Robert Reed - Médula

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La Gran Nave lleva viajando por el espacio más tiempo del que su tripulación es capaz de recordar. Desde que, hace algunos milenios, entró en la Vía Láctea y fue colonizado por los humanos, este colosal vehículo del tamaño de un planeta ha vagado por la galaxia transportando a billones de hombres y miles de razas alienígenas que han conseguido la inmortalidad gracias a la alteración genética.Pero los pasajeros no viajan solos: en el interior de la nave duerme un secreto tan antiguo como el propio universo. Ahora está a punto de despertar…

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Washen estaba sentada delante. Observó que Miocene no prestaba atención, por lo que se decidió a preguntar:

—¿Qué quieres decir?

—Señora —respondió él—, quiero decir lo que digo. El sarcasmo hizo que la maestra adjunta levantara la cabeza. —Pero yo no te he oído —gruñó—. Y esta vez, querido, habla con lentitud y mírame solo a mí.

El joven ingeniero parpadeó, se pasó la lengua por los labios y luego se explicó.

—Hasta la mejor hiperfibra envejece si se la somete a una tensión, como estoy seguro de que usted ya sabe, señora. Si se examinan secciones transversales de la concha que recubre la cámara, a un nivel microscópico, podemos leer una historia rudimentaria no solo de la cámara, sino también del mundo que la acogió.

—Médula —gruñó la anciana.

Una vez más el joven parpadeó.

—Es de suponer, señora —añadió con un ingenio carente de gracia—. Es de suponer. —Quizá deberías continuar —le aconsejó Miocene con su tono más quedo. Pepsin asintió y obedeció.

—La hiperfibra ha pasado los últimos miles de millones de años meciéndose dentro de hierro líquido. Como era de esperar. Pero si no hubiera ninguna brecha en esa rutina, la degradación debería ser peor de lo que se observa. Entre un cincuenta y un noventa por ciento peor, según mi honorable abuela. —Una mirada hacia Aasleen; nada más—. La hiperfibra tiene una gran capacidad para curarse a sí misma. Pero las junturas no se sueldan con tanta eficacia a varios miles de grados Kelvin. No, lo mejor es un tiempo fresco por debajo de los mil grados. El espacio profundo es lo mejor de todo. De otro modo, la hiperfibra queda marcada, y queda marcada con patrones muy nítidos. Y lo que yo veo en el microscopio, y lo que ven todos los que están aquí… Si medimos las marcas, tenemos pruebas de que hubo, más o menos, entre cinco y quince mil periodos diferentes de calor elevado. Es de suponer que cada uno de esos periodos indica el tiempo que pasó en lo más profundo de Médula…

—Entre cinco y quince mil millones de años —lo interrumpió Miocene—. ¿Son esos tus cálculos?

—Básicamente, sí, señora. —El joven se pasó la lengua por los labios, parpadeó y conjuró una amplia sonrisa de satisfacción—. Por supuesto, no podemos asumir que la cámara se viera arrojada siempre hacia la superficie, y con toda seguridad hubo periodos durante los que estuvo sumergida varias veces durante un único ciclo. —Una vez más fue necesario humedecer los labios—. En otras palabras, es un pésimo reloj. Pero dado que es un reloj cuyas manecillas se han movido, señala hacia lo que siempre hemos supuesto. Durante toda mi corta vida, y durante este último y breve capítulo de sus magníficas vidas…

—Solo dilo —le rezongó Aasleen a su nieto.

—Médula se expande y se contrae. Una vez más tenemos prueba de ello. — Dedicó una amplia sonrisa a todos y a nadie en particular. Luego añadió—: Por qué habría de ser así, no lo sé. Y cómo lo logra, me resulta difícil concebirlo.

Miocene no podía dejar que aquellas misteriosas palabras flotaran a sus anchas.

—Según nuestro modelo estándar —dijo con callada certeza—, los campos de los contrafuertes aprietan Médula y luego se relajan. Y cuando se relajan, el mundo se expande:

—¿Hasta cuándo? —preguntó Pepsin—. ¿Hasta que llena la cámara de la nave?

—Ya veremos —admitió la maestra adjunta.

—¿Y qué pasa con los contrafuertes? —insistió él. Tonto o valiente, o quizá solo intrigado, tenía que preguntárselo a la gran mujer—. ¿Qué es lo que los alimenta?

Era una pregunta antigua y siempre desconcertante. Pero Miocene empleó la respuesta más antigua y sencilla.

—Reactores ocultos de algún tipo desconocido. En las paredes de la cámara o bajo nuestros pies. O quizá en ambos lugares.

