Robert Reed - Médula

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La Gran Nave lleva viajando por el espacio más tiempo del que su tripulación es capaz de recordar. Desde que, hace algunos milenios, entró en la Vía Láctea y fue colonizado por los humanos, este colosal vehículo del tamaño de un planeta ha vagado por la galaxia transportando a billones de hombres y miles de razas alienígenas que han conseguido la inmortalidad gracias a la alteración genética.Pero los pasajeros no viajan solos: en el interior de la nave duerme un secreto tan antiguo como el propio universo. Ahora está a punto de despertar…

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—Somos vuestros hermanos y hermanas —les recordó más de una vez. Luego, cuando los pequeños sonrieron por fin, les preguntó—: ¿Sabéis algo de la nave?

El niño miró al cielo.

—Es muy antigua —dijo.

—No hay nada más antiguo —le confió Till.

—Y es enorme.

—Nada puede ser más grande. Sí.

Su hermana se tocaba el ombligo mientras esperaba sentirse un poco más valiente. Cuando Till la miró, ella levantó los ojos y les dijo a todos:

—Es de donde vinimos. La nave.

El público se rió de ella.

Till levantó una mano y se hizo el silencio.

Su hermano la corrigió con voz baja y fiera:

—Los capitanes vinieron de allí. Nosotros no.

Till asintió; esperaba.

—Pero nosotros vamos a ayudarlos —añadió el niño. El placer que le inspiraba ese destino era infinito—. Los ayudaremos a volver a la nave. Pronto.

Hubo un silencio prolongado y muy frío.

Till se permitió una sonrisa paciente y dio unos golpecitos a los dos en la cabeza. Luego miró a sus seguidores y preguntó:

—¿Tiene razón?

—No —rugieron ellos.

Los hermanos se estremecieron e intentaron desvanecerse.

Till se arrodilló entre ellos.

—Los capitanes son solo los capitanes —dijo con voz tranquila y firme—. Pero vosotros y yo, y todos los que estamos aquí… estamos construidos de la materia de este mundo, de su carne, su agua y su aire…, y de las almas antiguas de los constructores, también.

Washen llevaba un cuarto de siglo sin oír esa tontería y al oírla entonces no supo si reírse o explotar.

—Somos los constructores renacidos —aseguró Till a todos. Luego se puso en pie, cubrió con un gesto de cariño los hombros vencidos de los niños e insinuó el auténtico alcance de la rebelión—. Sea cual sea nuestro propósito, no es ayudar a los capitanes. Esa es la única verdad de la que estoy seguro.

Luego clavó los ojos en la selva ensombrecida.

—Los capitanes solo piensan que tienen bien sujeta la nave —exclamó—. Pero amigos, si os parece… ¡pensad en todas las maravillas que pueden ocurrir en un solo día!

Miocene se negó a creer nada de lo que le contaban.

—En primer lugar —le dijo a Washen y a sí misma—, conozco a mi hijo. Lo que has descrito es ridículo. Absurdo. Y con franqueza, estúpido. En segundo lugar, y según tu relato, este mitin incluía a más de la mitad de nuestros niños…

Diu la interrumpió.

—La mayor parte son adultos. Con hogares propios. —Luego añadió—: Señora. —Y enmarcó la palabra entre rápidos asentimientos.

Descendió un silencio airado. Luego Washen admitió:

—Lo he comprobado. Varias docenas de niños se escabulleron de las guarderías anoche…

—Y no estoy afirmando que no lo hicieran. Y estoy muy segura de que se escabulleron a alguna parte. —Luego, con una expresión arrogante, Miocene preguntó—: ¿Querréis escucharme los dos? ¿Tendréis conmigo esa consideración, por favor?

—Por supuesto, señora —dijo Diu.

—Sé lo que es posible. Sé con toda exactitud cómo se crió mi hijo y conozco su carácter, y a menos que podáis ofrecerme algún motivo creíble para esta fábula…, para esta mierda, creo que vamos a fingir que aquí no se ha dicho nada…

—¿Qué pasa con mis motivos? —preguntó Washen—. ¿Por qué iba a contar yo semejante historia?

Con una alegría escalofriante Miocene dijo:

—Codicia.

—¿Hacia quién?

—Créeme, lo entiendo. —Los ojos hoscos se estrecharon, destellos plateados en las esquinas—. Si Till está perturbado, tu hijo es el que más gana. Posición entre sus compañeros, como mínimo. Y con el tiempo, poder auténtico.

Washen miró a Diu.

