Robert Reed - Médula

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La Gran Nave lleva viajando por el espacio más tiempo del que su tripulación es capaz de recordar. Desde que, hace algunos milenios, entró en la Vía Láctea y fue colonizado por los humanos, este colosal vehículo del tamaño de un planeta ha vagado por la galaxia transportando a billones de hombres y miles de razas alienígenas que han conseguido la inmortalidad gracias a la alteración genética.Pero los pasajeros no viajan solos: en el interior de la nave duerme un secreto tan antiguo como el propio universo. Ahora está a punto de despertar…

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—Recuerdo a ese —dijo Daen. Luego, con un gesto rápido y una risita nerviosa, añadió—: Yo no me preocuparía. Lo más probable es que Pamir esté escondido en uno de sus viejos agujeros, rezando para que llegue la próxima amnistía.

Daen era su segundo en la presidencia, el mismo puesto del que había disfrutado antes de Médula. Pero era un cargo que había aceptado de mala gana, incluso cuando por fin admitió que la antigua maestra era una inepta. Dejar que un loco como Diu consiguiera tanto poder, y luego no encontrar a sus capitanes tras casi cinco milenios… Bueno, con toda probabilidad merecía que la derrocaran. Pero aun así, de no haber sido por su lealtad hacia Miocene no habría tomado parte en algo tan feo. Lo había dejado claro en numerosas ocasiones. Y, a su vez, Miocene no le dio ningún papel importante ni responsabilidades clave. Daen y los demás capitanes antiguos tenían un único y claro propósito: demostrar que Miocene estaba actuando de forma legal y moral, apoyada por almas de probada valía que pensaban como ella.

Miocene estaba de acuerdo con la valoración que hacía de Pamir su segundo en la presidencia, pero, como siempre, Daen no incluía ciertos puntos clave.

—A pesar de lo que pensemos de ese hombre —les respondió ella—, Pamir tiene talento. Y lo que es más importante, tiene el rango de primer grado. Si va a haber un contraataque organizado, por ley y por tradición, Pamir es el líder. Aunque solo sea como marioneta de alguien, la gente puede considerarlo ahora el auténtico maestro de la nave.

La advertencia de Miocene tuvo un impacto lento y contraproducente.

Daen parpadeó, como si estuviera aturdido.

—Yo solo espero que no lleguen a producirse contraataques, ni una rebelión abierta —admitió.

Otros antiguos oficiales estuvieron de acuerdo con él. Pero Till les recordó a ellos y a sus rebeldes:

—No hay tiempo para preocuparse por un hombre. Ni por rebeliones que solo existen en nuestra imaginación.

Miocene asintió y desvió el centro de atención. Miró a otro de los maestros adjuntos.

—Twist —dijo con una sonrisa—. ¿Cuándo tendrás listos por fin los nexos nuevos para que puedan ser implantados, en ti y en los demás? Y en mí. Sobre todo en mí.

El encantador maestro adjunto intentó sonreír, pero fracasó.

—Otros quince días —admitió—. Justo a tiempo para la gran aceleración.

Había que despojarse de todo un sistema antiguo y bizantino, lleno de trampas y políticas fallidas, y luego construir uno mejor a partir de los ingredientes más crudos. No, los retrasos no eran una gran sorpresa, ni siquiera una gran desilusión.

—Pepsin —dijo Miocene.

El nieto de Aasleen asintió con gesto amable.

—Ya dispone del control absoluto de los motores principales, señora — prometió.

Miocene dejó que todos vieran su»sonrisa. Luego el ingeniero añadió:

—Hubo algunos episodios de sabotaje. Unos pocos. Pero lo que los constructores crean, seguro que es resistente…

—¿Tienes manos suficientes para hacer las reparaciones?

El hombre fornido asintió.

—Sí, señora —dijo—. Las tengo.

Estaba mintiendo. La maestra lo percibió al asentir, y luego, del modo más despreocupado, mencionó:

—Cuando te falten manos, ponte en contacto con Till o conmigo. Se desviarán hacia ti todos los recursos.

—Gracias, señora. Gracias.

