Robert Reed - Médula

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La Gran Nave lleva viajando por el espacio más tiempo del que su tripulación es capaz de recordar. Desde que, hace algunos milenios, entró en la Vía Láctea y fue colonizado por los humanos, este colosal vehículo del tamaño de un planeta ha vagado por la galaxia transportando a billones de hombres y miles de razas alienígenas que han conseguido la inmortalidad gracias a la alteración genética.Pero los pasajeros no viajan solos: en el interior de la nave duerme un secreto tan antiguo como el propio universo. Ahora está a punto de despertar…

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—Nadie te menciona. A nadie parece importarle. Pero Miocene y tus nietos están buscándolo a él por todas partes. —Pamir señaló el suelo—. Estuvieron a punto de encontrarnos a él y a mí dentro del tanque de combustible. Pero no dejes que esos silencios ceñudos te engañen. Locke me dijo lo suficiente para restringir nuestro lugar de búsqueda lo suficiente…

—¿Cuántos capitanes sueltos hay?

—Yo cuento veintiocho. O veintisiete. O quizás haya bajado hasta veintiséis.

—Mierda —dijo Washen en voz baja.

—Sin incluirte a ti —añadió él —Pero ya hace mucho tiempo que se disolvió tu comisión. Y si eso no te vuelve loca, escucha esto. Ahora mismo estás sentada con el maestro capitán legal de la nave. ¿No es una idea aterradora?

Washen hizo todo lo que pudo por digerir la noticia. Luego se inclinó y colocó la palma de su nueva mano en el suelo, como si intentara aferrarse a la cabeza de su hijo.

—De acuerdo —susurró—. Dime todo lo que sepas. Rápido.

Pamir le habló de cómo las había buscado, a ella y a Miocene. De la ayuda de Perri y la creciente frustración, y de cómo al final, momentos antes de rendirse, se había tropezado con aquel reloj arcaico incrustado de plata.

—¿Todavía lo tienes? —preguntó Washen mientras levantaba la mirada.

Y allí estaba, colgando de una nueva cadena de plata. Pamir no tuvo que decirle dos veces que lo cogiera. Luego, mientras Washen abría la tapa y leía el lema, él le contó algo más de su historia: la fuente de neutrinos, la escotilla oculta, el túnel derrumbado… Se detuvo en el momento en el que Locke y él miraban sobre la casa de las sanguijuelas.

Con un leve chasquido, Washen cerró la tapa de plata.

—Si hubiera ampliado el radio de búsqueda y perseguido cada pequeño objetivo… —dijo Pamir en tono de disculpa.

—No estoy decepcionada —lo interrumpió ella esbozando una cálida sonrisa.

—Me distrajeron —continuó Pamir—. Primero los neutrinos. Luego encontramos la escotilla secreta de Diu, y lo único que hice fue cavar.

Washen rodeó con las manos su reloj y se concentró. Pamir había pronunciado «Diu» con desdén. Luego sacudió la cabeza.

—Te juro que soy incapaz de acordarme de ese pequeño gilipollas.

Quise a ese hombre, pensó Washen asombrada.

Luego dijo «neutrinos» con voz baja y curiosa. Levantó la cabeza para mirar a Pamir.

—¿Qué viste? Con exactitud. ¿Era muy grande el flujo?

Pamir se lo contó todo con nítidos detalles.

Como Washen no reaccionara, su amigo cambió de tema.

—En cuanto estés lo bastante fuerte, nos vamos. No existe ningún lazo oficial que me una a Perri o Quee Lee. Pero podría haber algún viejo archivo de seguridad en alguna parte, y Miocene lo encontrará. Necesitamos un sitio nuevo en el que ocultarnos. Que es en parte lo que he estado haciendo estos últimos días…

—¿Y luego?

—Esperar el momento adecuado. Tener paciencia y prepararnos. —Hablaba despacio, con tono seguro, igual que un hombre que le hubiera prestado toda su atención a ese tema—. Si queremos recuperar nuestra nave, y conservarla, entonces tendremos que reunir los recursos, los músculos y la sabiduría, para lograr que las cosas resulten un poco menos imposibles…

Washen no dijo nada. No sabía muy bien qué pensar. Su mente jamás le había parecido más vacía ni más inútil. Lo que se suponía que era su atención pasaba sin parar entre sus manos dobladas y una mirada larga y dolorida al hijo que se sentaba en la hermosa selva. Abrió primero las manos con esfuerzo, después la tapa de plata, y se quedó mirando de nuevo aquellas manecillas lentas, incansables.