No habían mencionado el papel de Locke como informante y lo habían mantenido en secreto tanto tiempo como les fue posible por una maraña de razones, en su mayor parte egoístas.

Estaban dentro de la casa de la maestra adjunta, que solo disponía de una habitación. El lugar parecía pequeño y atestado, e inmersos en aquel aire nervioso casi no se podía respirar por el calor. Había un cierto desaliño a pesar de que Miocene mantenía todas las superficies tan limpias como era posible. Desaliño y un profundo hastío, y en las esquinas más oscuras, había un miedo vivo y frío. Washen casi podía ver el miedo que clavaba en ella sus ojos apagados y rojos.

No pudo evitarlo.

—Pregúntele a Till por los constructores —insistió—. Pregúntele lo que cree.

—No pienso hacerlo.

—¿Por qué no?

La mujer se tomó un momento para tirar en vano de las esporas con púas y las semillas aladas que estaban intentando echar raíces en su uniforme humedecido por el sudor. Luego, con una lógica cortante dijo:

—Si tu historia es mentira, dirá que es mentira. Y si es cierto y él miente, entonces se limitará a decir que no debería creerte.

—¿Pero y si lo admite?

—Entonces Till quiere que yo lo sepa. —Se quedó mirando a Washen como si fuera la peor de las tontas. Sus manos habían dejado de tirar de las semillas y su voz era colérica, sólida y muy fría—. Si confiesa, entonces quiere que yo lo averigüe, Washen. Querida. Y tú solo estás sirviendo de mensajera.

Washen cogió aliento y lo contuvo un momento.

Luego Miocene miró por la puerta abierta a la rotonda pública y añadió:

—Y no es esa una revelación que yo quiera que se imparta cuando a él le convenga.

Se habían producido avisos.

Se percibió un coro creciente de temblores. Las pequeñas tormentas de esporas les recordaron a los capitanes las ventiscas de mundos fríos. El vertido de media docena de manantiales calientes cambió de color: un azulado vivido y tóxico se extendió por los arroyos de la zona. Y un único árbol de Hazz se marchitó tras meter su bien ganada grasa y agua en lo más profundo del subsuelo.

Pero en lo que a advertencias se refería, estas eran pequeñas y los capitanes de mayor rango estaban demasiado distraídos para prestar atención.

Tres días de la nave más tarde, mientras el campamento dormía, una mano enorme levantó la tierra varios metros, luego se aburrió y la volvió a tirar. Los capitanes y los hijos salieron tropezando a las rotondas públicas. A los pocos momentos el cielo se asfixiaba bajo globos de oro y miles de millones de insectos voladores. La experiencia decía que en doce horas, quizá menos, la tierra se ampollaría, explotaría y moriría. Moviéndose como una borracha, Washen comenzó a atravesar las réplicas. Iba de una rotonda a otra hasta que por fin alcanzó cierta casita pulcra y gritó «¡Locke!» a la habitación vacía.

¿Dónde estaba?

Se movió por el borde de la rotonda y no encontró nada salvo casas vacías. Una figura alta salió de la diminuta casa de Till y preguntó:

—¿Has visto al mío?

Washen negó con la cabeza.

—¿Al mío?

Miocene dijo «no» y suspiró. Luego pasó a grandes zancadas al lado de Washen.

—¿Sabes dónde está? —gritó.

Diu se encontraba de pie en el centro de la rotonda.

—Ayúdame —le aseguró la maestra adjunta— y también ayudarás a tu hijo.

Con un asentimiento y una rápida inclinación, Diu aceptó.

Una decena de capitanes se metieron corriendo en la selva. Washen se había quedado atrás y se obligó a reunir las cosas esenciales de su hogar y a ayudar a otros padres preocupados. Llegaron nuevos terremotos en grupos de tres y cuatro. Las horas pasaron sumidas en un caos bien ensayado. La corteza que había bajo ellos había quedado hecha añicos, y las fisuras rompían las rotondas mientras un calor preocupante se filtraba hasta la superficie. Los globos de oro se habían desvanecido, sustituidos por nubes de polvo férreo y el hedor a grasa ennegrecida de la selva que ardía. Los capitanes y los niños más pequeños estaban en la rotonda principal, aguardando nerviosos. Se habían cargado los trineos y los carros de globos, pero el maestro adjunto de mayor rango, el anciano y atolondrado Daen, no quería dar la orden de partir. «Un minuto más», no hacía más que decirles. Luego ocultaba con cuidado su tosco reloj en el bolsillo más grande y se resistía a la necesidad de contemplar el giro incesante de sus diminutas agujas mecánicas.

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