Robert Reed - Médula

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La Gran Nave lleva viajando por el espacio más tiempo del que su tripulación es capaz de recordar. Desde que, hace algunos milenios, entró en la Vía Láctea y fue colonizado por los humanos, este colosal vehículo del tamaño de un planeta ha vagado por la galaxia transportando a billones de hombres y miles de razas alienígenas que han conseguido la inmortalidad gracias a la alteración genética.Pero los pasajeros no viajan solos: en el interior de la nave duerme un secreto tan antiguo como el propio universo. Ahora está a punto de despertar…

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—¿Dónde está? —exclamó.

Con el cuidado de un tirador, el joven señaló arroyo arriba y ella apoyó la cabeza en su largo brazo, entrecerró los ojos y miró a través de las nubes de los vapores que se elevaban; se encontró contemplando un bulto redondo y plateado, algo que tenía un aspecto muy extraño, inmune al calor, y que se mecía con calma en el río de hierro por el que bajaba.

—Eso no es uno de nosotros —dijo ella.

—Ya te dije que no lo era.

Luego el chico dijo algo más, pero ella no lo oyó. Se había colocado el casco y había salido a gatas de su escondite, embutida en el pesado traje contra el fuego que tan mal le quedaba. Luego corrió ladera abajo, gritando y agitando los brazos para llamar la atención de todos.

Tuvieron solo el tiempo suficiente para desenvolver un par de cuerdas de seguridad nuevas, hacer unas lazadas en los extremos, correr hacia donde el río de hierro más se estrechaba y arrojar las lazadas hacia el extraño objeto plateado.

Una cuerda se quedó corta, se enredó en un trozo de escoria recién nacida y se fundió. Pero la segunda cayó sobre la superficie plateada y la lazada se apretó alrededor de una especie de protuberancia parecida a un pulgar. Once de los niños sujetaron la cuerda y tiraron, chillando con fuerza al unísono. La segunda cuerda se estaba fundiendo en aquel alto horno abierto, pero el objeto estaba más cerca de la orilla, su vientre invisible rozaba el suelo medio fundido. Quedaron destruidos tres cabos más, muy costosos y casi irremplazables, antes de que pudieran arrastrar su premio para sacarlo del río, y si no hubiera sido por un remolino favorable, y porque el río abrió un canal nuevo por el norte, no habrían conseguido recuperar el objeto.

Pero ahora ya lo tenían, y eso era algo.

El premio resultó ser un poco más grande que una persona metida en una bola apretada, y era de una solidez compacta. Mover tanta masa resultó ser un trabajo duro, sobre todo porque todavía irradiaba el calor del hierro. Pero más tarde, después de varios kilómetros de práctica y de destrozar dos trineos improvisados, los nietos comprendieron que era mucho más fácil limitarse a hacer rodar el premio. Fuera lo que fuera el objeto, y podía ser casi cualquier cosa, el suelo frío de metal no parecía abollarlo, ni siquiera manchar su superficie espejada.

Estaban a medio camino de casa cuando los descubrieron. Apareció una figura solitaria en la pista principal, internándose con una carrera en la sombra de un árbol de la virtud. Luego se quedó inmóvil y contempló cómo se iban acercando.

A esa distancia resultaba obvio que era un capitán. Una mujer, ¿no? Lucía la ropa de una capitana y la mueca de desaprobación de una capitana, pero cuando vieron a quién pertenecía el rostro emitieron un suspiro colectivo de alivio.

—¡Hola, señora Washen! —exclamó una docena de voces.

Cualquier otra capitana les habría amargado la vida de forma inmediata. Pero no la inteligente y anciana Washen. Tenía fama de entender lo que era perfectamente obvio para cualquier nieto feliz, y parecía saber también cómo castigar sin acabar con esa felicidad.

—¿Os divertís? —inquirió.

Pues claro que sí. ¿Acaso no parecía que se estaban divirtiendo?

—No del todo —admitió la anciana señora. Contempló cada una de las caras y dijo con tono siniestro—: Cuento doce. —Luego suspiró y sacudió la cabeza—. ¿Dónde está Bendición Gable? ¿Estaba con vosotros?

—No —dijeron todos juntos con una mezcla de sorpresa y alivio. Luego, uno de los muchachos explicó—: Esa es demasiado mayor para flotar con nosotros.

