Robert Reed - Médula

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La Gran Nave lleva viajando por el espacio más tiempo del que su tripulación es capaz de recordar. Desde que, hace algunos milenios, entró en la Vía Láctea y fue colonizado por los humanos, este colosal vehículo del tamaño de un planeta ha vagado por la galaxia transportando a billones de hombres y miles de razas alienígenas que han conseguido la inmortalidad gracias a la alteración genética.Pero los pasajeros no viajan solos: en el interior de la nave duerme un secreto tan antiguo como el propio universo. Ahora está a punto de despertar…

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Levantó la cabeza.

El movimiento fue tan brusco que la sala se quedó de repente en silencio. Una bandada de grillos de jade rompió a cantar y luego, como si presintieran que habían roto el protocolo, se detuvieron.

—Suponiendo que haya algún tipo de expansión dijo Miocene a sus capitanes—, este mundo nuestro ha crecido algo menos de un kilómetro desde el Incidente. Y a esta velocidad, suponiendo que Médula pueda mantener este modesto ritmo durante otros cinco mil años…, dentro de otros cinco milenios, el mundo llenará toda esta cámara y podremos volver caminando a nuestro campamento base.

A su manera, triste y resuelta, Miocene se echó a reír.

—Y después de eso —susurró—, si hace falta… podremos llegar caminando hasta casa…

14

Era la hora de dormir para los niños.

La intención de Washen era visitar la guardería, pero al acercarse escuchó los murmullos discretos de una voz y dudó. Entonces se acercó un poco más, y la cautela de un adulto y su propia curiosidad convirtieron en un juego esta tarea rutinaria.

La guardería de la comunidad estaba construida con bloques y ladrillos de hierro, y la madera negra de los ombús formaban el escarpado tejado a dos aguas. Al lado de la cafetería, esta era la estructura más grande del mundo y seguro que la más duradera. Washen se apoyó en la pared, aplicó un oído a una de las pequeñas ventanas con las contraventanas cerradas y, tras escuchar con atención, se dio cuenta de que era el mayor de los niños el que hablaba y les contaba a los demás un cuento.

—Los llamamos los constructores —explicaba el muchacho—. Ese es el nombre que les damos porque construyeron la nave y todo lo que hay en su interior.

—La nave… —susurraron los otros niños al unísono.

—La nave es demasiado grande para poder medirla —les aseguró él—, y hermosa. Sin embargo, cuando era nueva no había nadie con quien compartirla. Solo estaban los constructores y estaban orgullosos, por eso clamaron en la oscuridad e invitaron a otros a que llenaran su inmensidad. Para que vinieran a ver lo que habían hecho y cantaran sobre su preciosa creación.

Washen se apoyó en la pared y olió la madera dulce de la contraventana.

—¿Quién salió de la oscuridad? —preguntó el mayor de los chicos.

—Los inhóspitos —respondieron decenas de voces al instante.

—¿Había alguien más?

—Nadie.

—Porque el universo era muy joven —explicó el muchacho. Con absoluta confianza eligió un rumbo propio y extraño a través de lo que los capitanes le habían enseñado—. Todo era nuevo y solo estaban los inhóspitos y los constructores.

—Los inhóspitos… —repitió una niña pequeña con sentimiento.

—Era una especie cruel y egoísta —mantuvo el muchacho—. Pero siempre lucían una sonrisa y cuidaban sus palabras. Vinieron y cantaron alabanzas a nuestra hermosa nave. ¿Pero qué querían? ¿Incluso desde el primer momento?

—Robar nuestra nave —respondieron los otros.

—Una noche, mientras los constructores dormían sumidos en la ignorancia — dijo con el tono lúgubre que le había dado la práctica—, los inhóspitos atacaron y asesinaron a la mayor parte mientras yacían indefensos en sus camas.

Todos los niños susurraron:

—Asesinados.

Washen se acercó con cuidado un poco más a la puerta de la guardería. Cada niño tenía su propia camita colocada según una lógica personal. Algunas estaban muy juntas, en grupos de dos, tres y cinco, mientras que otros preferían alejarse y disfrutar de una soledad relativa. Washen se asomó a la puerta casi cerrada y encontró al narrador. Estaba separado de los demás, sentado en su camita. Su rostro atrapaba una de las relucientes astillas de luz que conseguían colarse por el pesado techo. Se llamaba Till. Se parecía mucho a su madre, alto y con un rostro alargado y fino. Luego movió un poco la cabeza y ya no se pareció a nadie salvo a sí mismo.

