Robert Reed - Médula

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La Gran Nave lleva viajando por el espacio más tiempo del que su tripulación es capaz de recordar. Desde que, hace algunos milenios, entró en la Vía Láctea y fue colonizado por los humanos, este colosal vehículo del tamaño de un planeta ha vagado por la galaxia transportando a billones de hombres y miles de razas alienígenas que han conseguido la inmortalidad gracias a la alteración genética.Pero los pasajeros no viajan solos: en el interior de la nave duerme un secreto tan antiguo como el propio universo. Ahora está a punto de despertar…

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En ese momento no eran más que un grupo de abordaje. Unos cuantos millones de personas motivadas, entrenadas a conciencia y bien armadas que vivían lejos de su hogar.

—Cuando la espina esté terminada, la integración de las funciones de mando no tardará mucho —prometió el hombre—. Un día o dos. O quizá tres.

Till miró a su madre.

—Gracias, Virtud —dijo por los dos.

Miocene apenas fue consciente del intercambio. Lo que estudiaba era la última silla vacía, que le hacía sentir una inquietud instintiva. Cuando devolvió la atención a la reunión y no oyó nada salvo un silencio paciente, se inclinó hacia delante en la mesa de madera de perla.

—Locke —indicó—. ¿Ha sabido alguien algo de él?

No respondió nadie.

Pero la expresión de Till se tensó levísimamente.

—No, no ha habido ninguna noticia —admitió en voz baja.

En los primeros momentos del motín, sin previo aviso, Locke había desaparecido. Era algo de conocimiento general, pero que nunca se discutía. Los otros capitanes y generales fingieron estar muy ocupados con detalles diversos mientras Miocene hablaba con su hijo.

—¿Todavía crees que está por ahí persiguiendo el alma de su madre? — susurró.

—Por supuesto —respondió Till.

¿Qué percibía Miocene en su voz?

—Conozco a ese hombre —continuó su hijo—. Quería mucho a Washen, aunque no la veía durante siglos enteros. Era un amor que Miocene podía entender.

—Y al pobre hombre lo atormentaba la culpa. Por lo que ocurrió, por lo que tuvo que hacer… Fue muy difícil para él.

Locke había matado a su propio padre al intentar salvar a su madre. Pero a pesar de todo Washen había muerto. Los dos rebeldes habían visto su cuerpo destrozado por los explosivos. Tanto la carne arrancada como la mente moribunda habían quedado esparcidas por un gran océano de combustible líquido, perdidas para siempre. Todos los informes existentes en los archivos de la maestra documentaban una larga e inútil búsqueda. Un rebelde solitario no tenía posibilidad alguna de encontrarla. Ninguna. Miocene estaba segura, pero tuvo que preguntarlo:

—¿Has enviado a alguien a registrar el hábitat de las sanguijuelas, tal como sugerí?

—Naturalmente —respondió Till.

—¿Y qué han encontrado?

—Estaba sellado, pero había señales de lucha —admitió él mientras sacudía la cabeza con repentina pesadumbre—. Es posible, solo posible, que Locke se tropezara con un guardia armado. Las pruebas son escasas, pero razonables. Hubo una lucha y lo mataron con su propia arma.

Su madre esperó un momento y luego preguntó sin rodeos:

—¿Por qué no me lo has contado?

Till parpadeó. Lanzó un suspiro.

—No me parecieron noticias apremiantes —respondió con una tristeza peculiar.

—Si Locke ha sido capturado…

—Madre —gruñó el hombre—. Locke no supone ningún peligro. Ya lo sabes.

La mujer se irguió en la silla de la maestra y se quedó mirando aquel hermoso rostro con toda la frialdad que pudo reunir.

—No sabe nada —insistió su hijo—. Su lugar en esta mesa es honorífico. Nada más. Hace ya mucho tiempo que no le doy ninguna autoridad. Porque, como te aseguré, lo conozco muy bien.

¿Ah, sí?, pensó ella en secreto.

Luego la invadió el frío y se estremeció sin que nadie se percatara de ello. Se produjo un largo silencio.

—Quizá desees registrar el propio tanque de combustible —dijo al fin.

—Ya lo hemos hecho —respondió Till.

Algo se había apagado en sus ojos. Algo ilegible. Incluso muerto.

—Ese tanque es inmenso —le recordó Miocene.

—Que es por lo que hasta hoy no se terminó nuestra búsqueda. —Aquella mirada inescrutable lucía una amplia sonrisa—. Envié diez enjambres a registrarlo…

¿Diez enjambres apartados de qué responsabilidades?