La abuela de Pepsin habría sido de inmensa ayuda allí. Pero Miocene no se permitió el lujo de pedir deseos. Aasleen había tomado una decisión, y ahora disfrutaba de una existencia cómoda y aburrida en Ciudad Hazz. Había vivido así desde que los rebeldes se habían hecho con el control de las ciudades e industrias unionistas. Su invasión, terreno de prueba para lo que estaba pasando ahora en la nave, había sido rápida, con un mínimo de derramamiento de sangre e incomodidades. Para cuando Miocene volvió a nacer, la sociedad unionista ya se estaba disolviendo en la cultura rebelde, mucho más grande y potente. Para cuando se encontró recobrada y entera de nuevo, su hijo pudo entregarle un imperio repleto de posibilidades.

—Para ti, madre —le había susurrado al nuevo oído—. Esto es para ti. Y te prometo que no es más que el comienzo.

Una vez más Miocene se sintió obligada a levantar los ojos y mirar a su hijo, y no pudo evitar sentirse especialmente dichosa. Durante el renacimiento, su hijo le había enseñado lo que era posible. Se respondieron todas las preguntas. Todas las dudas se evaporaron sumergidas en su amor por Till. Y luego, a través de su amor y devoción, Till le ofreció el timón de la nave.

—La maestra no se merece su puesto —le había asegurado él—. No sirve a la nave como debería o como tú lo harás. ¿No es cierto, madre? ¿Puedes acaso sostener lo contrario?

Fue un momento grandioso, perfecto.

Todo lo que había en la larga y ambiciosa vida de Miocene señalaba hacia esa epifanía. Su obligación era obvia. De hecho, parecía que todas las privaciones y angustiosos dolores que había sufrido no eran más que la cuidadosa preparación de su alma, un modo de disponerla para lo que era, a falta de una palabra mejor, su destino.

—Los dos somos constructores renacidos —había ronroneado Till.

—Lo somos —había vocalizado ella mirando radiante a su único retoño.

Para Miocene los constructores eran una abstracción. Una idea con la que podía coexistir. No, no creía que sus almas tuvieran miles de millones de años. Pero estaba claro que lo más natural era que ellos se hicieran cargo de esa magnífica y maravillosa máquina. Contempló las almas endurecidas sentadas a la larga mesa. Rebeldes, unionistas. Se imaginó los millones de hijos nacidos antes y después de la fusión de aquellas dos naciones. Y estaban los capitanes que habían demostrado su valía a lo largo de una marcha de un siglo que había culminado con ese momento. Ahora…

—¿Me permite ponerme en pie, señora, y decir unas palabras? —preguntó Till.

Miocene asintió. Se posó encantada en la silla demasiado grande de la maestra y dejó que todas las miradas se centraran en él.

Durante los siguientes minutos, su hijo habló de responsabilidad. De la importancia de los días y semanas siguientes. Repitió lo que su madre ya había enfatizado: que era crucial que la aceleración de la nave se desarrollara según el programa. Tenían que demostrar a los pasajeros y a la galaxia que la nave estaba en manos competentes.

Era el discurso de Miocene, pero solo en parte.

Como siempre, esta observó cómo los presentes parecían beber las palabras de su hijo. Una vez más comprendió por qué aquel hombre podía encontrar seguidores y motivarlos. Hasta ancianos como Twist y Daen asentían con expresión admirativa. Su lealtad había cambiado de un modo abstracto y enrevesado, y se acercaba ahora un poco más a los rebeldes.

Y entonces la maestra dejó de pensar en Till: sus ojos se centraron en un nuevo capitán que acababa de entrar en la sala de conferencias. El recién llegado se inclinó ante sus superiores y tomó una de las dos sillas vacías que quedaban al otro extremo de la mesa.

Till concluyó diciendo:

—Bienvenido, Virtud.

El otrora traidor del campamento rebelde consiguió inclinarse aún más.

—Mis disculpas —respondió—. Hubo un problema…

—¿Con la espina otra vez? —preguntó Till.

—Con su perforación en concreto, señor, señora. La vieja hiperfibra está ofreciendo una lucha tenaz. —Sus ojos grises parpadearon como si sintiera vergüenza y luego se quedó mirándose las manos—. Dentro de una semana. Puedo asegurárselo, señora: dentro de una semana podrá gobernar la nave desde cualquier punto, incluido Médula…

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