Cuando Till salió al cielo abierto esbozaba una amplia sonrisa.
Washen sintió un alivio incoherente, atolondrado.
El alivio se derrumbó convertido en conmoción y terror. Alguien había abierto con un cuchillo la cavidad pectoral del joven. La primera herida ya se curaba, pero una segunda, más profunda, dibujaba una línea perpendicular a la primera. La carne rasgada y desecada luchaba por soldarse. Las costillas, espantosamente blancas, se encontraban a la vista de todos. Till no corría un peligro mortal, pero soportaba bien su agonía. Con un taimado quejido dio un tropezón y luego consiguió enderezarse durante un instante, antes de derrumbarse y estrellarse contra el hierro desnudo justo cuando su madre salía de la selva negra.
Miocene estaba ilesa, pero también atrapada; completa, desesperadamente atrapada.
Paralizada y asqueada, Washen contempló cómo la maestra adjunta se arrodillaba al lado de su hijo y le agarraba el espeso cabello castaño con una mano, mientras con la otra devolvía con cuidado la hoja ensangrentada a su vaina de acero.
¿Qué le había dicho Till en la selva?
¿Cómo había manipulado a su madre para provocarle esa cólera asesina?
Porque eso debió de ser lo que pasó. A medida que iba sucediéndose cada acontecimiento, Washen se dio cuenta de que aquello no era ningún accidente. Había un plan muy sofisticado que se remontaba al instante en el que Locke le había hablado de las reuniones secretas. Su hijo había prometido llevarla a ella y a Diu a una de esas reuniones. ¿Pero a quién se lo había prometido? A Till, era obvio. Till había reclutado a Locke para que se uniera al juego y se asegurara de que Miocene terminaba enterándose de las reuniones, su autoridad de repente cuestionada. Y era Till el que yacía en los brazos de su madre, y el que sabía con toda exactitud lo que iba a pasar después.
Miocene se quedó mirando a su hijo; buscaba algún rastro de disculpa, alguna vacilación en su valor. O quizá solo le estaba dando un momento para contemplar su propia mirada, despiadada y fría.
Luego lo soltó y agarró una gruesa cuña de hierro negro y sucio (los terremotos habían dejado la rotonda sembrada de ellas), y con furia silenciosa hizo rodar a Till hasta dejarlo boca abajo. Entonces le destrozó las vértebras del cuello y luego blandió el arma con más fuerza. La sangre y la piel desgarrada volaron, y la cabeza del joven estuvo a punto de separarse de su cuerpo paralizado.
Washen agarró de un brazo y tiró.
Los capitanes saltaron sobre Miocene y la separaron de su hijo.
—Soltadme —les exigió ella.
Unos cuantos se retiraron, pero no Washen.
Después, Miocene dejó caer el trozo de hierro ensangrentado y levantó las dos manos.
—Si queréis ayudarlo, ayudadlo —gritó—. Pero si es así, vuestro sitio no está con nosotros. Ese es mi decreto. ¡Por los poderes que me dan mi rango, mi cargo y mi humor!
Locke acababa de salir de la selva.
Fue el primero en llegar hasta Till, pero solo por un instante. Surgían niños de entre las sombras, listos ya para ser útiles, e incluso unos cuantos de los que no se habían desvanecido en un primer momento se unieron a ellos. En un abrir y cerrar de ojos, más de dos tercios de la descendencia de los capitanes se había reunido alrededor de la figura inerte e indefensa. Los rostros serios reflejaban una intensa preocupación y una gran resolución. Se encontró una camilla y pusieron cómodo a su líder. Alguien preguntó en qué dirección se irían los capitanes. Daen miró al cielo y contempló una sucia nube de humo que llegaba desde el oeste.
—Al sur —gritó—. Iremos al sur.
Luego, con unas pocas posesiones y sin comida, los niños rebeldes comenzaron a desfilar, marchando de forma ostensible hacia el norte. Diu se encontraba al lado de Washen.