—… y todo lo que encontraron fueron barcazas de aerogel, e instrumentos científicos embalados y listos para su envío. Nada vivo, nada que tuviera la menor relevancia.

—¿Estás seguro? —preguntó ella.

Till entró con calma en la trampa.

—Sí, señora. Estoy bastante seguro.

Miocene alzó una voz de inusitada dureza.

—Pero ya en el pasado se le han pasado cosas importantes —exclamó—. ¿No es cierto, primero en la presidencia? ¿No es verdad?

Su hijo se envaró.

La sala quedó en silencio, expectante.

Till se obligó a relajarse. Luego, en voz baja y airada, dijo:

—Locke es un inútil.

Diez enjambres era un número enorme de soldados, sobre todo si se estaba persiguiendo a alguien que era inútil.

Pero Till se limitó a seguir sacudiendo la cabeza y a decir a todos los presentes ante la mesa de madera de perla:

—Aunque quisiera, no podría hacernos daño.

38

—No se preocupe. Solo es mi mano.

La presión era suave, tranquilizadora.

—Ahora quédese quieta, querida. Quieta. ¿Quién se estaba moviendo?

La voz pronunció un nombre conocido y la manó protestó ante la presión.

—Está luchando. Contra mí o contra otra cosa.

La voz está hablando de mí.

Otra voz, más profunda y lejana, dijo:

—Washen. Solo quédate quieta. Washen. Por favor.

Luego una mano más grande intentó asfixiarla, le apretó la boca y la nariz, y la voz profunda se acercó un poco más, íntima y familiar.

—No tenemos mucho tiempo —le dijo—. Estamos precipitando tu recrecimiento.

¿Recrecimiento?

—Duerme —le aconsejó él al levantar la mano.

—Creo que eso es lo que hace —dijo la voz de la mujer.

Pero Washen solo tenía los ojos cerrados, fingía dormir y saboreaba el dolor blanco y constante del nacimiento de su nuevo cuerpo.

Se abrieron unos ojos nuevos. Parpadearon.

Una luz penetrante y verde quedó eclipsada por la silueta de la cara de un hombre, y Washen oyó su propia voz.

—¿Pamir? —preguntó—. ¿Eres tú?

—No, madre —respondió él.

La mujer se estremeció.

—¿Esto es Médula? ¿Hemos vuelto?

Locke no dijo nada.

—¡Pamir! —gritó ella.

—Su amigo no está aquí ahora —dijo otra voz. Era la misma que antes, femenina y suave—. Se ha ido, aunque solo un rato —le aseguró la mujer—. ¿Cómo se siente, querida?

Movió la cabeza y el cuello le estalló en llamas.

—Despacio, querida. Despacio.

Washen respiró hondo y se encontró mirando a una encantadora mujer vestida con un sarong de color esmeralda. Cabello negro. Labios gruesos. Sonriente y tímida. Resultaba obvio que no era rebelde. Ni una unionista normal. Sus ropas lo decían, y la forma ligera y pausada que tenía de moverse subrayaba sus orígenes antiguos. Aquella mujer era una pasajera. Acaudalada, casi con toda certeza. Y era probable que poco acostumbrada a tener una mujer muerta en su hogar.

—Me llamo Quee Lee.

Washen asintió poco a poco, tratando de acostumbrarse al dolor. Los ojos tomaron una panorámica de la selva terráquea. El follaje húmedo y verde estaba puntuado por tumultos de flores salvajes y tropicales. Cruzaban el aire cálido y dulce pájaros y murciélagos pintados. En el tocón medio podrido de un árbol estaba sentada una tropa de monos modificados que formaban un círculo descuidado, hacían notorio caso omiso de los seres humanos y jugaban a una especie de juego con piedras, palos y los delicados cráneos blancos de unos búhos muertos.

—Volverán —dijo la anfitriona—. Pronto.

—¿Volverán?

—Mi marido y su amigo.

Washen yacía dentro de una cama autodoc abierta, su nuevo cuerpo vestido con un mejunje negruzco de silicona, oxígeno disuelto y un billón de micromáquinas. Así era cómo renacía un soldado, de una forma demasiado rápida y chapucera, carne y huesos hechos a granel mientras las funciones inmunológicas se mantenían al mínimo. Quee Lee se había sentado a un lado de la cama, Locke al otro. Su hijo estaba vestido con el colorido atuendo de cualquier pasajero, su piel oscurecida por la luz ultravioleta. Su precioso y espeso cabello había crecido lo suficiente para conseguir un rastrojo dorado e incipiente, y las manos y los amplios pies desnudos estaban atados con el cordón de seguridad estándar.

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