Robert Reed - Médula

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La Gran Nave lleva viajando por el espacio más tiempo del que su tripulación es capaz de recordar. Desde que, hace algunos milenios, entró en la Vía Láctea y fue colonizado por los humanos, este colosal vehículo del tamaño de un planeta ha vagado por la galaxia transportando a billones de hombres y miles de razas alienígenas que han conseguido la inmortalidad gracias a la alteración genética.Pero los pasajeros no viajan solos: en el interior de la nave duerme un secreto tan antiguo como el propio universo. Ahora está a punto de despertar…

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Su cuerpo duro y adaptable alcanzó su límite. En silencio y sin prisa, Hazz se desplomó hacia delante y su uniforme espejado, su rostro sonriente y una espesa maraña de cabello rubio blanquecino estallaron en sucias llamas. El agua de su interior estalló convertida en vapor, óxido e hidrógeno. Y luego ya no quedó nada salvo unos huesos espantosamente blancos, y una ola de hierro más caliente y rápido separó el esqueleto y se llevó los huesos río abajo, mientras una nube creciente de humos devastadores alejaba a los otros capitanes.

A Miocene le hubiera gustado poder recuperar el cráneo.

La biocerámica era dura, y la mente podría haber sobrevivido al calor un rato más. ¿Y esas historias de milagros no las lograban los autodocs y los cirujanos pacientes?

Pero incluso si estaba más allá de todo tipo de resurrección, Miocene deseó tener entonces el cráneo de Hazz. En sus sueños se veía colocándolo al lado de uno de los bustos dorados de la maestra, y con una voz llena de engañosa tranquilidad le diría a la maestra quién había sido y cómo había muerto, y con una voz más auténtica y colérica le explicaría a la capitana de los capitanes por qué era un asqueroso trozo de mierda; primero por todas las cosas horribles que había hecho, y luego por todas las cosas buenas que había dejado de hacer.

La amargura traía consigo una fuerza increíble y temeraria.

Miocene confiaba cada vez más en su fuerza y su resolución, y más que en cualquier otro momento de su espectacularmente larga vida, se encontró con un punto en el que centrarse, una dirección pura y sin mezcla para su vida.

Miocene saboreaba su amargura.

Había momentos y noches sin sueño en las que se preguntaba cómo había conseguido triunfar en la vida. ¿Cómo se podía lograr nada sin ese corazón rencoroso y vengativo que jamás, por grande que fuera el maltrato, dejaba de latir dentro de su pecho ardiente y fiero?

El regreso de Washen había sido un éxito inesperado. Y como a la mayor parte de los éxitos, lo siguió el desastre. La corteza más cercana se rizó y se partió, y un aluvión de terremotos hizo pedazos el fondo del río y la colina cercana. Los antiguos restos del puente se inclinaron, y con un enorme chirrido se hizo añicos su hiperfibra enferma y el campo de escombros cubrió cincuenta kilómetros de montañas recién nacidas.

La caída del puente fue trascendental y pasó inadvertida.

El campamento de los capitanes ya había quedado borrado por un géiser gigantesco de metal al rojo vivo. Las pulcras casas se volatilizaron. Murieron dos capitanes más y los supervivientes huyeron con las herramientas y provisiones mínimas. Durante la retirada se cocieron los pulmones. Las manos y los pies se llenaron de ampollas. Las lenguas se hincharon y partieron, y los ojos ardieron. Los más fuertes arrastraban a los más débiles en toscas camillas, y al final, después de pasar días vagando, entraron en un valle lejano, en una floresta de majestuosos árboles de un color negro azulado que rodeaban un estanque profundo de agua dulce de lluvia, y allí, por fin, se derrumbaron los capitanes, demasiado exhaustos hasta para maldecir.

Como si quisieran bendecirlos, los árboles comenzaron a soltar globos diminutos hechos de oro. El aire ensombrecido y casi fresco estaba lleno del resplandor de los globos y de la música seca que producían cuando se rozaban.

—El árbol de la virtud —los llamó Diu mientras recogía una de las esferas doradas con las dos manos y la apretaba hasta que se excedió y la bola se partió, el hidrógeno se escapó con un suave siseo y la piel se derrumbó convertida en el soplo de una blanda hoja dorada.