—No podemos dejarlos marchar sin más —susurró él—. Alguien tiene que quedarse con ellos. Hablar con ellos, y escuchar. Y ayudarlos de algún modo… Washen miró a su amante con la boca abierta. «Yo iré», quería decir.
—No deberías, no —la interrumpió Diu antes de que pudiera decir nada—. Los ayudarías más quedándote cerca de Miocene. —Era obvio que había pensado mucho en aquel tema—. Tienes un rango. Aquí tienes autoridad —arguyó—. Y además, Miocene te escucha.
Cuando le convenía, quizá.
—Seguiré susurrándote al oído —le prometió Diu—. De algún modo.
Washen asintió. Una parte obstinada de su ser le recordaba que todo aquel dolor y rabia pasarían. Dentro de unos años o unas décadas, o quizá un efímero siglo, comenzaría a olvidar lo horrible que había sido aquel día.
Diu la besó y se abrazaron. Pero Washen se encontró mirando por encima del hombro de su amante. Locke era una silueta conocida en los márgenes de la selva. A esa distancia, entre las sombras entrelazadas, era incapaz de distinguir si su hijo la estaba mirando o si estaba de espaldas. En cualquier caso, Washen sonrió y pronunció en silencio «sé bueno». Luego cogió aliento.
—Ten cuidado —le dijo a Diu.
Después se volvió, se negaba a ver cómo se desvanecían ambos hombres entre la oscuridad y el humo creciente.
Miocene se quedó sola, prácticamente olvidada.
Mientras los capitanes y los niños leales se apresuraban juntos hacia el sur, rumbo al lugar seguro más cercano, la maestra adjunta permaneció clavada en el centro de la rotonda, hablando con una voz fina, árida y llorosa.
—Nos estamos acercando —declaró.
—¿A qué se refiere? —preguntó Washen.
—Más cerca —dijo de nuevo la otra. Luego levantó los ojos hacia el cielo brillante, alzó los brazos y sus manos intentaron coger la nada. Con una suave caricia, Washen intentó convencerla.
—Tenemos que apresurarnos —le advirtió—. Ya deberíamos habernos ido, señora.
Pero Miocene se puso de puntillas y levantó los brazos aún más, estiró los dedos y entrecerró los ojos mientras se le escapaba una carcajada baja y llena de dolor.
—Pero no lo bastante cerca —gimoteó—. No, no del todo. Todavía no. Todavía no.
Uno de los problemillas de una vida excesivamente larga es que hacer con la cabeza. ¿Cómo manejas, después de varios miles de años, esa caótica masa de hechos rememorados y recuerdos superfluos?
Solo entre los animales humanos, las diferentes culturas se decidieron por una amplia gama de soluciones. Algunas creían en eliminar con todo cuidado lo redundante y lo embarazoso, un procedimiento médico que con frecuencia se envolvía en una ceremonia considerable. Otros creían en purgas aplastantes de naturaleza más radical que abrazaban la noción de que una buena poda puede liberar cualquier alma. E incluso había unas cuantas sociedades bastante duras en las que la mente se dañaba de forma intencionada y profunda y, cuando se curaba, otra vez nacía una persona nueva en cierto modo.
Los capitanes no creían en ninguna de estas soluciones.
Lo mejor, para sus carreras y para el bienestar de sus pasajeros, era una mente cualificada y consistente, llena de detalles diminutos. «Nada se olvida» era su ideal imposible. Gobernar cualquier nave exigía el dominio de cada detalle y circunstancia, y nadie podía predecir el momento en que su probada mente tendría que sacar algún hecho vital pero oscuro de su escondite, y la capitana (si es que era una capitana) hacía su trabajo con la predecible competencia que todo el mundo tenía derecho a exigirle.
Miocene estaba olvidándose de cómo tenía que ser una capitana.
No de una forma grave ni inesperada. El tiempo y la intensidad de su nueva vida, como es natural, habían apartado los viejos recuerdos. Pero después de más de un siglo en Médula, comenzaba a sentir las erosiones de pequeños y apreciados talentos, y se encontró preocupándose por un posible retorno a su obligación. Se preguntaba si podría ocupar con facilidad su antiguo puesto.
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