Robert Reed - Médula

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La Gran Nave lleva viajando por el espacio más tiempo del que su tripulación es capaz de recordar. Desde que, hace algunos milenios, entró en la Vía Láctea y fue colonizado por los humanos, este colosal vehículo del tamaño de un planeta ha vagado por la galaxia transportando a billones de hombres y miles de razas alienígenas que han conseguido la inmortalidad gracias a la alteración genética.Pero los pasajeros no viajan solos: en el interior de la nave duerme un secreto tan antiguo como el propio universo. Ahora está a punto de despertar…

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Washen recordaba al Niño, aquella criatura parte humana y parte gaiana que había criado para Pamir.

—Pero eso es lo divertido de tenerlos —respondió con un sonrisa agridulce—. O eso me han dicho siempre…

El niño caminaba solo, cruzaba la rotonda pública con los ojos clavados en sus propios pies desnudos y contemplaba cómo se arrastraban por el hierro caliente, cocido por el cielo.

—Hola, Till.

Parecía incapaz de sorprenderse. Hizo una pausa y levantó la mirada poco a poco mientras una sonrisa esperaba para ofrecerse radiante a la capitana.

—Hola, señora Washen. Confío en que esté bien.

Bajo la mirada azul y furiosa del cielo era un niño de once años muy educado y normal hasta lo escrupuloso. Tenía un rostro delgado que se unía a un cuerpo pequeño y enjuto, y, al igual que la mayoría de sus iguales, llevaba tan poca ropa como los adultos le permitían. Menuda maraña era la genética moderna… Washen ya había dejado de intentar adivinar quién era su padre. A veces se preguntaba si Miocene misma lo sabía. Era obvio que quería ser la única progenitura del niño, y nunca ocultaba que lo preparaba para colocarlo a su lado algún día. Siempre que Washen miraba a aquel muchacho medio salvaje y que no llevaba nada puesto salvo un calzón, sentía un resentimiento persistente, más mezquino imposible, y que dado que iba dirigido a un niño de once años resultaba ridículo, sin más.

—Tengo una confesión que hacer —le dijo al niño sonriendo ella también—. Hace un rato, mientras estabas en la guardería, te oí habiéndoles a los otros niños. Les estabas contando un cuento muy elaborado.

Los ojos eran grandes y castaños, con dardos de color negro en el interior, y ni siquiera parpadearon.

—Era una historia muy interesante —reconoció Washen.

Till la miró como cualquier niño que no sabe qué pensar de un adulto molesto. Suspiró cansado y cambió el peso de un pie marrón al otro. Luego volvió a suspirar, el retrato del puro aburrimiento.

—¿Cómo se te ocurrió esa historia? Un encogimiento de hombros.

—Sé que nos gusta hablar de la nave. Quizá demasiado. —La explicación de Washen parecía sensata y práctica. Su mayor temor era parecerle condescendiente al niño—. A todo el mundo le gusta especular. Sobre el pasado de la nave, sus constructores y todo lo demás. Tanto parloteo nuestro tiene que ser confuso. Y dado que vamos a reconstruir el puente con vuestra ayuda…, es cierto que eso os convierte en una especie de constructores, ¿verdad?

Till volvió a encogerse de hombros y sus ojos miraron algo que había más allá de ella.

Al otro lado de la rotonda, delante del taller mecánico, un equipo de capitanes sudorosos dispararon su última turbina, una maravilla primitiva construida gracias a un acero tosco y vagos recuerdos, además de unas cuantas pruebas. Los alcoholes caseros combinados con el oxígeno creaban un rugido delicioso. Cuando funcionaba, el motor era lo bastante potente para realizar cualquier trabajo que le pidieran, al menos durante un tiempo. Pero era sucio y ruidoso, e ineficaz, y su sonido casi ocultaba la fuerte voz del niño.

—Yo no especulo —anunció—. Ni sobre eso ni sobre nada.

—¿Disculpa? —dijo Washen como si no lo hubiera oído.

—No pienso decírtelo. Que me lo estoy inventando.

La turbina chisporroteó y luego se quedó callada.

Washen asintió y sonrió con gesto derrotado. Luego observó que se acercaba una figura. Venía del taller, con sus antiguas charreteras sobre una sencilla túnica de tela tejida a mano. Miocene parecía cansada como siempre, y enfadada de mil maneras.