Miocene puso a su gente a trabajar. Había que construir casas nuevas y nuevas calles, y esa parecía una ubicación ideal. Con hachas de hierro y su carne resistente consiguieron tirar media docena de árboles de la virtud. La grasa dorada que había dentro de la madera era alimenticia, y resultaba fácil partir por la veta la madera en sí. Se colocaron los cimientos de veinte magníficas casas antes de que el suelo duro se desgarrara con un rugido de angustia.

Cansados, los capitanes huyeron otra vez.

De nuevo treparon por riscos más afilados que sus hachas y el paisaje ardió tras ellos. Luego se fundió, consumido por un lago de hierro y escoria. La sangre nómada se había adueñado de ellos.

Cuando volvieron a acomodarse, nadie esperaba quedarse mucho tiempo. Miocene pidió casas más sencillas que pudieran reconstruirse en cualquier parte en un día de la nave. Ordenó a Aasleen y su gente que construyera herramientas más ligeras, y todos los demás acumularon alimentos para la siguiente emigración. Solo cuando quedaron aseguradas esas necesidades básicas se arriesgó a dar el siguiente paso: necesitaban estudiar su mundo y, si era posible, aprender a leer sus veleidosos humores.

Miocene puso a Washen a cargo de los equipos biológicos.

La capitana de primer grado escogió a veinte ayudantes, incluyendo a los cinco de su primer equipo, y con pocas herramientas pero con los sentidos agudizados y una buena memoria se desplegaron por el paisaje más cercano.

Tres meses y un día después, cada equipo trajo a casa su informe.

—Los ciclos de cría son la clave —informó Washen—. Quizás haya otras claves, pero hay ciertos ciclos que son casi infalibles, al parecer.

Los capitanes habían atestado el edificio largo y estrecho que servía de cafetería y sala de reuniones. La mesa central era un bloque de hierro revestido con planchas de madera gris. Las sillas y los taburetes se apiñaban alrededor de la mesa. Los cuencos se llenaron de hormigas de fuego asadas y azucarillos, pero luego se olvidaron de ellos. El té frío era la bebida elegida y tenía un olor ácido y conocido, mezclado con el sudor aceitoso y cansado de hombres y mujeres que llevaban demasiado tiempo de campaña.

Miocene asintió con la cabeza, un gesto dirigido a Washen y a todos.

—Continua, querida. Explícate.

—Nuestros árboles de la virtud —dijo la capitana de primer grado—. Esos globos de oro son sus óvulos, tal y como supusimos. Pero por regla general solo hacen uno o dos al día. A menos que sientan que la corteza se desestabiliza, que es cuando utilizan todo el oro que tienen acumulado. A toda prisa. Dado que los adultos están a punto de ser carbonizados y la tierra se volverá a hacer…

—Si vemos otro espectáculo —la interrumpió Diu—, es el primer aviso. Tenemos un día, o menos, para salir de aquí.

Con gesto triste, los otros capitanes se echaron a reír.

Miocene mostró su desaprobación con una mirada y un silencio frío, pero nada más. En circunstancias normales exigía que las reuniones de personal fueran disciplinadas y eficientes. Pero aquel era un día especial, más de lo que nadie hubiera supuesto.

El equipo de Washen habló sobre las especies que merecía la pena observar y sobre las señales que advertían de una erupción inminente.

Durante las épocas estables ciertos insectos alados se transformaban en gordas orugas, algunas más largas que cualquier brazo. Si les salían alas nuevas, la estabilidad se había acabado.

A la primera señal de problemas, unos escarabajos del tamaño de cangrejos y muy sociables se lanzaban a una emigración fantástica: miles, millones huían a rastras por la tierra. Aunque, como observó Sueño, los rebaños cargaban con frecuencia en la peor de las direcciones posibles.

Había al menos tres especies depredadoras, alamartillos incluidos, que llegaban de repente a las zonas que pronto iban a abandonarse. Quizá fuera una adaptación a la magnífica zona de caza que habría cuando las especies nativas salieran corriendo de sus madrigueras y nidos.

En épocas peligrosas, a ciertas orugas les brotaban alas y adoptaban el modo de vida de un depredador.

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