dentro de otras dos semanas, pasase cerca de un gigantesco sol rojo y luego se hundiese todavía más cerca del compañero del astro, un inmenso, pero en esencia tranquilo, agujero negro.

En menos de un día, el rumbo de la nave se torcería dos veces. En lugar de abandonar aquella densa región de soles y mundos vivos, continuarían a lo largo del brazo de la galaxia para entrar en nuevos y lucrativos lugares.

Se oyó un suave e impresionado «hmm».

Till no estaba contemplando las estrellas ni las gigantescas toberas, sino que había bajado la cabeza.

—Desde luego, hay un montón de ellos —comentaba con voz desdeñosa.

Las luces salpicaban el paisaje de hiperfibra. Pero al contrario que el agradable desorden de las estrellas, esas luces tenían principios que las definían: se conectaban y convertían en líneas, círculos y densas masas que resplandecían ante la luz acumulada. Sí, había muchos. Es probable que más de los que hubiera cinco mil años atrás, y desde luego más que la última vez que ella había visitado ese lugar. Miocene sacudió la cabeza y dijo «rémoras» con un gruñido.

—Construyen sus ciudades en la cara posterior. Cada vez más ciudades.

Till sonrió.

—No te caen bien los rémoras —comentó con un gruñido encantador—. ¿Verdad, señora?

—Son obstinados y excepcionalmente extraños. —Pero admitió—: Realizan un trabajo importante. Nos resultaría difícil sustituirlos.

Su hijo no hizo ningún comentario.

—Veinte segundos —anunció ella.

Till dijo que sí y miró hacia arriba con gesto cortés. Sus ojos castaños y brillantes se entrecerraron para defenderse del fulgor de los motores que anticipaba. Y con Till distraído por un momento, Miocene se escabulló.

La sala no cambiaba nunca.

Sentadas a lo largo de cada pared, ataviadas con los cuerpos simbólicos y las togas blancas de ancianos escribas marchitos, había decenas de sofisticadas IA. Cada una era un poco diferente de su vecina, en habilidades y sensibilidad estética.

En ese reino las diferencias eran una bendición. La razón de su existencia era una sencilla pregunta, una pregunta que requería una concentración absoluta, además de cierta afición a la novedad. Cada día, cada semana o cada mes, una de las escribas proponía una solución nueva o una variación de la antigua, y con una juventud sin límites las máquinas discutían y debatían, y en ocasiones se gritaban. Era inevitable que encontraran algún fallo crítico en las elaboradas matemáticas o en las suposiciones lógicas, y en estos casos a la propuesta se le hacía un rápido funeral y su cuerpo se colocaba en un estante electrónico al lado de millones de hipótesis fallidas, prueba de su celo, que no de su genio.

En el centro de la sala había un mapa denso y extremadamente preciso de la nave. No la retrataba tal y como era hoy en día, sino tal y como existía cuando llegaron los primeros capitanes. Se exponía allí cada una de las inmensas cámaras y los largos túneles, cada grieta diminuta y cada majestuoso océano en toda su abandonada gloria.

Y sin embargo, faltaba un rasgo fundamental, quizá crítico.

Y en medio de esa ignorancia apareció la nueva maestra.

Las IA escribas la contemplaron con frío desdén. Eran almas conservadoras por naturaleza. Los motines no les parecían bien, ni siquiera los motines justificados por motivos legales. Con humor de máquina, una escriba dijo:

—¿Quién eres? No te reconozco.

Las otras se echaron a reír en tono bajo e indignado.

Miocene no dijo nada durante un largo instante. Luego su imagen fingió suspirar y habló con tono despreocupado:

—Puedo mejorar ese mapa vuestro. Sé cosas que la vieja maestra no podría imaginar siquiera.

La duda dio paso al interés.

Luego a la curiosidad.

Pero una de las escribas negó con su cabeza de goma.

—A tu predecesora hay que someterla a un juicio —le advirtió—. Un juicio público y justo, como ordenan las leyes mismas de la nave. De otro modo no trabajaremos contigo.

—¿Y no he prometido yo juicios? —respondió ella—. Examinad mi vida. Cualquier perfil que deseéis. ¿Cuándo he hecho otra cosa que no fuera defender las leyes de la nave?

Las escribas hicieron lo que Miocene les aconsejó y, como ella había esperado, se aburrieron pronto. Su vida no era ningún enigma. No tenía interés para ellas. Una tras otra, todas las miradas volvieron a su sofisticado y misterioso mapa.

—Si os doy esta información —les dijo ella—, no podéis compartirla con nadie más. ¿Comprendido?

—Lo entendemos todo —le advirtió la primera escriba.

—Y si encontráis alguna solución posible, no se lo digáis a nadie salvo a mí. A mí. —Se quedó mirando cada uno de los pares de ojos de cristal—. ¿Podéis comprometeros con esos términos?

Con una sola voz dijeron que sí.

Miocene insertó en el mapa los últimos parámetros, dibujó la concha de hiperfibra que rodeaba el núcleo, colocó Médula dentro de la concha y por fin les mostró lo que había en su interior. Luego hizo que Médula se expandiera y contrajera, y un torrente de datos explicó que la energía cumplía un círculo a través del cuerpo de hierro y que los contrafuertes lo mantenían en su sitio, todo aquello que tuviera algún interés potencial y que ella había absorbido a lo largo de aquellos horribles siglos.

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