—¿Adonde fueron los constructores supervivientes? —preguntó.

—Aquí.

—Y desde aquí, ¿qué hicieron?

—Purificaron la nave.

—Purificaron la nave —repitió él con énfasis—. Había que matar todo lo que había sobre nosotros. Los constructores no tenían más alternativa.

Se produjo una larga y reflexiva pausa.

—¿Qué les ocurrió a los constructores? —preguntó.

—Quedaron atrapados aquí —dijeron los otros en el momento justo.

—¿Y?

—Murieron aquí. Uno tras otro.

—¿Qué murió?

—Su carne.

—¿Pero es la carne todo lo que existe?

—¡No!

—¿Qué más hay?

—Sus espíritus.

—Lo que no es carne no puede morir —dijo aquel peculiar muchachito.

Con las manos apoyadas en el cálido marco de hierro de la puerta, Washen esperó mientras intentaba recordar cuándo había sido la última vez que había tomado una buena bocanada de aire.

Con un susurro cantarín, Till preguntó:

—¿Sabéis dónde viven los espíritus de los constructores?

—Dentro de nosotros —respondieron los niños con una alegría palpable.

—Ahora nosotros somos los constructores —les aseguró la voz de Till—. Después de una larga y solitaria espera, por fin hemos renacido…

Después de ocho décadas, la vida en Médula se había vuelto hasta cierto punto cómoda y casi predecible. El equipo tectónico de Twist había dibujado un mapa de los penachos, respiraderos y fallas más importantes de la zona, y como consecuencia sabían dónde era más gruesa la corteza de hierro y dónde podían construir hogares que aguantarían. La comida era abundante y aún lo iba a ser más. Los biólogos de Washen estaban cultivando plantas silvestres, y en los últimos años habían comenzado a criar los insectos más sabrosos enjaulas y chozas especiales.

Varios intentos en materia científica, por torpes que fueran, estaban dando sus frutos. Miocene tenía razón, Médula se estaba expandiendo a un ritmo firme, casi majestuoso, a medida que los campos de los contrafuertes se debilitaban y la luz brillante del cielo ya se había desvanecido en más de un porcentaje. La gente de Aasleen, alimentada por su genio y su optimismo, había elaborado al menos diez sofisticados proyectos que permitirían a todo el mundo escapar de Médula.

Harían falta otros cuarenta y nueve siglos, año arriba, año abajo.

Los niños eran inevitables y esenciales. Traerían consigo nuevas manos y nuevas posibilidades, y sustituirían las pérdidas infligidas por aquel horrendo lugar. Luego, una vez que estos tuvieran hijos propios, daría comienzo un estallido demográfico a cámara lenta.

Cada capitana le debía al mundo al menos un niño o una niña, una criatura sana; ese fue el pronunciamiento de Miocene.

Pero sus palabras se estrellaron contra la fisiología moderna. En el interior de los capitanes no había ni un solo óvulo viable ni un espermatozoide capaz de moverse. En la sociedad moderna se utilizaban complejas medicinas y sofisticados autodocs para dotar de fertilidad a ese longevo pueblo. Pero ellos no tenían ninguna de las dos cosas. Por eso hicieron falta veinte años de resuelta investigación antes de que Promesa y Sueño, trabajando en su propio laboratorio, descubrieran que la saliva negra del alamartillo, venenosa para la mayor parte de las formas de vida nativas, podía inducir una fecundidad temporal en los seres humanos.

Había riesgos, sin embargo. Una mujer requería dosis muy altas, incluso tóxicas, y los efectos sobre un embrión en vías de desarrollo estaban lejos de quedar claros.

Miocene se ofreció voluntaria y fue la primera.

Era un acto heroico, y si triunfaba sería un acto egoísta, pues su hijo estaba destinado a ser el mayor. Ordenó a los dos capitanes que recogieran esperma de cada donante y la maestra adjunta se fecundó sola. Por lo que Washen sabía, nadie salvo Miocene podía asegurar quién era el padre de Till.

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