Robert Reed - Médula

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La Gran Nave lleva viajando por el espacio más tiempo del que su tripulación es capaz de recordar. Desde que, hace algunos milenios, entró en la Vía Láctea y fue colonizado por los humanos, este colosal vehículo del tamaño de un planeta ha vagado por la galaxia transportando a billones de hombres y miles de razas alienígenas que han conseguido la inmortalidad gracias a la alteración genética.Pero los pasajeros no viajan solos: en el interior de la nave duerme un secreto tan antiguo como el propio universo. Ahora está a punto de despertar…

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—Mi madre… es muy fuerte.

—¿Es?

Silencio.

—¿Es? —preguntó de nuevo. Luego cogió el reloj de Washen con los dos dedos supervivientes de la mano magullada. El dolor era constante y razonable. Dejó colgada en el aire la máquina de plata entre los dos dígitos—. Está muerta. Tu madre. Encontré esto y nada más. Y buscamos por todas partes, pero no encontramos ningún cuerpo.

El hombre se limitó a mirar hacia arriba para mostrarle al techo su desprecio.

—Ocurrió dentro del hábitat de las sanguijuelas, ¿verdad? —Pamir adivinó que estaba en lo cierto—. ¿La viste morir? —preguntó.

El hombre le pidió otra vez que lo matara, pero sin tanta intensidad.

El pie quemado se le estaba curando. Un buen ludita no poseería semejantes talentos.

—Sé de dónde eres —dijo Pamir a falta de una conjetura mejor—. Del centro de la nave, de algún modo. De algún modo.

El hombre se negó a parpadear siquiera.

Pero Pamir tenía la sensación de que era verdad, por imposible que pareciera.

—¿Cómo has subido hasta aquí? ¿Hay un túnel secreto en alguna parte?

Los ojos permanecieron abiertos. Bajo control.

—No —susurró el capitán—. Yo he estado excavando hacia vosotros un agujero estupendo, muy grande. Casi hasta abajo, y así es como subiste aquí. ¿Tengo razón?

Pero no esperó una respuesta. Por un canal seguro llamó a la capataz mecánica que trabajaba dentro del agujero.

—Todo está comprobado, señor —le dijo la IA en voz baja y confidencial—. Todo está como debería.

Pamir cambió de canal, por probar. Y de nuevo:

—Todo está comprobado, señor.

Eligió un tercer canal, una ruta y un sistema de codificación que jamás había utilizado, y la respuesta fue un silencio perfecto, sin junturas, que lo hizo murmurar «mierda» por lo bajo.

Su cautivo flexionaba el pie que ya le estaba creciendo.

Pamir lo volvió a cocer con una lanza de luz azul oscuro. Luego se guardó el reloj en el bolsillo y agarró al hombre por un brazo.

—Te mataré —le aseguró—. En su momento. Pero tenemos que mirar una cosa primero.

Arrastró al hombre hasta su coche cápsula.

Mientras se apresuraba por una ruta indirecta, Pamir intentó ponerse en contacto con la maestra. Le respondió la voz de una IA. Una imagen constreñida y muy codificada del puente y un rostro de goma que apareció justo detrás de la ventanilla del coche.

—Sea breve —fue la respuesta.

—Tengo una emergencia —le explicó Pamir—. Un intruso armado…

—¿Un intruso?

—Sí…

—Llévelo al centro de detención más cercano. Según las instrucciones que le dieron…

—¿Qué instrucciones?

Una incomodidad sincera se extendió por aquella cara asexuada.

—Se ha activado una alarma de primer grado, capitán. ¿No la ha oído?

—No.

La incomodidad de la máquina se convirtió en un dolor intenso.

—¿Qué está pasando? —exigió saber Pamir.

—Nuestro sistema de alarma se ha visto comprometido. Está claro.

—¿Qué pasa con los capitanes que están en el banquete?

—He perdido contacto con el Gran Salón —confesó la máquina, casi avergonzada. Luego dudó de repente, y con un tono diferente dijo—: Quizá debería venir al puesto de la maestra, señor. Puedo explicarle lo que sé si acude de inmediato.

Pamir miró al canal y parpadeó.

Durante un buen rato se quedó sentado, inmóvil, sin prestar atención a su prisionero, planteándose lo que sabía y lo que tenía que hacer en primer lugar.

Más de un siglo atrás, después del descubrimiento de la escotilla camuflada, los capitanes habían construido un refugio dentro de la estación de bombeo de la zona. Como ocurría con cualquier refugio, había una decena de formas secretas de meterse allí. Como cualquier cosa construida por los capitanes, la instalación estaba en perfecto estado, todos los sensores desconectados pero listos para despertar si introducían el código adecuado las personas autorizadas.

