Robert Reed - Médula

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La Gran Nave lleva viajando por el espacio más tiempo del que su tripulación es capaz de recordar. Desde que, hace algunos milenios, entró en la Vía Láctea y fue colonizado por los humanos, este colosal vehículo del tamaño de un planeta ha vagado por la galaxia transportando a billones de hombres y miles de razas alienígenas que han conseguido la inmortalidad gracias a la alteración genética.Pero los pasajeros no viajan solos: en el interior de la nave duerme un secreto tan antiguo como el propio universo. Ahora está a punto de despertar…

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Miocene asintió con la cabeza al tiempo que decía:

—Estoy de acuerdo.

—Y me encuentro… —La capitana dudó. Una aguda sensibilidad política hizo que meditara con cuidado sus siguientes palabras.

—¿Qué? —sondeó la maestra adjunta.

—La moralidad de todo esto. Tener hijos, y además tantos…

—¿A qué te refieres, querida?

Sorbió el té ofrecido y lo tragó. Después, Washen pareció decidir que no le importaba lo que Miocene pensara de ella.

—Es un cálculo cínico hacer estos chiquillos. No están aquí por amor…

—¿Es que no los queremos? —El corazón de Miocene se aceleró durante solo un momento.

—Pues claro que sí. Por supuesto. Pero sus padres estaban motivados por una simple lógica pragmática. En primer lugar y siempre. Los niños nos ofrecen manos y mentes a las que podemos darles forma, esperemos, y esas mismas manos y mentes van a construir el próximo puente.

—Según los planos de Aasleen —añadió Miocene.

—Como es natural, señora.

—¿Y no son esas razones muy importantes?

—Nos decimos que lo son. —Médula había cambiado el rostro de Washen. La piel seguía siendo suave y sana, pero la dieta y la luz constante y rica en rayos ultravioletas habían cambiado su tono, que era ahora de un color gris parduzco. Como el humo, la verdad. Y más que su piel, sus ojos también eran diferentes. Siempre inteligentes, ahora parecían más fuertes. Más seguros. Y la mente que había tras ellos parecía más dispuesta que nunca a dar voz a sus pensamientos privados.

—¿No deberíamos intentar escapar? —la presionó Miocene.

—¿Pero qué pasa después? —contraatacó la capitana—. Necesitamos tantos cuerpos en los próximos cuatro mil ochocientos años. Si queremos tener la capacidad industrial que Aasleen prevé, y suponiendo que Médula sigue expandiéndose, por supuesto. Suponiendo. Y entonces, volvemos a casa e imaginamos que somos héroes y demás. ¿Pero qué pasa con esta pequeña y tosca nación estado que hemos engendrado?

—No todo hay que decidirlo ahora —respondió Miocene.

—Ese es el peor problema, creo.

—¿Disculpa?

—Señora —dijo la capitana—. Al final no somos nosotras las que hemos de decidir. Es el futuro de nuestros hijos y nietos.

De repente Miocene pensó que ojalá fuera hora de irse a la cama. Entonces podría excusarse sin quedar mal, y en su oscuridad privada podría reproducir el día en su diario. Unas cuantas líneas de letra diminuta eran suficientes. El papel era tan fino como tecnológicamente resultaba posible en aquellos tiempos, pero a medida que se acumulaban los años, cada vez era más difícil transportar la floreciente historia.

—Nuestra nave —dijo la maestra adjunta— ha acogido todo tipo de pasajeros. Cualquier alienígena es más exigente de lo que podrán serlo nunca nuestros hijos.

Silencio.

Miocene se alisó el uniforme. Era una tela fresca y blanca, porosa a su sudor fragante e incesante, y se habían intercalado hebras de plata pura que querían simbolizar los uniformes espejados del pasado. Fuera, en la rotonda pública y en todos los demás lugares, los hijos no llevaban más que calzones, pequeñas falditas y chalecos diminutos. Hacía mucho tiempo que Miocene había aceptado aquella desnudez casi total, aunque solo fuera porque permitía que destacaran los antiguos capitanes, ataviados con su noble atuendo.

Aburrida con la espera le preguntó a su compañera:

—¿Qué es lo que te inquieta, querida?

—Estos niños —dijo Washen.

—¿Sí?