—¿Y por qué tendrían que someterse a ciclos tan elaborados, señora? Es decir, si yo fuera el ingeniero jefe y tuviera que mantener Médula en su sitio sin moverse, no creo que les permitiera jamás a mis preciosos contrafuertes quedarse medio dormidos. ¿Usted sí, señora? ¿Permitiría usted que se quedaran casi dormidos cada diez mil años?

—Tú no entiendes de contrafuertes —respondió Miocene—. Lo has admitido hace solo unos instantes. Nadie sabe cómo se reabastecen, ni cómo se regeneran, ni nada de lo que está pasando. Estos misterios han trabajado mucho para seguir siendo misterios, y deberíamos mostrarles el respeto que se merecen.

Pepsin se rodeó con los brazos y asintió como si aquellas palabras conllevaran un peso genuino. Pero los ojos traicionaron primero la distancia a la que se encontraba, y luego una revelación. De repente se abrieron más y se oscurecieron un grado, y con una sonrisa avergonzada dijo:

—Usted ya ha tenido este debate con mi abuela. ¿No es cierto?

—Unas cuantas veces —admitió la maestra adjunta.

—¿Y Aasleen gana alguna vez? —inquirió el joven.

Miocene esperó un instante y luego le dijo a Pepsin, y a todos los demás:

—Siempre gana. Al final yo siempre admito que no tenemos ninguna respuesta y que sus preguntas son inteligentes, válidas e inmensas. Y por desgracia, tampoco nos son demasiado útiles mientras estemos aquí. —Un desperdicio de saliva, incluso.

Luego Miocene sacó una nueva hoja de papel que colocó en la cima de la pila, hundió la cabeza y añadió:

—Llévanos a casa, querido. Es lo único que importa. Entonces te daré personalmente las llaves de un laboratorio de primera clase y podrás hacer todas esas magníficas preguntas que al parecer te mantienen despierto por las noches.

Una fiesta pequeña y tranquila siguió al anuncio de Pepsin. Las charlas se centraban más en los últimos chismorreos que en especulaciones grandiosas: quién dormía con quién, quién estaba embarazada y qué jóvenes se habían escabullido para unirse a los rebeldes. Washen perdió pronto el interés. Alegó fatiga y se escapó de la celebración, pasó al lado de los puestos de seguridad y volvió a pie a casa, a la última Ciudad Hazz.

La capital unionista, una tosca metrópolis de dieciocho mil habitantes, se encontraba en el fondo de un valle abierto, amplio, plano y bien irrigado. Todos los hogares eran robustos, pero se podían abandonar en cualquier momento. Los edificios gubernamentales eran solo lo bastante grandes para impresionar, sujetos a sus cimientos temporales de brillante acero inoxidable. A esa última hora del día las calles estaban casi vacías. Se habían acumulado nubes de tormenta en el cielo occidental que robaban el calor a la lava moribunda, pero los vientos parecían estar llevándose las tormentas a empujones, haciendo que la ciudad pareciera un lugar tranquilo y medio abandonado, en el que evitaban entrar los grandes acontecimientos del mundo.

La casa de Washen se asomaba a una rotonda secundaria. Era más pequeña que sus vecinas, y en los detalles era un duplicado exacto de sus últimas cinco casas. Los ventiladores soplaban y mantenían el aire saludable y medio fresco. Con las contraventanas cerradas, se había apoderado de la vivienda una oscuridad parecida a la nocturna, y Washen se permitió el despilfarrador placer de tener una pequeña lámpara eléctrica encendida sobre su sillón favorito.

Estaba en medio de un informe que preveía las exigencias venideras de objetos de vidrio de calidad de laboratorio. Aquel trabajo tan sumamente rutinario hacía que su fatiga pareciera real. De repente le pareció ridículo pensar en los próximos tres siglos, ni siquiera en los próximos tres minutos, y respondió con un bostezo, cerró los ojos y se sumió en un sopor intenso y sin sueños.

Y luego volvía a estar despierta.

Despierta y confusa; estiró el brazo para coger el reloj mecánico que le colgaba del cinturón por una cadena de titanio. El reloj era un regalo de varios nietos. Lo habían montado ellos mismos utilizando tecnologías resucitadas y manos pacientes. La lámpara del techo seguía encendida y la energía desperdiciada fluía por la cubierta labrada con delicadeza del objeto. La plata brillante se mezclaba con mugre suficiente para prestarle fuerza. Abrió el estuche redondo y se quedó mirando los números. Las manecillas que giraban con lentitud. Estaba en plena noche y, todavía adormecida, se dio cuenta de que lo que la había despertado era una serie de embates lentos y fuertes contra su puerta principal.

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