Robert Reed - Médula

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La Gran Nave lleva viajando por el espacio más tiempo del que su tripulación es capaz de recordar. Desde que, hace algunos milenios, entró en la Vía Láctea y fue colonizado por los humanos, este colosal vehículo del tamaño de un planeta ha vagado por la galaxia transportando a billones de hombres y miles de razas alienígenas que han conseguido la inmortalidad gracias a la alteración genética.Pero los pasajeros no viajan solos: en el interior de la nave duerme un secreto tan antiguo como el propio universo. Ahora está a punto de despertar…

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—¿Cuánto tiempo ha pasado? —preguntó con voz baja y nerviosa.

El no respondió.

Quee Lee se inclinó hacia delante.

—Ciento veintidós años —dijo—. Menos unos cuantos días.

Washen recordó los golpes explosivos y la sensación de que la arrancaban del hábitat de las sanguijuelas, de que avanzaba a tropezones a medida que su piel se congelaba y su mente caía en el coma más profundo posible.

Cuando pasó la sensación de náusea, preguntó:

—¿Me encontraste tú, Locke?

El joven se dispuso a responder, pero al final cerró la boca.

—La rescató Pamir —dijo Quee Lee—. Con la ayuda de su hijo.

Una vez más Washen contempló los cordones negros de seguridad y, luego, consiguió echarse a reír.

—Me alegro de que los dos os hayáis hecho buenos amigos.

La vergüenza se desangró hasta convertirse en una cólera helada. Locke enderezó la espalda y se obligó a explicarse:

—Fue un accidente. Fui a la casa alienígena. Para ver si los capitanes, o alguien más, habían estado allí. Y ese hombre feo se tropezó conmigo.

Pamir. Seguro.

Su hijo sacudió la cabeza indignado. Los dedos desnudos de los pies se encogían y estiraban en la tierra negra. ¿Qué pensaría un rebelde de aquel suelo tan rico? ¿Y de aquellos árboles de un color verde imposible? ¿Y de los monos? ¿Y qué pasaba con el elaborado trino de aquella ave, un sulfuradito, que caía sobre ellos desde las ramas más altas?

—Fui débil —admitió Locke al final con una tristeza inmensa.

—¿Por qué? —preguntó Washen.

—Debería haber matado a tu amigo.

—No es fácil matar a Pamir —respondió ella—. Créeme.

Una vez más Locke se aferró a su silencio.

Washen respiró hondo, con meticulosidad, y luego se sentó en la cama. El mejunje negro se le pegaba a la piel lisa como la de un bebé, totalmente desprovista de vello. Cuando se apagó lo peor del dolor, miró a Quee Lee.

—Ciento veintidós años —suspiró—. Las circunstancias han cambiado mientras yo dormía. He de suponer.

La mujer se estremeció y luego sonrió con timidez.

—¿Qué está pasando? —preguntó Washen—. ¿Qué sucede con la nave?

—No ha pasado nada —dijo su anfitriona—. Según nuestra nueva maestra capitana, la nave necesitaba un cambio de líder. Abundaba la incompetencia. Y ahora, según ella, todo está igual que antes, salvo lo que es mejor, y seríamos tontos si albergáramos alguna preocupación.

Washen miró furiosa a su hijo.

Este se negó a parpadear siquiera, o a mirar a nadie.

—Miocene… —escupió entonces Washen para sí, con voz grave y airada. Se volvió de nuevo hacia Quee Lee—. Al parecer es ella.

La IA del apartamento habló con una autoridad firme:

—Se está acercando Perri. Con el otro, sí. Parecen estar solos.

Luego preguntó:

—¿Les permito entrar, Quee Lee?

—Desde luego.

Habían pasado tres días más. Washen llevaba seis horas fuera de la cama. Se había puesto un sencillo sarong blanco y sandalias blancas, y acababa de tomar su primera comida sólida en más de un siglo. La fatiga incesante se convertía en energía nerviosa. Se encontraba al lado de Quee Lee, expectante. Se abrió la puerta del apartamento. La pantalla de seguridad estaba en su sitio, y fuera, en la amplia avenida rodeada de árboles, no había nadie. Lo que debería haber sido una escena atestada de gente cualquier día normal era una imagen tranquila, antinatural. De repente aparecieron dos hombres que caminaban con grandes zancadas. El más pequeño era guapo y sonreía con un encanto inconsciente. El otro era más grande, con un rostro ordinario, y Washen cometió el error más obvio. Una vez que cerraron la puerta y la bloquearon de veinte modos diferentes, le dijo al mayor:

—Hola, Pamir.