Pamir se deslizó en el interior del refugio sin incidentes. Pero no se molestó con los sensores, pues sus propios ojos se lo contaron todo.

Subían por la tubería de combustible y eran decenas, quizá centenares de coches extraños, sin ventanillas y enormes, con la forma de una especie de escarabajo depredador y construidos con un metal gris brillante. Acero, quizá. Lo que los convertía en unos vehículos extraños, excepcionales, impresionantes. Calculó su volumen y el posible número de cuerpos metidos en el interior de cada uno. Luego se quedó mirando a su prisionero y no dijo nada. Observó y aguardó hasta que el hombre le devolvió la mirada.

—¿Qué querías? —le preguntó al fin.

—Me llamo Locke.

—Locke —repitió él—. ¿Qué quieres?

—Somos los constructores renacidos —dijo el extraño hombrecito—. Y tú eres una de las almas equivocadas al servicio de los inhóspitos. Y estamos recuperando la nave, os la quitamos…

—Muy bien —gruñó Pamir—. Es vuestra. —Negó con la cabeza—. Pero yo no pregunto eso, señor Locke. Y si eres la mitad de listo que tu madre, ¡lo sabes perfectamente!

Pamir los llevó a hacer otro viaje con sus correspondientes rodeos.

Se detuvo dentro de una tubería de combustible secundaria y luego utilizó el láser para mutilar quirúrgicamente a su prisionero. Ahora que Locke era inofensivo, roció trajes salvavidas de emergencia sobre sus cuerpos y después de un momento, para permitir que los trajes se curaran, le quitó el sello a la escotilla principal.

La atmósfera de la cabina explotó en el vacío.

Pamir se arrastró hasta el espacio abierto, cogió un equipo de herramientas y luego le dio al coche un rumbo aleatorio y un destino que nunca podría alcanzar. Después sacó del coche a Locke a rastras antes de volverlo a sellar, y juntos lo vieron acelerar y perderse en la negrura.

Había una válvula a su lado. Construida por manos desconocidas, llevaba miles de millones de años sin usarse y la habían dejado abierta, al parecer solo para ellos.

Pamir arrastró a su prisionero tras él. Luego activó un interruptor que cerró la válvula lenta, muy lentamente.

La tubería terciaria tenía un kilómetro de longitud y terminaba en un tanque auxiliar diminuto que nunca había sido utilizado. Y tras ese tanque estaba el océano de hidrógeno del tamaño de un mundo.

Mientras caminaba deprisa con Locke a la espalda, Pamir empezó a hablar. Su voz se filtraba por la tela rociada.

—No está muerta —dijo—. Hubo una pelea y yo supuse que, si estuvo allí, la habían borrado del mapa o habían recuperado su cuerpo de algún modo. Pero a Washen la dejaron atrás y nunca la encontraste, ¿verdad? Volviste a esa casa alienígena por una razón. Tu primera oportunidad en más de un siglo, y volviste allí corriendo para buscar a tu madre. A Washen. Una de mis amigas más antiguas, de mis mejores amigas.

Locke respiró hondo, le dolía.

—Buscamos. Si se cayó alguien de ese hábitat, deberíamos haberlo encontrado. Un cuerpo pesado expulsado por la descompresión habría tenido un pequeño vector horizontal. Por eso miramos justo debajo de la casa alienígena. —Casi corría, pensaba en cuánto tiempo tenían y en lo que haría si no encontraba ayuda—. ¿Me estás escuchando, Locke? Sé cuánto maltrato puede soportar una persona, conozco algo al respecto. Y si podemos encontrar lo suficiente de tu madre, vivirá de nuevo.

Silencio.

—Tú estabas allí, Locke. —Pamir dijo las palabras dos veces y luego añadió—: El hidrógeno tiene corrientes, lentas pero complejas. Y como ya he dicho, estábamos buscando un cadáver completo. Porque era lo más fácil. Pero si solo había un trozo pequeño de ella, como la cabeza, la descompresión le habría dado un vector horizontal tremendo. Su pobre cabeza se habría congelado en cuestión de momentos y habría caído con fuerza en la oscuridad, habría bajado directamente a los fondos helados, y si ese es el caso, nosotros dos podríamos encontrarla. El equipo de búsqueda sigue allí, listo para intentarlo. Solo necesita conocer su objetivo…

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