La muchacha a la que le gustaban los rémoras se dio cuenta de lo que había pasado.

—Bendición ha desaparecido, ¿verdad?

La capitana asintió.

—¿Con los rebeldes, quizá? —Bendición era una chica callada, y si bien era demasiado mayor para ellos, tenía la edad perfecta para esas tonterías.

—Quizá nos haya dejado —admitió Washen con tono triste y resignado. Luego, sin una palabra más, pasó al lado de los nietos.

El premio se encontraba en el medio de la pista, brillante a pesar de las sombras del árbol.

—¿Ha visto lo que hemos encontrado? —preguntó alguien.

—No —dijo Washen. Era un chiste. Luego sus largos dedos juguetearon por la superficie todavía cálida; los ojos, ancianos y oscuros, se quedaron mirando su reflejo distorsionado.

—¿Sabe lo que es? —preguntó el muchacho que quería vivir al lado del mar.

Washen manoseó las protuberancias, y en lugar de responder, preguntó:

—¿Qué creéis vosotros que es?

—Un trozo del viejo puente. En el que bajaron. —El muchacho lo había pensado un poco y estaba muy orgulloso de su cuidadoso razonamiento—. Después de que bajara rodando, el hierro se tragó este trozo y lo conservó hasta ahora. Creo.

Varias voces más expresaron su acuerdo. ¿No era obvio?

La capitana no parecía pensarlo mismo. Miró a la chica de los rémoras y luego, con su voz tranquila, suave y alegre preguntó:

—¿Alguna otra suposición?

—¿Es hiperfibra? —inquirió alguien.

—No sé qué otra cosa podría ser —admitió Washen.

—Pero el puente quedó destruido con el Incidente —sugirió la chica de los rémoras—. En nuestros libros de historia dice que se puso marrón y débil por alguna razón, y que todos sus pequeños enlaces no hacen más que partirse. De alguna forma.

Washen le guiñó un ojo e hizo que la chica se sintiera importante y lista.

—Y no es solo hiperfibra —añadió la muchacha hablando ahora muy deprisa—. Porque esto es muy pesado y la hiperfibra no lo es. ¿Verdad?

Washen se encogió de hombros.

—Decidme cómo lo encontrasteis y dónde.

La chica lo intentó. Y su intención era ser del todo honesta, aunque no llegó a mencionar el sexo; la historia salió a toda velocidad de su boca, como si quisiera llevarse el mérito de todo.

Su antiguo amante protestó.

—Fui yo el primero en ver ese estúpido trasto —se quejó—. No tú.

—Buena vista —sugirió Washen—. El que la estuviera usando.

La chica se mordió la lengua, aquella estúpida y descuidada lengua.

—¿Qué aspecto tiene? —preguntó Washen.

—Un trozo del cielo —dijo el muchacho—. Algo así, bueno.

—Salvo que es más brillante —sugirió otro muchacho.

—Y desigual —comentó otra chica.

Con el sabor salado de la sangre en la boca, la muchacha de los rémoras observó:

—Es un especie de versión diminuta de la Gran Nave. Esas protuberancias son las toberas de los cohetes, ¿veis? Salvo que en realidad no son lo bastante grandes. No como las toberas de los cuadros.

—Pero hay un parecido —reconoció Washen. Luego se levantó y se limpió la mano en la pernera del uniforme, y tras mirar las formas condenadas de las Altas Columnas, dijo:

—La verdad —su voz estaba llena de dulzura—, no sé lo que es esto.

18

Durante los siguientes ciento ocho años, el artefacto permaneció almacenado, envuelto en una manta de corteza de lana de color morado y metido dentro de una cámara acorazada de acero diseñada para contener el artefacto y nada más. A Aasleen y sus ingenieros les encargaron la parte divertida: que adivinaran sus secretos; pero tenía que haber presente al menos un maestro adjunto siempre que se emprendieran los estudios, y si había que mover el artefacto, como ocurrió durante dos ciclos eruptivos, un maestro adjunto, así como un pelotón de guardias escogidos y de absoluta confianza, acompañaban a la reliquia. Por educación se procuraba que no se viera ningún arma, pero era obvio y palpable un ambiente de sospecha.

Por muchas razones se bautizó ese siglo con el nombre de El Florecimiento.

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