—Como si fueran los únicos.

—Te refieres a los rebeldes. —Miocene asintió, se echó a reír y se tomó su tiempo para terminarse el té. Después respondió a la capitana de primer grado—: Me limité a suponer que querrían permanecer aquí, donde son más felices. En Médula. Y que podríamos recluirlos aquí. Bien encerraditos.

Una nueva categoría se había colado sin esfuerzo en el recuento escrupuloso y exacto que hacía la maestra adjunta de ganancias y pérdidas. Estaban los nacidos, por supuesto, y los muertos. Y ahora, en números pequeños pero crecientes, estaban los desaparecidos.

Se suponía, con razón, que estas nuevas bajas se escabullían sin llevarse nada salvo provisiones y herramientas ligeras y adecuadas para una buena marcha. Si se podía dar crédito a los rumores y a la evidencia física, los rebeldes más cercanos estaban a mil kilómetros de distancia. Era un viaje abrumador para cualquier alma razonable, pero Miocene casi podía creer que los niños (los más susceptibles de desaparecer) podrían convencerse de que aquel era un reto encomiable, una empresa que con toda seguridad daría respuesta a alguna vaga necesidad o trivial ausencia en sus brevísimas vidas. Podía incluso imaginar sus razones. Aburrimiento. Curiosidad. Ideas políticas, aguadas o algo más sólidas. O quizás aquí, dentro del campamento unionista, no veían progreso para ellos. Eran personas lentas, perezosas o difíciles y quizá los rebeldes serían menos exigentes. Poco probable, pero eso era lo que los desaparecidos debían de decirse. Y allá se iban, solos y en pequeños grupos, contando con alegría con que la juventud y la buena fortuna les trajeran el premio que se merecían. Algunos murieron por el camino.

Solos, en valles temporales y sin nombre, se los tragaba el fluir del hierro o los cocía en un momento un estallido de gases abrasadores.

El primer impulso de Miocene había sido enviar equipos de rastreo, y luego castigar a los niños por su traición. Pero voces más caritativas, incluida la suya propia, le advirtieron que no tomara medidas tan duras. Los que importaban eran los que se quedaban, los que estaban dispuestos, los que de verdad tenían visión de futuro.

Cada noche, tras colocar los apuntes diarios en su sobre de amianto y luego en el baúl del mismo material, Miocene se premiaba con una pequeña felicitación. Otro día logrado, otro centímetro más cerca de su objetivo definitivo. Luego se sentaba en su pequeña cama, normalmente sola, y como con frecuencia se olvidaba de comer durante el azaroso día, se obligaba a tragar una rebanada de grasa muy especiada. Se forzaba a alimentar un cuerpo que ya pocas veces sentía hambre, pero que necesitaba calorías y descanso, y al menos era capaz de darle las primeras. Luego se echaba para pasar aquella noche imperfecta, casi siempre de espaldas, y a veces dormía, y soñaba, y otras veces se limitaba a quedarse mirando la oscuridad artificial, obligándose a permanecer inmóvil durante tres horas enteras mientras su mente trabajaba con una imprecisión distraída y planeaba el día siguiente, la semana siguiente, y luego los cinco mil años siguientes.

Los quinientos era el momento ideal para hacer algún gesto majestuoso.

Un año entero de conmemoración de sus vidas en Médula culminó con una celebración de una semana, y la celebración tuvo su cúspide en un suntuoso desfile alrededor de la Gran Rotonda de Ciudad Hazz. Asistieron la mitad de los unionistas del mundo. Desfilaron cuerpos pintados, amigos y familia con los brazos entrelazados, o bien aguardaron en el centro cubierto de tiendas de campaña de la Rotonda, o quizá contemplaron el desfile desde uno de los cincuenta edificios de madera y plástico que bordeaban el pulcro borde exterior de la zona pública. Había presentes cincuenta mil almas contentas y bien alimentadas y cada una de ellas levantó los ojos cuando Miocene subió al podio, miró el reloj que tenía en una mano al tiempo de levantar la otra, y luego bajó un largo y fino dedo como señal.

—Quinientos años —anunció con voz potente.

Magnificada y proyectada a través de voluminosos altavoces, su voz parecía resonar por toda la ciudad y el mundo.

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