—Yo no me invento nada —protestó el niño.

—¿Qué es lo que no haces? —preguntó su madre.

Till no dijo nada.

Durante un instante, Washen y él intercambiaron una mirada, como si hicieran un pacto. Luego el niño se volvió hacia Miocene.

—Esa máquina… suena fatal —protestó.

—Así es. Tienes razón.

—¿Y la nave es así? ¿Grandes motores que chillan todo el tiempo?

—No, utilizamos reactores de fusión. Muy eficientes y silenciosos, y también extremadamente seguros. —La otra mujer miró a Washen—. ¿No es cierto, querida?

—Fusión, sí —comentó Washen mientras sus manos intentaban alisar la rígida tela de su propio uniforme hecho a mano—. Los mejores reactores de la galaxia, diría yo.

Luego, como un billón de madres, Miocene dijo:

—Hace mucho que no te veo. ¿Dónde has estado, Till?

—Ahí fuera —dijo él. Gesticuló de un modo lejano e impreciso, tres de sus dedos más pequeños que el resto. Y más pálidos. Se regeneraban después de un pequeño accidente, sin duda.

—¿Explorando otra vez?

—Pero no lejos de aquí —le dijo el niño—. Siempre en el valle.

Estaba mintiendo, pensó Washen. Oía la mentira entre las palabras. Pero Miocene asintió con convicción.

—Ya lo sé. Lo sé. —Era una ilusión que se imponía, o quizá un número destinado a los ojos del público.

Hubo un incómodo momento de silencio. Luego, la turbina se volvió a disparar y siguió traqueteando con sano vigor. El sonido atrajo la atención de Miocene y la volvió a llevar al taller mecánico.

Washen sonrió al pequeño y luego se arrodilló a su lado.

—Te gusta inventar cosas —observó ella—. ¿Verdad?

—No, señora.

—No seas modesto —le advirtió Washen.

Pero Till sacudió la cabeza con obstinación y se quedó mirándose los dedos de los pies y el hierro negro.

—Señora Washen —dijo con la frágil paciencia de un niño—. Lo que es, es. Es lo único que no se puede inventar jamás.

15

Locke esperó en las sombras, un hombre crecido con la expresión culpable de un niño y los ojos grandes e inquietos de alguien que espera que el desastre se desencadene en cualquier parte.

Sus primeras palabras fueron:

—No debería estar haciendo esto.

Pero un momento después, para responder a la respuesta que anticipaba, dijo:

—Lo sé, madre. Las promesas hechas son siempre promesas.

Washen no había emitido ni un solo sonido. Fue su padre el que sugirió que se lo pensara.

—Si esto te va a crear problemas —murmuró Diu—, quizá deberíamos irnos otra vez a casa, sin hacer ruido.

—Quizá deberíais —admitió su hijo. Luego se volvió y se alejó con gesto brusco, sin invitarlos a seguirlo, sabiendo que no serían capaces de contenerse.

Washen se apresuró por la senda y sintió que Diu seguía sus pasos. Una selva joven de ombús negros y elegantes arbustos lambda que se disolvían en un paisaje repentino de hierro desnudo: pilares y arcos negros creaban un laberinto indiscriminado y exasperante. Cada paso era un reto, un acto de gracia consciente. Los bordes afilados como cuchillas exponían la piel y arañaban los dedos y las pantorrillas con finas heridas rosadas. Grietas sin fondo llamaban a los que por allí pasaban, el viento y las gotas de lluvia levantaban ecos en el suelo metálico. Y lo peor de todo, el cuerpo de Washen estaba acostumbrado a dormir a aquella hora. La fatiga ralentizaba sus sentidos y también su sentido común. Cuando vio a Locke de pie, en el borde oxidado de un acantilado, esperándolos, no notó nada salvo su amplia espalda y el cabello largo y dorado sujeto en una elaborada serie de trenzas. Se quedó mirando la sencilla camisa negra tejida en el telar de la aldea, hecha de algodón de imitación, la camisa que su madre había remendado más de una vez, y siempre mal.

Hasta que estuvo a su lado Washen no fue consciente del profundo valle que se extendía bajo ellos, largo y bastante estrecho, con el suelo plano cubierto de una madura hilera de árboles de la virtud negros como la noche.

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