Pero el rostro ordinario se desprendió y expuso un segundo, idéntico al del hombre más pequeño. Igual de guapo. Y encantador. Y desde luego, aquel no era Pamir.

—Lo siento —dijo una voz alegre—. Pruebe otra vez.

El hombre menor era Pamir. Se desprendió de su disfraz.

—Hice que un autodoc me quitara treinta kilos de encima —se explicó con voz atronadora—. ¿Qué te parece?

—Tienes un aspecto maravilloso de todos modos —admitió ella.

El rostro de Pamir era tosco, como cortado a tajos en un bloque de roble denso y oscuro. Los bastos rasgos tenían una inclinación asimétrica, y el cabello, sucio y muy enmarañado, inclinaba las cosas todavía más. Daba la sensación de que aquel hombre sería incapaz de recordar la última vez que había dormido, pero los brillantes ojos castaños estaban despejados y alerta. Cuando miró a Washen sonrió. Al mirar hacia cualquier otro lugar su expresión se tornaba distante, distraída.

—Estoy muerto de hambre —comentó a nadie en particular.

Luego su mirada volvió a Washen y la sonrisa resurgió entre su inmenso cansancio.

—No me des las gracias —dijo con una mordacidad bien conocida, cínica y sabia—. Todavía no. Si esos nietos tuyos nos encuentran, desearás estar todavía en el fondo de ese mar de hidrógeno.

Era lo más probable.

Pamir se arrancó el resto del disfraz.

—¿Dónde está mi prisionero? —preguntó.

—En el jardín —respondió Quee Lee.

—¿Ha gruñido algo de importancia?

—Nada —respondieron las dos mujeres al unísono.

Una mano desnuda se apartó el pelo sucio. Luego Pamir se permitió una sonrisa.

—Quería estar contigo —confesó a Washen—. Cuando volvieras en ti. Pero tenía que ocuparme de un par de cosas antes. Lo siento.

—No te disculpes.

—Entonces no lo haré —bramó él.

—¿Qué está pasando ahí fuera? —preguntó Quee Lee a su marido.

El hombre guapo puso los ojos en blanco y adoptó un tono burlón.

—¿En una palabra? —dijo—. Está todo muy tranquilo. Horrible, extraña e incansablemente tranquilo.

—¿Dónde habéis ido, cariño? —le preguntó su mujer.

Los dos hombres se miraron y Perri dijo «cariño» con tono de advertencia.

Después, Pamir sacudió la cabeza.

—La comida primero —dijo—. Quiero recuperar mis treinta kilos. —Se quitó la piel falsa de las manos—. Luego tenemos que ir a un sitio. Solo nosotros, Washen. Tengo un trillón de preguntas y apenas hay tiempo para hacerte diez.

Pamir estaba limpio y lucía ropa nueva. Washen y él estaban dentro de una habitación de invitados. El diamante del suelo de la suite estaba incrustado de generadores de holografías y sol. Al mirar entre sus pies podían ver la sala ajardinada de Quee Lee y, en concreto, podían vigilar al hombre rubio que se había sentado en el claro más grande. Nunca tiraba de las correas que lo retenían y observaba con toda atención cada movimiento de cada pájaro, cada insecto y cada mono medio domesticado.

—Cuéntame —empezó Pamir—. Todo.

Cruzaron casi cinco mil años en lo que pareció un aliento. La falsa misión. Médula. El Incidente. Hijos nacidos; rebeldes nacidos. El renacimiento de la civilización. Washen y Miocene escapando de Médula. Luego Diu las había cogido y llevado al hogar de las sanguijuelas y Diu les había explicado que él era la fuente de todo lo que había pasado. Y justo cuando Washen estaba a punto de terminar la historia, hizo una pausa para respirar y asentir, y le dijo a Pamir—: Sé lo que has estado haciendo durante estos últimos días.

—¿De veras?

—Estabas intentando decidir si era de verdad. Si podías confiar en mí.

El hombre tomó un último bocado de filete medio crudo y luego la miró.

—¿Y qué tal? —preguntó—. ¿Puedo confiar en ti?

—¿Qué has averiguado? —lo presionó ella.

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