—Tenemos aliados —admitió Pamir—. Eso es lo que también he estado haciendo durante estos últimos días. Entrando en contacto con amigos probables…

Una vez más Washen cerró el reloj y rodeó con las manos el metal que había calentado su sangre. Habló en voz baja, casi en un susurro.

—No teníamos reactores de fusión.

—¿Disculpa?

—Cuando me fui de Médula. La mayor parte de nuestra energía procedía de fuentes geotérmicas.

—Estuviste fuera más de un siglo —le advirtió Pamir—. Pueden cambiar muchas cosas en tan poco tiempo.

Quizá.

—A juzgar por las pruebas —continuó él—, yo diría que los rebeldes tuvieron que abrir un agujero muy ancho para salir de Médula. Dado que regresaban por el viejo agujero, el suyo se encontró con el mío, lo que hizo su trabajo más fácil. Pero aun así… Cientos de kilómetros excavados en días, u horas. Por eso no dispusimos de ninguna advertencia. Y por eso debieron de construir todos esos reactores de fusión, supongo.

Su amiga dijo «quizá», pero negaba con la cabeza al mismo tiempo.

Washen abrió las manos otra vez. Pero esta vez dejó caer el reloj, que aterrizó de canto y con un chasquido suave. Al inclinarse a recogerlo, la antigua capitana clavó la mirada en su hijo, que estaba absorto en la contemplación de un extraño mundo verde; los ojos del joven, grises y suaves, no traicionaban ni el susurro de una sensación de asombro, y mucho menos una mínima preocupación.

—¿Qué pasa, Washen?

Esta se dispuso a hablar, pero no dijo nada.

—Cuéntamelo —insistió Pamir.

—Creo que te equivocas —se oyó decir ella.

—Es muy probable. ¿Pero en qué?

Hasta que lo dijo no estuvo segura de lo que iba a soltar.

—En la fuente de energía. Te equivocas. Pero eso no es lo que más importa.

—¿Qué importa?

—Míralo —dijo Washen.

El anciano se quedó mirando entre sus pies y observó al prisionero durante un buen rato. Luego, por fin, con cierta indignación medida, preguntó:

—¿Qué debería ver?

—Locke es un rebelde. Todavía cree.

Pamir lanzó un leve bufido.

—Lo que es ese es un fanático —dijo—. Y no sabe más, así de simple.

—Till y él estuvieron en la casa de las sanguijuelas —le contestó ella sacudiendo la cabeza—. Ya conoces ese sitio. Susurra cualquier cosa y se oyen tus palabras en todas partes.

Pamir aguardó.

—Desde que me despertaste, es algo que me ha estado reconcomiendo. — Washen recogió el reloj y convenció a su sarong para que crease un bolsillo que lo albergase en un sitio seguro. Luego miró a Pamir con los ojos brillantes y llenos de certeza—. Till y Locke tuvieron que oír hablar a Diu. No les habría quedado más remedio. Su confesión fue meticulosa y no dejaba espacio para maniobrar. Todo lo que creen los rebeldes lo inventó Diu. Y esa es revelación suficiente para mutilar la fe más robusta.

—Tu hijo es un fanático —espetó Pamir con más porfía que razón—. Y Till es un arribista ambicioso y dañino.

Washen apenas lo oyó.

Estrechó los ojos y pensó en voz alta.

—Esos dos rebeldes lo oyeron todo, y no importó. Quizá ni siquiera les sorprendió que Diu estuviera vivo. No es tan escandaloso. Los rebeldes siempre sabían todo lo que estaba pasando en Médula. No había secretos para ellos. Y después de que Diu muriera, llevaron a Miocene a casa. Porque la necesitaban. Porque si son los constructores renacidos e iban a tomar de nuevo la nave… entonces necesitaban una capitana de alto grado, como Miocene. Alguien que sabía anular los sistemas de seguridad y a la vieja maestra…

Pamir respiró hondo y dejó escapar el aire entre los dientes.

—Till es un cínico y está utilizando la religión inventada por Diu, y Miocene le está siguiendo el juego… —sugirió.

—No —dijo Washen—. Y quizá. —Luego señaló a Locke—. Él cree. Conozco a mi hijo y entiendo, espero, su capacidad. Y en el fondo sigue siendo un rebelde.

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